70 NATHANIEL VANCE
Celine sale del baño vistiendo lencería de encaje. La prenda se adhiere a cada curva de su piel, y las transparencias dejan muy poco a la imaginación.
—¿Cómo la pasaste? —me pregunta. Incluso su tono de voz cambió. Sé exactamente lo que quiere.
Desde que llegué, la he rechazado, pero no creo que pueda seguir haciéndolo.
—Estuvo bien —me limito a responder—, pero estoy algo cansado —agrego.
—Yo puedo ayudarte con eso —comenta, y rápidamente se acerca a la cama y se coloca a mi lado.
Sin preguntar, pone sus manos sobre mis hombros y comienza a masajear.
No puedo negar que se siente bien. Su aroma invade la habitación, y sus manos calientes comienzan a recorrer mucho más que mis hombros. Avanza por mis brazos, luego sigue hasta la parte baja de la espalda y, en pocos minutos, está haciéndome cualquier cosa menos masajes.
Sus labios rozan la piel de mi espalda y me tenso.
A la mierda. Debería hacerlo de una vez por todas; no soy un maldito adolescente. No entiendo por qué me niego tanto a que pase.
Sí, lo sabes.
Bloqueo todos mis pensamientos y la tomo de la nuca para unir nuestros labios. Ella jadea ante la sensación y siento como se derrite en mis brazos. Su respiración entrecortada cada vez se acelera más, y yo sigo tocando y besando sus labios y su cuerpo.
Tengo la verga dura, y mi cuerpo necesita un desahogo. Mi mente también lo necesita. Siento que he estado bloqueándome y necesito liberarme. Celine es mi esposa y esto es lo que debo hacer.
Se pone a horcajadas sobre mí y siento su humedad a través de la tela fina de mis bóxeres. Es lo único que llevo puesto.
—Te extrañé tanto, cariño... —susurra sobre mi abdomen al tiempo que traza besos desesperados por mi cuerpo.
No puedo decirle lo mismo. No quiero mentir, así que no lo hago. La tomo y la acerco a mí para acallar el silencio con un beso. Para intentar acallar mis pensamientos con lujuria.
La imagen de una mujer que no es Celine se cuela por las rendijas de mi mente.
De pronto no la estoy tocando a ella, no la estoy besando a ella.
Una melena rubia y unos ojos verdes como la esmeralda me distraen, pero sacudo esos pensamientos y vuelvo a encontrarme con mi esposa. Entregada. Desesperada.
Estoy por deslizarme dentro de ella; estoy a punto de cumplir cuando me doy cuenta de que no tengo un condón.
—Condón —murmuro entre besos—. ¿Tienes?
Niega con la cabeza y me separo un poco.
—Necesitamos un condón para seguir —agrego.
—¿Qué dices, Nate? Eres mi esposo, por Dios —replica entre jadeos—. No usamos condón.
Aún no me han llegado los resultados de los exámenes de sangre que me hice hace unos días, y honestamente no sé si estoy limpio. Además, tampoco estoy buscando ampliar la familia, si apenas me reconozco.
—¿Te cuidas? —pregunto, y nos miramos a los ojos. Miro a los ojos a una desconocida que dice amarme—. No me han llegado los resultados —agrego.
—Me los mandaron por mail esta tarde —responde ella—. Se equivocaron de correo y me olvidé de avisarte. Estás limpio, cielo. No te preocupes. No necesitamos condón.
Me resulta extraño que haya recibido esos resultados y no me haya dicho nada, pero elijo no decir nada en este momento.
—¿Te cuidas? —repito.
Niega con la cabeza antes de volver a hablar.
—Soy tu esposa. No tengo que cuidarme —murmura sin dejar de besarme.
En ese momento, me tenso y me alejo.
—Podemos ser esposos, Celine, pero no estoy preparado para tener un hijo con una mujer que apenas recuerdo.
Abre sus ojos de par en par. Se humedecen, y con razón. La lastimé. Soy un insensible de mierda.
—Lo siento. —Me acerco y le acaricio el rostro—. Lo que quiero decir es que apenas sé quién soy. No estoy preparado para ser padre. No voy a jugar con algo así.
—No quise insinuar que… —Se tapa la cara con las manos—. Perdón, tienes razón, no sé en qué estaba pensando. Es que… Antes del accidente, estábamos buscando agrandar la familia, y es un sueño que siempre he tenido y... No me puse en tu lugar. No pensé en las consecuencias. Lo siento.
La abrazo y le doy un beso en la cabeza.
—No tienes por qué disculparte. Yo lo siento. —Me acuesto a su lado y le sonrío sutilmente. No la quiero hacer sentir mal—. Luego nos encargamos de comprar, no te preocupes. Ahora, vayamos a dormir.
Me giro y cierro los ojos.
Mi mente no deja de girar y girar.
No puedo pensar con claridad. Recuerdos inconexos del pasado se mezclan con mi presente y con sueños imposibles. En ese momento, y justo antes de dormir, tomo una decisión de la cuál quizás me voy a arrepentir.