57 REBECCA BEAUMONT
Un ejército violento de mariposas asesinas está viviendo en mi estómago y no creo que exista una orden de desalojo lo suficientemente poderosa como para hacer que las desgraciadas se vayan a otra parte.
Lo sé porque la panza no me ha dejado de dar saltos olímpicos desde que Jack entró a la cocina y se sentó junto a mi hija mientras hago el desayuno.
Ayer Frannie tuvo pesadillas y le prometí que podía dormir conmigo, así que no pude bajar y terminar lo que habíamos empezado, a pesar de que me estaba muriendo de ganas de hacerlo.
Alguien podría pensar que me desperté sin las copas de más nublándome el juicio y me arrepentí por estar a punto de tirarme al exmendigo y actual guardaespaldas, pero… no.
¿Dónde quedaron mis prejuicios? Creo que se esfumaron en el aire como si nunca hubiesen existido porque no me importa quién haya sido Jack antes, me importa quién es ahora y lo bien que me siento con él.
No digo que vayamos a casarnos ni nada, obviamente…
Apenas nos conocemos. Tampoco digo que vayamos a empezar una relación de pareja.
Insisto; casi ni nos conocemos, y ambos estamos solucionando demasiadas cosas como para pensar en algo así, pero ¿quién dice que no podemos iniciar otro tipo de relación?
Nadie. Si nos sentimos bien pasando el rato el uno con el otro y provocándonos orgasmos mutuamente, me parece perfecto.
Aunque ayer no logré tener uno y la pequeña Becca quedó palpitando de deseo; la realidad es que estuve muy a punto, y si no hubiese sido por cierta interrupción…
El haber quedado así solo hace que las ganas que le tenía antes se multipliquen por infinito, porque ahora no solo veo lo muy habilidoso que podría ser con esas manos grandes y con esa boca gruesa, sino que también lo sé.
Es una información que no puedo borrar de mi mente, por más que lo intente.
De igual forma, no tengo ninguna intención de hacerlo, porque ¿por qué lo haría?
Dios, me voy a volver loca. ¿Él se habrá arrepentido de lo que pasó?
Debería preguntárselo.
Pero sin dudas el desayuno no es precisamente el mejor momento para hacerlo, especialmente cuando mi hija está justo aquí, acribillando con miles de preguntas a Jack Jack .
—¿Tú y mami son mejores amigos? Se la pasan todo el día juntos.
—Momento de prestar atención para Rebecca.
Frannie cree que Jack es mi asistente personal, pero nunca tuve uno que viviera con nosotros y pasara todo el día junto a mí.
Una parte de mí tiene mucha curiosidad por escuchar la respuesta de Jack, así que no intervengo.
—Claro —responde él con seguridad, y posa sus ojos en mí con una intensidad que hace que me congele en el lugar. ¿O me derrita? Ya ni soy consciente de las reacciones de mi cuerpo—. Quizás podría decir que tu mami es mi mejor amiga ahora mismo.
Los miro embelesada. Uno podría pensar que un tipo como él ignoraría a una niña de siete años superintensa, pero él es genial con ella y se llevan de maravilla.
—¡Eso es muchísimo! Piper me dijo que las niñas y los niños no podíamos ser mejores amigos, pero le voy a decir entonces que no es verdad. Que mi mamá y Jack Jack son mejores amigos.
—¿Hay algún chico del que quieras ser mejor amiga? —le pregunto yo.
—Pues... Dean es muy divertido. Siempre me hace reír.
—Entonces me parece que ahí tienes tu respuesta, Jirafran. Seguro que ya son amigos —comenta él al tiempo que da un bocado de su desayuno proteico, que parece para diez personas.
—¿Quisieras ser amigo de mi papi también? —le pregunta mi hija al hombre que casi mata a Mason la primera vez que se conocieron. Reprimo la carcajada.
Jack suspira y eleva la mirada, tratando de pensar en alguna respuesta.
—Pues… —Duda; es una respuesta difícil. Si dice que sí, se va a tener que comprometer a eso y Frannie no va a olvidarlo jamás, y si dice que no, ella pensará por qué no quiere ser amigo de su papá y se sentirá mal.
Quiero ver cómo lo maneja. Hasta ahora, desde que ha estado con nosotros, sorpresivamente no ha metido la pata con ella, y eso es bastante difícil.
¿Será que Jack tiene hijos? Mierda, una punzada se me clava en el pecho de solo pensarlo—.
Creo que tu papá y yo somos muy distintos, Jirafran.
¿Sabes qué hace que una amistad crezca mucho?
Ella niega con la cabeza y lo mira concentrado como si le estuviera explicando la teoría del Big Bang.
—Las cosas en común y los intereses similares.
Por ejemplo, tu mamá y yo amamos el Monopoly y nos gusta entrenar juntos en el gimnasio, y compartir esas cosas nos ha unido mucho.
Las amistades no son algo que puedan forzarse, sino que fluyen o no fluyen.
