64 NATHANIEL VANCE
Ha pasado una semana exacta desde que me vine a Nueva York envuelto en un nudo de incertidumbres.
Una semana desde que me despedí de Rebecca.
Siete días intentando asimilar toda la información sobre quién soy verdaderamente. No un asesino ni un sicario. Soy el dueño de NV Security y, antes de esto, trabajé en el Ejército. Aún hay muchas lagunas sobre mi tiempo allí, y estoy seguro de que los flashes que suelo tener son de esa época.
He recordado algunas cosas más. Momentos felices, algunos incluso con Celine. Otros tristes. Hace unos días, luego de ver una fotografía de mis padres, recordé el accidente de auto que acabó con su vida cuando yo tenía dieciséis años.
He pasado 168 horas tratando de evadir a mi esposa de una forma sutil. Quiere de mí algo que no estoy preparado para darle. Por lo menos, no aún.
Tener algunos recuerdos con ella no ha hecho que el sentimiento que se supone que tenía hacia esa mujer renazca ni siquiera un poco. No puedo negar que no ayuda que en mi cabeza esté instalada Rebecca las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana.
Han transcurrido 604.800 segundos, durante los cuales no he logrado averiguar quién intentó matarme, y durante los cuales no han vuelto a intentarlo. Una buena, por lo menos.
Al parecer, soy dueño de un lujoso penthouse en Hudson Yards, Manhattan. Todo en este lugar grita lujo: desde los ventanales infinitos con vista a la ciudad hasta la decoración minimalista y elegante.
Es gracioso cómo pasé tres años durmiendo en la calle y pasando frío, y mientras tanto era dueño de todo esto. Ese tipo de experiencias viene a enseñarnos cosas, y sin dudas, aprendí mucho de esos años.
Tengo una idea de quién fue Nathaniel Vance, pero estoy seguro de que, pase lo que pase, nunca volveré a ser él.
Las circunstancias nos transforman. Nos cambian de maneras tan profundas que hacen que nos reconstruyamos muchas veces. Hay situaciones que nos cambian de raíz y nos convierten en otra persona.
El accidente y mis años en la calle me transformaron en Jack.
Y aunque recuerde mi nombre, vista ropa elegante y viva en un lugar así, Jack siempre será, de ahora en más, una gran parte de mí.
Siempre veré las cosas a través de sus ojos.
Con los cristales de sus experiencias. Sabiendo lo cruel que puede llegar a ser el ser humano. Lo mucho que me pueden despreciar.
Si Celine me hubiese encontrado como lo hizo Becca, ¿qué hubiese hecho?
Ese pensamiento me atormenta.
Vuelvo a concentrarme en el ahora. Un vacío me rodea.
Lo hace desde que llegué a Nueva York. Podríamos entrar cinco Nathaniels en la cama en la que me encuentro acostado, pero el vacío que siento está dentro de mí.
Las sábanas son tan suaves que dudo que exista un material más cómodo en la Tierra, pero ni siquiera así me siento cómodo aquí.
Seguramente sean de algodón egipcio o alguna mierda parecida.
Por donde miro solo hay colores sobrios y elementos impersonales.
Un latigazo de nostalgia me sacude. Nada allí tiene vida.
Faltan los colores alegres de la decoración de casa de Rebecca, los juguetes esparcidos en el suelo, las fotografías familiares y…
simplemente el aura que había allí. A pesar de estar en mi hogar, nunca me sentí tan fuera de lugar en mi vida.
Celine entra con una bandeja de desayuno a la habitación y una sonrisa seductora. Es lo mismo que ha hecho todas las mañanas desde que llegué, y no puedo evitar sentirme culpable. No se lo pido. Le he dicho que no lo haga, pero ella insiste en que quiere consentirme.
—Buenos días, cielo. —Se acerca a la cama y la apoya en el centro para luego colocarse a mi lado—. Espero que te guste lo que preparé. Tu favorito.
Huevos, tocineta, aguacate y café negro. No puedo evitar sentir una presión en el pecho al recordar los pancakes que hacía con Jirafran y el café espumoso y excesivamente dulce de Becca. Me he convertido en un maldito blandengue idiota.
Sonrío por educación. Lo último que quiero es hacerla sentir mal.
—Gracias, se ve delicioso.
Aún no sé cómo referirme a ella. No deja de llamarme por apodos tiernos y románticos, pero a mí no me salen, y cada vez que me refiero a ella por su nombre, veo con claridad la decepción en su mirada.
