Cuando nos encuentren 59 JACK
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59 JACK

Rebecca sentada en mi cama, con su pijama de seda rosa cubriendo sus curvas, sus ojos ardiendo y un pequeño temblor de nervios que la recorre completa, es lo más erótico que he visto en mi puta vida.

Estoy seguro de que ningún recuerdo olvidado del pasado podría superar lo que ven mis ojos en este momento.

Me acerco a ella con lentitud. Quiero saborear cada segundo de esto mientras pueda. Mientras dure.

Coloca sus codos sobre el colchón y yo me alzo sobre ella. Vuelvo a posar mis labios en los suyos. Son suaves. Gruesos. Jodidamente perfectos. Estoy obsesionado con ellos. Con ella. Podría besarla por el resto de mi vida y moriría feliz con eso.

Su lengua tersa se enreda con la mía y aprieto mis caderas en su centro.

¡Mierda!

Estoy tan duro...

Las últimas veces que estuve con alguien no fue agradable. Creo que me voy a correr tan pronto roce su piel sin ninguna tela de por medio. Necesito asegurarme de que disfrute… antes de liberar la presión que me asfixia. Las ganas me queman. Me destrozan como un misil balístico intercontinental.

—Eres perfecta. —Las palabras se me escapan y las murmuro contra su cuello porque, maldita sea, lo es.

Se separa un poco y me mira a los ojos, mientras nuestros pechos laten desbocados sin ningún tipo de control. Levanta su mano y la pone en mi mejilla y sus ojos verdes profundos me atraviesan.

—Tú eres maravilloso, Jack.

Algo dentro de mí se rompe.

No pensaba ser merecedor de esas palabras, pero ella las dice con total honestidad.

Ella me ve como alguien maravilloso. Reprimo los flashes de sangre y muerte que me persiguen a diario.

Si tan solo supiera que mis pocos recuerdos no son más que pesadillas, se daría cuenta de que no lo soy en absoluto.

Seguramente soy todo lo contrario. Soy un monstruo. O al menos lo era.

Necesito confesar una mínima parte de eso antes de dar el siguiente paso con ella.

Soy un egoísta de mierda por querer esto. Ella seguramente estaría asqueada si supiera que está a punto de acostarse con un maldito asesino. Porque eso es lo que soy. Aunque no haya querido ponerlo en palabras antes, debo aceptarlo.

Soy un asesino.

Me tenso y retrocedo.

Ella nota el cambio en mi actitud. Lo veo en sus ojos y odio reconocer en esos simples gestos lo que le pasa por la cabeza.

Se acerca a mí con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —Su voz aún tiembla. Hay una pizca de nervios y otra de preocupación.

Me siento en la cama y la miro. Ya está, debo confesarle la verdad, y que haga lo que considere. No es justo para ella ocultarle algo tan importante, y estoy seguro de que he sido un imbécil egoísta por no decirle nada antes.

¡Me metió en su casa! ¡Con su hija!

Soy un maldito desgraciado y no merezco nada de lo que esta mujer me ha dado.

—No lo soy —confieso finalmente. Un terror se apodera de mí. Un tipo de terror que no recuerdo haber experimentado antes. Ni en mis pesadillas—. Estoy muy lejos de ser alguien maravilloso, y creo que es injusto contigo no decirte esto antes de que pase lo que estaba a punto de pasar.

—¿Estaba? ¿Te arrepientes? —Su ceño sigue fruncido. Sus pupilas dilatadas y sus mejillas sonrojadas. No entiende, y no la culpo—. ¿Por qué dices que no lo eres, Jack? Es lo único que he visto desde el día que le salvaste la vida a mi hija.

—Ese es el problema —le digo—. Me ves como un maldito héroe porque le salvé la vida a Frannie, pero lo que en verdad soy es un… —Me cuesta un mundo decir esa palabra en voz alta, pero por el bien de ella lo hago. Tengo que hacerlo—. Asesino.

Se tensa, pero no veo miedo en sus ojos.

—¿Por qué dices algo así? —pregunta y sé que está angustiada.

Pasan unos segundos, mientras trato de organizar mis ideas. No es fácil lo que estoy a punto de decir. En absoluto.

—¿Recuerdas que te conté de los flashes que tengo? ¿Que veo algunas caras y situaciones, aunque no logro identificar a nadie?

Ella asiente, pero sigue en silencio y me escucha con atención. Está a mi lado, con las piernas cruzadas sobre el colchón y su mano sobre mi muslo.

—No te conté nunca lo que veo, y la verdad es que me da pánico, Rebecca. Pánico. Pero ya está; no es justo contigo, así que aquí va. Entiendo si después de saberlo no me quieres más en tu casa. En tu vida.

»Cada vez que un recuerdo me llega, es de mí matando.

Estoy siempre vestido de negro, y estoy en diferentes lugares.

No reconozco ningún sitio, pero son escenarios muy diferentes.

A veces estoy solo y a veces con otras personas.

Siempre son los mismos rostros. Tengo las manos manchadas de sangre, y mereces saberlo.

Lamento haberte ocultado esto, pero es que…

¿Cómo te lo podía decir? Te juro que desde que perdí la memoria jamás he lastimado a nadie inocente, lo juro.

Pero no puedo ocultar más que era una mierda de persona, y quizás no termino de recordar nada porque en el fondo tengo miedo de lo que vaya a descubrir.

