58 REBECCA BEAUMONT
¿Bajo?
¿Y si lo hago y Frannie me necesita como la otra noche?
Quizás debería esperar hasta el próximo fin de semana, que ella lo pasará con Mason, así estamos los dos solos y podemos terminar lo que empezamos sin ningún tipo de distracción.
Parezco una adolescente, ¡por Dios!
Parece absurdo cómo una mujer adulta puede dejar de enfocarse en sus problemas por estar pensando en un tipo.
Quizás es un mecanismo de defensa. Quizás no me gusta Jack y mi cerebro me hace pensar que sí para evitar enfocarme en Benjamin y en todo el caos que me rodea desde hace semanas.
La realidad es que lo que sea que esté pasando entre nosotros me ha distraído de la investigación, que está más muerta que Juana de Arco.
No ha habido más notas ni paquetes, lo que por un lado me alivia un poco, pero hay algo en el silencio que preocupa.
Estoy sumida en mis pensamientos cuando tocan la puerta de mi habitación y me tenso de inmediato, porque la única persona que lo haría es… Jack. Mi hija hubiese entrado corriendo como un maremoto y, por supuesto, no avisaría antes.
—Pasa. —Mi voz temblorosa apenas se escucha.
Abre la puerta y siento que me voy a desmayar. Un calor me recorre el cuerpo sin ningún tipo de sentido. Me mira y la cierra a sus espaldas.
Sus ojos arden. Su mirada profunda me atraviesa y no puedo hacer nada para evitarlo.
No puedo quitar la vista de él. El aire se carga de electricidad.
Si prendiera un cigarro en este momento, la casa estallaría por los aires.
Menos mal que no fumo. Menos mal que solo estoy divagando en mis pensamientos y no en voz alta.
Nos miramos en silencio. Yo lo recorro con la mirada y él hace lo mismo conmigo. Ninguno da el primer paso. No se mueve; yo tampoco lo hago. Nuestros ojos se vuelven a encontrar y me quedo sin respiración.
Estoy completamente segura de que un examen médico diría que no tengo oxígeno en los pulmones y estoy a punto de morir. La única señal de que sigo con vida es el latido de mi corazón, que cabalga dentro de mi pecho a toda velocidad.
—¿No me vas a preguntar qué quiero? —Su voz es ronca y habla en un tono de voz bajo. Rompe el silencio, pero la electricidad y la tensión no se van a ningún lugar. Si acaso, se intensifican.
Me paro. Las piernas me tiemblan, pero lo hago de igual forma y me acerco a él.
—Creo que ya sé la respuesta a eso, Jack.
Suspira, y puedo ver cómo su pecho sube y baja. Se está conteniendo. Lo noto en cada fibra de su ser. En cada movimiento.
—¿Y no me vas a decir que todo ha sido un error?
Niego con la cabeza porque definitivamente no ha sido un error.
Besar a Jack ha sido como volver a respirar luego de estar sumergida por demasiado tiempo.
Volver a sentirme mujer. Y la mujer que me siento cuando estoy con él es el tipo de mujer que quiero ser.
No la que he sido hasta ahora con otros hombres.
Sé que probablemente sea absurdo. Sé que probablemente sea mi cabeza jugando conmigo, y que esto no sea más que mucha química y tensión sexual reprimida y acumulada.
Yo hace demasiado tiempo no estoy con alguien, y él…
¿Habrá estado con una mujer desde que perdió la memoria? ¿Viviendo en la calle?
La curiosidad comienza a crecer dentro de mí.
Me doy cuenta de que sigo en silencio. Que no le he respondido y que el torbellino de pensamientos está solo en mi mente.
—Para mí no ha sido un error… —Me ruborizo—. Salvo que tú creas que lo ha sido —susurro. Perdí la voz junto con el aire de los pulmones.
Su respuesta es acortar el espacio que nos separa, tomarme por la nuca y chocar su boca con la mía de forma brusca. Hambrienta. Me voy a caer. Estoy segura de que las piernas dejaron de funcionarme, y si no estoy tirada en el suelo es solo porque Jack me sujeta como si su vida dependiera de ello.
—Para lo que quiero hacerte —murmura contra mi boca, y su aroma invade mis sentidos y me excita aún más— no quiero tener que hacer silencio. Baja a mi habitación, princesa. Ahora.
¡Oh, por Dios santo del amor hermoso!
Que me dé órdenes así me excita demasiado. Quiero saltar encima de él como una garrapata. Pero en lugar de hacer eso, paso a su lado tratando de parecer calmada, abro la puerta intentando ocultar mis nervios y bajo a su habitación sin mirar atrás.
Siento sus pasos detrás de mí, y su mirada me quema la piel.
Me siento en su cama y, segundos después, él aparece con un brillo perverso en los ojos. Cierra la puerta a sus espaldas, y esta vez con seguro.
—Desnúdate para mí, princesa. Quiero probarte otra vez.