Vengo esquivando como un campeón la situación, y hago todo lo posible por no llamarla de ninguna forma.
—Ehm… Nate, cielo. Sé que no recuerdas mucho y que aún te estás acostumbrando a todo, pero…
—Titubea; los nervios se le notan a flor de piel—.
No hemos podido hablar casi, y la verdad es que quisiera saber más de tu vida durante estos años.
¿Quizás podrías contarme algo de ti? —replica, y sus mejillas se tiñen de un rubor que antes no estaba—.
De lo que has vivido, de cómo te sientes...
Alarga su mano, la posa sobre la mía y me acaricia.
—Quiero que podamos volver a conectar.
Un silencio incómodo se extiende por la habitación.
Tomo un sorbo de café para pensar en qué mierda decirle.
Se siente totalmente forzado empezar a contar cosas al azar a pedido.
Eso hace que me den menos ganas aún de hacerlo.
Pero esta mujer no ha hecho más que atenderme y estar pendiente de mí, así que supongo que debo hacer un esfuerzo.
—Bueno… Fue duro. —Es lo primero que se me cruza por la mente—.
No saber nada de mí. Vivir en la calle...
—Levanto la mirada para verla. Su cabello negro como el petróleo cae con delicadeza a los costados de su rostro y sus ojos azules están clavados en mí—.
La gente es realmente cruel muchas veces.
A mí en general ni me veían, o lo hacían con miedo, pero a algunas de las personas que conocí...
los miraban con asco; hasta desprecio, podría decir.
Me observa atentamente.
—Ya. —Me acaricia de nuevo. Su mano ahora sube por mi brazo. Lo aparto con delicadeza para probar un bocado del desayuno—. ¿Y cómo hacías para comer, vestirte y esas cosas?
Luego de contarle algunas anécdotas más, decido que es momento de cambiar de tema.
—Cuéntame algo de ti.
—Bueno... —Se acomoda el pelo detrás de la oreja y se sienta más derecha.
Una sonrisa se pinta en sus labios—. Dejé el modelaje hace unos años.
Se hacía muy complicado con los viajes, y preferí estar cerca de ti.
Pero estoy feliz. A veces hago alguna campaña de publicidad y soy muy activa en redes sociales. Deberías seguirme.
Sé que existen las redes sociales, no vivo en una cueva, pero es lo que menos me llama la atención en el mundo. No tengo, y dudo que jamás lo haga.
—No tengo.
—Podrías abrir alguna cuenta, te puedo ayudar… Si quieres, claro. Nunca tuviste, pero quizás ahora cambies de opinión.
Así que el Nathaniel Vance del pasado tampoco era amante de mostrarle su vida a miles de extraños en internet.
Niego con la cabeza y cambio de tema.
—¿Hace cuánto estamos juntos?
Levanta la mirada para recordar y luego responde:
—Cuatro años antes del accidente. O sea, siete años a hoy.
Nuestro aniversario es el doce de mayo, y solemos hacer planes increíbles para celebrar.
El año antes de tu accidente me llevaste a Dubái de sorpresa.
—Su rostro se ilumina con el recuerdo—. Fue increíble, cielo.
La pasamos de maravilla y volvimos totalmente renovados.
Hay cosas que me cuenta y cosas que recuerdo que parecen ajenas a mí. ¿Puede ser que Nate realmente haya muerto en ese accidente? O, por lo menos, una parte de él. Siento como si fueran historias de otra persona.
El objetivo está en un departamento en París. Está celebrando una cena importante junto a su esposa y algunos socios.
La orden ha sido clara: no debe quedar ningún sobreviviente.
Ya nos hemos infiltrado entre cocineros y meseros.
Según nos informaron, el anfitrión lidera un grupo terrorista en Medio Oriente y es el culpable de miles de muertes de civiles inocentes.
Su mujer, a su lado, le sonríe. Estamos por servir la comida envenenada cuando bajan dos niñas pequeñas. No podrían tener más de diez años. ¿Gemelas? Quizás, son muy similares.
Una abraza a su madre, que le da un beso en la frente.
¿Qué significa esto? No nos dijeron que habría menores. Tenemos que abortar la misión.
Con pasos de plomo, cruzo la cocina hasta un cuarto de servicio y me comunico con la comandante.
—Lorenne, debemos abortar. Ahora.
—¿Qué pasó? No se puede abortar por nada del mundo. Es ahora o nunca.
—Hay dos niñas. Las hijas.
