Cuando nos encuentren 55 REBECCA BEAUMONT
56%

55 REBECCA BEAUMONT

Mis labios se posan sobre los suyos.

Tan pronto rozo su suave piel, una sensación abrumadora se extiende por cada fibra de mi ser.

No pasa ni un segundo hasta que me toma por la cintura con sus fuertes manos y me pega a él.

Levanto mis brazos y lo rodeo. Estoy derretida.

La piel es fuego y la ropa me quema. Me alza, haciendo que tenga que rodear su cintura con mis piernas.

Siento que me voy a morir. El corazón se me va a salir del pecho.

Se gira sobre sí y me pega contra la puerta de la habitación. Puedo sentir su erección contra mi centro, y estoy segura de que nunca antes me había sentido así… Además de la excitación y electricidad que siento en cada fibra de mi ser, también me siento segura, y eso es una gran novedad para mí.

Un fuego ardiente nada por mis venas. Su respiración se entrecorta cuando profundiza el beso y nuestras lenguas bailan desesperadas.

Esa es la palabra perfecta que describe este momento: desesperación.

La humedad de su boca me enciende aún más, y de pronto no entiendo cómo he pasado treinta y dos años de mi vida sin probarlo, sin tenerlo...

—Dime que pare. —Su voz ronca me susurra contra los labios, me suplica.

Jadeo, porque su voz es otra cosa que también me excita.

Levanto la mirada y nuestros ojos se cruzan. Veo un brillo en ellos que no había visto desde que lo conocí, y de pronto me siento vulnerable, pero en el buen sentido.

Otra novedad.

—Por favor, no. —Es lo único que logro decir.

Antes de darme cuenta, está de nuevo sobre mí. Profundiza su agarre y la fricción entre nuestros cuerpos es exquisita. Me separa de la pared y me lleva hasta la cama. Me coloca sobre ella. El vestido se me subió hasta lo alto de los muslos y me recorre el cuerpo con lascivia.

—Nunca vi algo tan espectacular en toda mi vida —replica. Sus ojos son fuego primitivo.

Me sonrojo y le devuelvo una sonrisa socarrona.

—Estoy segura de que es una exageración, teniendo en cuenta que no recuerdas la mayor parte de tu vida.

Quizás alguien podría tomarse a mal un comentario así en este momento porque probablemente no lo debí decir, pero es que los filtros no existen para mí. Menos ahora.

—Oh, princesa, esta imagen no podría olvidarla ni que me lavaran el cerebro.

Ahogo un suspiro y dejo de respirar.

¿¡Cómo me ha llamado!? ¿Princesa? ¡Me dijo «princesa»! Siento que me voy a desmayar y que tengo quince años en lugar de treinta y dos.

Lo que hace a continuación logra que termine de perder por completo el sentido.

Toma los bordes del suéter y se lo pasa por la cabeza, dejando su torso desnudo. La visión de su cuerpo es lo más erótico que vi en mi vida. Cada surco de su pecho, los tatuajes que abrazan sus músculos y las cicatrices que cuentan una historia que ambos deseamos descubrir.

—Quítate ese vestido y déjame verte. —Su voz es ronca. Casi un ronroneo. Es una orden, y la sigo sin chistar.

Me arrodillo sobre la cama y paso el vestido de seda sobre mi cabeza. Cuando se da cuenta de que no tengo nada de ropa interior, sus pupilas se dilatan y se acerca a mí como un depredador.

—¿Así estuviste toda la noche? —pregunta, y yo asiento como una idiota porque perdí la capacidad del habla.

Acorta la distancia entre nosotros y me toma por la nuca, dándome un beso profundo que me derrite los sentidos. Me tumba sobre el colchón y se alza sobre mí al tiempo que recorre cada fibra de mi piel.

Se aleja de mi boca y me regala besos profundos en la mandíbula hasta que se hunde en mi cuello. El sonido de los besos se mezcla con el de nuestros jadeos y el de mi corazón que está por salirse del pecho.

Comienza a bajar, y ahora está sobre mi clavícula. Cuando toma mi pezón con la boca y lo chupa, siento una corriente directa a mi entrepierna. Me encorvo hacia él. Su pierna está en el centro de mis muslos y me froto. Necesito desesperadamente la fricción.

Besos húmedos y desesperados recorren mi cuerpo sin control. Yo perdí el control.

—Oh, por Dios... —logro decir entre gemidos entrecortados.

¡Esto está pasando realmente!

Su lengua roza el lugar más sensible de mi cuerpo y siento que estoy a punto de...

—No solo eres hermosa —susurra, y siento la vibración contra mi vagina—. También eres deliciosa.

Se hunde nuevamente en mí y no puedo controlar el deseo que siento.

Un sonido nos interrumpe por completo.

—¿Mami? —La asustada voz de Frannie viene desde la sala.

Mierda.