Con tu papá eso no ha fluido, pero no quiere decir que no podamos llevarnos bien cuando nos vemos. ¿Entiendes?
Frannie mastica en silencio, pensativa, y luego asiente con total seriedad.
—Entonces, cuando vea a papá, le voy a decir que tienen que encontrar algo en común. Puede que los dos odien a morir las aceitunas o la piña.
Jack reprime una carcajada.
—Podría ser un buen comienzo, pequeña.
Me río al imaginar cómo se tomará Mason esa sugerencia.
Es el cumpleaños de Dean, uno de los compañeritos de Frannie, y Alissa se ofreció a acompañarnos. No porque se lo haya pedido, sino porque ama pasar tiempo con mi hija, y la verdad es que no puedo culparla.
Veinte niños revolotean sin parar en el gran patio trasero de la mansión de los padres del cumpleañero.
Estamos sentados afuera los tres, hablando junto a otras madres de la escuela.
Muchas madres o padres no se quedan en este tipo de lugares, pero yo no dejaría a Frannie sola ni loca.
Y no lo digo por el psicópata de Benjamin, sino porque es muy peligroso.
Cualquier cosa podría pasarle: un accidente, una caída en la piscina...
Cualquier cosa. ¿Soy sobreprotectora? Quizás, pero prefiero eso antes que ser descuidada.
No me pasan desapercibidas las miradas de varias de ellas hacia Jack, y tampoco los susurros. ¿Creen que hay alguna capa de invisibilidad que hace que no veamos cómo se lo comen con la mirada?
No las culpo, la verdad, pero eso no evita que una punzada de celos se me clave en el pecho sin motivo. Él las ignora magistralmente. El problema es que eso solo hace que ellas le saquen más conversación.
Las respuestas de Jack han sido limitadas.
«Sí».
«No».
«Quizás».
Alissa está a mi lado, tratando de reprimir la risa mientras una de las madres le pregunta a Jack muy sutilmente si está soltero y da a entender que ella tiene dos años separada y se siente muy sola.
Tan predecibles.
Quisiera gritarles que le quiten las manos de encima y lo dejen en paz. Es mío, basta.
¿Qué digo? No es mío, pero… Bueno, yo me entiendo.
Solo me mantengo sin emitir ningún comentario fuera de lugar porque Alissa está a mi lado y no quiero que piense que entre Jack y yo ha pasado algo, aunque lo ha hecho y me muero de ganas de repetir y de llegar hasta el final.
Mierda.
De un momento a otro, Jack se levanta de un salto y cruza el patio más rápido que un lince. No entiendo lo que está pasando y me pongo de pie aterrada. Busco a mi hija, pero está parada en otro lugar.
Sigo con la mirada el camino de Jack y lo veo llegar hasta Dean y ahí caigo en cuenta de lo que está pasando. El niño se está ahogando con algo. Nos acercamos a toda velocidad, y la madre de Dean empieza a pegar gritos, aterrorizada.
No la culpo. El niño también lo está y trata de toser, pero no puede. Se agarra la garganta con desesperación. La angustia se apodera de mí, y quisiera poder hacer algo. Es demasiado peligroso, y no puedo ni siquiera pensar en esa posibilidad.
Frannie se acerca a mí y comienza a abrazarme angustiada, al tiempo que Jack toma a Dean por la espalda y comienza a aplicar la maniobra de Heimlich.
El chico parece desesperado, pero la parsimonia de Jack me transmite algo de calma.
Actúa como si todo estuviera bajo control, y no como si un niño se estuviera poniendo morado frente a sus ojos.
Trato de parecer calmada, para que Frannie no se angustie aún más, pero no es fácil. Dean no puede respirar, mierda.
Miro a mi alrededor y no puedo creer lo que mis ojos ven. Hay madres grabando la situación. ¿Cómo se les ocurre pensar en grabar algo así? ¿Están completamente locas?
Unos segundos después, Dean expulsa algo de la garganta y recupera el color que había perdido. Suelto una bocanada de aire. Respiro junto a él, y el alivio me inunda como un tsunami .
El pobre niño tiene los ojos llorosos y abiertos de par en par.
Su madre se acerca a él, hecha un mar de lágrimas, y Jack se gira para mirarnos a Frannie y a mí. Las madres comienzan a tirarse encima de él, haciéndole todo tipo de cumplidos.
Ruedo los ojos exasperadamente y él parece darse cuenta porque una sonrisa socarrona pinta sus labios y me pica discretamente un ojo. En ese momento, ya habiendo pasado la angustia del momento, mis bragas caen al suelo. De acuerdo, solo metafóricamente hablando.
Siento que mi hija me llama y me agacho para escucharla susurrarme al oído:
—Superman lo volvió a hacer, mami, pero no está disfrazado. ¿Su identidad corre peligro?
Está realmente preocupada, porque no hay risa en su tono de voz, y en sus ojos veo angustia.
—No, cariño, su identidad está a salvo. No te preocupes.
¿Lo está?