—Lo sé.
El silencio es un eco que me sofoca. Lo sabe. Nos mandó allí con órdenes de matar a dos niñas inocentes.
—¿Te volviste completamente loca? No somos sicarios ni asesinos de niños.
Su voz es filosa como un alfiler.
—No me hables así. Acata las órdenes. Es ahora o nunca.
—¡Y una mierda! Buscaremos otra forma. No soy un títere, y no me voy a manchar las manos con la sangre de niñas inocentes.
Me quito con furia el intercomunicador, y discretamente le digo al resto del equipo que la misión ha sido abortada.
No escucho réplicas. En sus ojos solo hay alivio. Nadie allí estaría de acuerdo con asesinar niños inocentes. No deben pagar por los delitos de sus padres, por terribles que estos puedan ser.
Y esa decisión nos costaría muy caro.
El día finalmente se acabó. Celine me llevó al centro comercial a comprar. Fuimos a comer a un restaurante y nos encontramos con Matthew para la merienda. No paramos hasta que llegamos a casa. Es como si necesitara salir en cada momento libre y me agota. Ahora está dormida a mi lado.
Tomo mi teléfono y la sangre me hierve de emoción. Se viene mi momento favorito. Sucede todas las noches antes de dormir, y es un ritual que me alegra la vida cuando todo lo demás parece tan vacío y solitario.
Yo
Hola, Becca. ¿Cómo estás?
Becca
¡Nate! Bien, ¿y tú? ¿Qué tal tu día?
Yo
He tenido mejores. ¿El tuyo?
Becca
Fui al cine con Frannie y Alissa. Había una peli de jirafas.
Alissa se quedó dormida y Frannie pasó toda la tarde hablando de lo tiernas que eran las jirafas bebés y si podíamos tener una de mascota.
Le dije que las jirafas no eran mascotas y que de cualquier forma no podíamos tener una mascota que fuera más alta que yo.
Yo
Y… Eso no es muy difícil. Van a tener que conseguir un hámster.
Becca
¡Ey! ¿Yo qué te hice? ¡Y dice el gigante! Claro, es muy fácil para ti hablar desde allá arriba. Solo ves la cabeza de las personas. Podrías tener una jirafa adulta de mascota si quisieras.
Sonrío, y maldita sea... ¿Por qué no puedo tener una conversación así con mi esposa? La veo dormir a mi lado y una oleada de remordimiento se me clava en el pecho, pero dejar de hablar con Rebecca no es ni remotamente una posibilidad.
Yo
Si hiciera a Jirafran feliz, le compraría una. Estoy seguro de que, ahora que parece que soy dueño de mi propia empresa, puedo permitírmelo.
Becca
¿Cómo vas con eso?
¿Y cómo va todo con Celine? ¿Recordaste algo más?
Yo
Con la empresa, supongo que bien. Aún no he ido, pero por suerte Matthew se ha encargado muy bien de todo, y la verdad es que me ha puesto al corriente de muchas cosas.
Estoy algo abrumado, eso sí. Pasé de no tener cinco dólares a ser dueño de una empresa millonaria de seguridad privada.
Le pedí que coordine una reunión con mi abogado y mi contador para la próxima semana, porque aún tengo muchas dudas.
Becca
¿Y Celine?
La pregunta que estaba tratando de evitar.
Con Becca pasaron cosas fuertes antes de que mi pasado nos explotara en la cara, y no tengo ganas de hacerla sentir mal hablándole de mi esposa.
Aunque no tenga nada bueno para decir de esta situación, no sé si ella es la persona indicada para este tipo de charlas.
Además, desde que me fui no hemos hablado de lo que pasó entre nosotros.
A pesar de que eso sea lo único que no puedo olvidar.
Esa noche está tatuada con fuego en mi cerebro.
Yo
¿Segura que quieres escucharme hablar de ella?
Becca
Sí. Estoy bastante segura de que soy la única persona con la que hablas. No creo que sea bueno que reprimas todo lo que te está pasando. Hace bien hablar. Además, quiero saber.
…
Becca
Aunque no me guste lo que tengas para decir.
Yo
Me siento una mala persona. Ella no ha hecho más que ser un amor conmigo, cuidarme e intentar que recuerde. Trata de crear un nuevo vínculo, pero yo solo pienso en una mujer, y no es en ella precisamente.
Pasan demasiados segundos. El corazón me palpita. ¿La espanté? ¿Fue demasiado pronto?
Becca
Yo también pienso en ti.