Cuando nos encuentren 56 JACK
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56 JACK

Rebecca se pone de pie de un salto y yo hago lo mismo.

En menos de un segundo tengo puesta la camisa de algodón que uso como pijama.

Puedo ver el terror en sus ojos mientras trata de colocarse el vestido a toda prisa.

—¡Voy, cariño! —grita, con la voz acelerada, en un intento de tranquilizar a su hija.

Sale corriendo por la puerta y me lanza una mirada fugaz antes de cerrarla a sus espaldas.

¿Qué acaba de pasar?

Estoy tan empalmado que me duele físicamente. Me quedo viendo a la puerta, y detrás se escuchan los murmullos de ambas.

El corazón nunca me latió tan rápido. Me preocupa que los vasos sanguíneos exploten y me desangre aquí mismo. Es como si me hubiesen metido una granada en el cuerpo, y está a medio explotar.

Me siento en el borde de la cama y me dejo caer, con la vista fija en el techo.

Creo que nunca he sido adicto a nada, pero estoy seguro de que acabo de probar mi nueva droga. Una creada especialmente para mí.

Carajo, estoy jodido.

No puedo no volver a tenerla bajo mis brazos, bajo mi lengua, maldita sea. El sonido que salía de ella con cada roce de nuestros cuerpos. Solo el recuerdo hace que me duelan los huevos.

Respiro profundo, tratando de calmarme.

¿Volverá?

Por favor, necesito que vuelva y terminar lo que empezamos.

No me toco; si viene quiero estar al cien por ciento para ella.

Pasan los minutos y nada, pero no la voy a buscar. Está con su hija.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que me quedo dormido.

Una hermosa mujer ríe y me besa. Se levanta de la mesa donde estamos y va hacia una cocina grande y elegante.

—Hoy te extrañaré, cariño.

Ya no estoy ahí con ella. Ahora estamos en un salón con mucha gente. Lleva un vestido y me abraza. Me da un beso. Se lo devuelvo y ríe de nuevo. Su rostro es elegante y perfilado, y sus ojos son penetrantes.

—Espero que esta vez vuelvas pronto —me susurra al oído.

La escena vuelve a cambiar, y vuelvo a ver sangre. Estoy con un grupo de hombres. Algunos rostros los reconozco de otros sueños.

—Terminemos con esto —dice uno, al tiempo que carga su arma y prepara su equipamiento. Tiene sangre en la cara, y me percato de que escucho detonaciones y disparos a lo lejos.

Los demás cargan también sus armas y salimos. Estamos en un pueblo, en algún lugar remoto. Todos vestimos de negro, llevamos armas y comenzamos a disparar.

¿A quién?

Espero que no sean inocentes los hombres y mujeres que luego yacen muertos a mis pies.

Me despierto sobresaltado y, a pesar de los sueños, es a Rebecca a quien veo en mi mente cuando vuelvo a la realidad.

No sé con qué me voy a encontrar cuando salgo a la cocina. Rebecca no volvió anoche, y espero con todas mis fuerzas que no se haya arrepentido de lo que pasó entre nosotros. No quiero que se sienta incómoda conmigo.

Si noto un mínimo indicio de que no me quiere aquí, me largo. Lo último que quiero es traerle más problemas a su vida.

Lo primero que veo es a la mujer que me está volviendo loco, de espaldas, mientras su hija espera sentada en uno de los taburetes.

—¡Jack Jack! —exclama la pequeña al verme y no puedo evitar sonreírle de vuelta.

—¡Jirafran! —respondo con una sonrisa idiota en el rostro, porque le puse ese apodo y le encanta. Esa niña ama a las jirafas más que a su madre, y cuando está presente me hace sentir… bien.

Salta del taburete para venir a saludarme justo en el momento en que Rebecca se da la vuelta y posa sus ojos en mí. Se sonroja y me sonríe. Una sonrisa pícara y preciosa.

—Buenos días, Jack Jack —agrega Rebecca en tono de burla y sigue cocinando como si nada. Se me tensa el cuerpo al escuchar su voz.

Frannie me abraza y me agacho para devolverle el abrazo, pero la niña se da la vuelta y arremete contra su madre.

—¡Mamá! Jack Jack es mío, inventa tu propio apodo.

Así que es territorial la pequeña. Me pregunto si Rebecca también lo será.

—Bueno, lo siento, amor —responde—, pero conseguir un mejor apodo que Jack Jack lo veo difícil. ¿No me lo puedes prestar? —Me mira con picardía—. Creo que me gusta mucho Jack Jack.

La pequeña no entenderá jamás el significado detrás de esas palabras, pero yo sí, y me doy cuenta de que lo que siento en el pecho no lo había sentido antes.

Me vuelvo muy consciente de pronto de que había estado adormecido hasta que esta mujer me salvó.

Ella dice que yo le salvé la vida a su hija, pero estoy seguro de que fue al revés.

Ambas están logrando revivir los restos de mí. Lo que quedó de humanidad de aquella persona siniestra que alguna vez fui.

Quizás no quiero saber quién era.

Quizás me basta con quien soy.