Cuando nos encuentren 61 JACK
62%

61 JACK

La veo dormir a mi lado. Su cuerpo, aún desnudo, está enroscado sobre el mío debajo de las sábanas.

No puedo quitar mis manos de ella. Su piel es lo más suave que toqué en la vida.

Me siento en el cielo. Siento que en cualquier momento me voy a despertar de este sueño, y las pesadillas se van a apoderar de nuevo de mi mundo.

No quiero eso.

Quiero quedarme en esta cama para siempre.

Se retuerce y abre un poco los ojos.

Es apenas pasada la medianoche, y mañana hay que trabajar.

Se da cuenta de que la observo y me besa los labios.

—¿Qué haces mirándome así? —pregunta somnolienta.

Le sonrío. Yo no sonrío, pero ella me hace querer hacerlo. No lo puedo evitar.

—Estoy viendo a la mujer más hermosa del mundo dormir sobre mi pecho. No existe nada mejor que eso —respondo, y me doy cuenta de que no parezco yo el que dijo esas palabras.

¿Qué demonios pasa conmigo?

Todo vale la pena cuando observo su amplia sonrisa y los hoyuelos que se dibujan en su rostro perfecto.

Se incorpora y se sienta frente a mí con más energía que nunca.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —Sus ojos brillan con curiosidad.

—Sí, claro. Lo que quieras.

Duda unos segundos antes de hablar.

—Es obvio que has estado antes con otras mujeres, pero… ¿lo recuerdas?

Ah. Esa pregunta.

—No recuerdo con quién estuve antes de perder la memoria, a pesar de que he tenido algunos recuerdos de una mujer, pero no mucho… pero sí estuve con dos mujeres en estos últimos años —respondo y no sé el motivo, pero me siento avergonzado.

Abre los ojos con sorpresa. Quizás no se lo esperaba.

—¿Me quisieras contar? —inquiere—. Si no quieres, no pasa nada —aclara—. Pero me da un poco de curiosidad.

—Quieres saber si eran mujeres de la calle, ¿no?

Se tapa la cara con ambas manos tratando de ocultarse de mí.

—Soy una persona horrible, perdón por preguntarte —replica detrás de sus manos. Apenas la entiendo porque su voz es un susurro.

Me incorporo y me río.

—No eres una persona horrible; es normal tener curiosidad. Si quieres, te cuento. No tengo ningún problema.

Asiente.

—Bueno, la primera fue un año después de perder la memoria —confieso—.

En ese momento, estaba dando clases de defensa personal a algunas personas que vivían en la calle también, y la mayoría eran mujeres.

Una de ellas se me insinuó un día. Era una buena chica, pero había tenido una historia difícil.

Estuve con ella detrás de un callejón. Antes de que me preguntes, sí, nos cuidamos.

Yo había encontrado por ahí unos condones y siempre los llevaba por las dudas.

La verdad es que no fue muy bueno, pero nada. Justo se dio y ya.

—¿Y la segunda?

—La segunda era la vecina del señor Harrison.

Yo le solía cortar el césped a él. Es de las pocas personas que alguna vez me ofreció trabajo, y su vecina era una mujer joven, en un matrimonio muy infeliz.

Una vez, cuando su esposo no estaba, me invitó a su casa y me ofreció que me diera una ducha.

Cuando salí, me estaba esperando en ropa interior, y...

lo demás es historia. Con ella estuve varias veces.

Solíamos estar juntos cuando iba a trabajar por allí, ya que su esposo rara vez estaba por casa.

—¿Y con ella sí te gustó?

—Normal. La última vez que estuvimos juntos, su esposo llegó y tuve que escapar por una ventana —respondo con honestidad, y la acerco hacia mí—. Nada se compara, ni se acerca, a lo que pasó entre nosotros. Te lo juro.

Se sonroja y sonríe.

—Me siento como una adolescente —confiesa, y me derrito por dentro.

—Yo también.

Pasamos un rato más hablando y besándonos. Nuestros cuerpos entrelazados como si fueran uno.

Me sobresalto de pronto.

Es el timbre de la casa.

¿Quién puede ser a esta hora?

No para de sonar. Nos separamos y nos vemos con confusión.

Al sonido del timbre se suma el de mi teléfono en la mesa de noche.

El corazón me palpita, pero por un motivo totalmente diferente.

La preocupación tiñe el rostro de Becca.

Atiendo al instante.

—Necesitas abrir la puerta ahora mismo. —La voz de Jeremy es seria. Suena molesto. Muy molesto. No entiendo nada.

—¿Quién era? —pregunta Becca.

—Jeremy. Me dijo que abriera la puerta.

Me pongo la ropa, tomo la pistola, la guardo en la parte de atrás de mi pantalón y salgo de la habitación. Atravieso la sala y camino hasta la puerta de entrada. Rebecca me sigue de cerca. Siento sus pasos detrás de mí.

Paso la llave y abro.

Mi cerebro entra en cortocircuito.

—¡Nate! —grita una mujer, y se abalanza sobre mí. Me rodea el cuerpo con los brazos y comienza a besarme. Cuando logro reaccionar, la separo.

Su rostro se me hace familiar. Tanto que me desconcierta.

La freno antes de que continúe.

—¿Quién eres? —pregunto con el ceño fruncido, y veo su expresión nublarse. Parece confundida.

—Nate, soy yo... Celine. Tu esposa.