No recuerdo haber dicho nunca tantas palabras juntas.

Tan rápido. Prácticamente me quedo sin respiración cuando termino de sacar todo, y de alguna forma extraña, siento que me acabo de quitar una tonelada de peso de mis hombros.

Me siento más ligero, incluso sabiendo que volveré a la calle después de esto.

Hablar está infravalorado. Es liberador.

Silencio. Es lo único que se escucha en la habitación. Un silencio ensordecedor. Ni el sonido de nuestras respiraciones se oye. Ella sigue sin parecer asustada. Veo los engranajes de su cerebro trabajando a toda máquina, tratando de entender qué decir. Qué hacer.

No quiero obligarla a hacer algo que sé que será difícil para ella, así que me pongo de pie.

—Tranquila —le digo—. Me voy, Becca. No vas a tener que preocuparte más por mí.

Me doy vuelta para recoger algunas cosas y escucho su voz a mi espalda.

—¿Qué importa?

Volteo a verla con el ceño fruncido.

—No puedes asegurar que eras un asesino por algunos recuerdos inconexos, Jack. Quizás eras policía, militar o algo así.

—He buscado el uniforme que recuerdo en mis sueños y no pertenece a ningún militar o policía de ninguna ciudad.

Se pone de pie y comienza a hablar con más énfasis.

—Supongamos que lo eras —dice—. Un asesino a sueldo, un sicario…

Cosa que igual no termino de creer, pero supongamos que sí.

—Toma una bocanada de aire y sigue hablando con la mirada perdida; estoy seguro de que no está pensando demasiado lo que dice, sino que las palabras salen de ella mientras las piensa—.

Quizás el perder la memoria fue una señal.

Una segunda oportunidad para ti. La verdad es que me importa una mierda quién eras, Jack.

Lo que sí puedo es asegurarte que el hombre que eres hoy es un hombre maravilloso, y no has hecho más que demostrarlo.

No creo que hayas sido malo, porque si hubiese sido así, dudo que sea posible que te hayas convertido —dice, y me señala— en este hombre magnífico que tengo delante de mí.

Eres bueno; eres noble; eres educado. Ayudas a las personas sin siquiera conocerlas.

Eres increíble con mi hija y conmigo. No tienes una pizca de maldad en el cuerpo y no hay ningún recuerdo que puedas tener que me haga pensar lo contrario.

—Por un momento se le quiebra la voz, y su mirada se oscurece—.

Eres el único hombre con el que me he sentido realmente segura desde hace muchísimos años.

He conocido monstruos, Jack. Y te aseguro que no eres uno de ellos.

No sé qué decir.

No tengo respuesta.

—Igual es importante que puedas recordar, porque esos flashes no van a dejar de aparecer, y necesitas una respuesta.

Te voy a ayudar. —Se acerca más a mí; con una mano se toca la clavícula y con la otra me sostiene.

Tiemblo bajo su tacto, perdido en sus expresiones, en su rostro.

Sus palabras me atraviesan por completo.

Ella, que me conoce hace poco, tiene más confianza en mí que yo mismo—.

Vamos a ver a un terapeuta y vamos a hablar con Isaac, y enfrentaremos lo que venga.

Perdón que no lo coordiné antes, pero ahora le daremos prioridad a esto. Lo prometo.

Tomo una bocanada de aire y la pego a mí.

No creo que sea real. Ella. Lo que me hace sentir no es de este mundo. Pero si esto es un sueño, no quiero despertar jamás.

Vuelvo a besarla como si mi vida dependiera de ello, porque creo que lo hace. Rebecca se ha convertido en mi mundo y me aterroriza, pero escucharla hablar así de mí me hace pensar que hay esperanzas.

La tomo por la cadera y salta hacia mí. Me rodea la cintura con las piernas. Estamos en una vorágine de deseo.

—Te necesito —susurra contra mi boca—. Por favor. Hazme sentir bien. Necesito sentirme bien.

Inhalo su aroma dulce.

—Haría cualquier cosa que me pidieras, princesa.

Me apodero de sus labios hambrientos y la llevo a la cama. Sus suaves manos recorren mi cuerpo, y me ayuda a quitarme la camisa.

Veo cómo me recorre la piel.

Le gusta lo que ve. A pesar de que mi cuerpo es un mapa de mi pasado violento, con heridas y cicatrices que cubren mi piel, ella las acaricia con dulzura. Es un contraste demasiado grande.

Me hundo en su cuello y beso cada centímetro de su piel. Su mandíbula, su cuello. Bajo por sus pechos y sigo bajando.

Le quito el pijama y ella queda completamente desnuda frente a mí.

Mierda, de verdad va a pasar.

Con sus manos busca mi pantalón, quiere tocarme, pero la freno.

—No, hermosa. Si pones tus manos sobre mí, esto acabará muy pronto, y no quiero que eso pase.

Sonrió con diversión y solo asiente en silencio.

Bajo hasta el centro de sus muslos y me doy un festín con ella. Sus gemidos de placer me recorren el cuerpo y sus jadeos se aceleran hasta que estalla bajo mi boca. Siento sus músculos tensarse y luego relajarse. Su respiración enloquecida.

—Dios, Jack… —Exhala—. ¿Ahora me dejas tocarte?

Asiento.