54 REBECCA BEAUMONT
Besar a Oliver estuvo bien.
Sí, bien.
¿Por qué digo «hemos»? No es algo que vaya a suceder en algún momento.
Por algún motivo, me sentí horrible por besar a Oliver frente a Jack. Como si estuviera haciendo algo malo. Ya sé que es absurdo. Nadie me lo tiene que decir porque… lo sé.
Jack no me ve de esa forma. Muchas veces sentimos atracción por otra persona y creemos que es mutua, pero estoy bastante segura de que no puede ser el caso, porque Jack jamás me ha hecho sentir incómoda ni ha tratado nada conmigo.
Excepto por la noche de la fiesta, pero tampoco es que intentó algo.
Solo que toda la situación fue demasiado comprometedora y confusa. Estábamos allí, demasiado cerca...
¿Por qué estoy pensando en Jack cuando acabo de tener una cita con otro hombre?
No quedan dudas de que estoy mal de la cabeza.
Cuando entramos a casa, mi guardaespaldas está más serio que de costumbre. Sí, ¿se pueden imaginar que el señor Seriedad esté aún más serio? Pues lo está. Tiene el ceño tan fruncido que parece que se hizo un tatuaje.
Apenas entramos, Alissa baja la escalera.
—¿Todo bien? —pregunta en voz baja, indicando que Frannie está dormida.
Ambos asentimos y pone una expresión extraña, pero no dice nada. Luego comienza a recoger sus cosas para irse.
—Gracias por cuidarla —le comento—. ¿Comiste algo? ¿Quieres algo antes de irte?
—De nada, pero es mi trabajo. No tienes de qué agradecerme.
—Tu trabajo no es ser niñera y, aunque lo fuera, igual te lo agradezco.
—¿Qué crees que hace Jack si no es ser tu niñero? —Me causa gracia y ella también ríe, pero Jack permanece sin hacer un movimiento. No hay una mínima chispa de gracia en su expresión.
—Me voy a la cama. Buenas noches —dice él. Es la primera vez en la noche que escucho su voz, y quema. Quema como el hielo.
Alissa se despide y me quedo a solas en el medio de la sala.
Me quito los tacos allí, porque no puedo más. Eran nuevos y me masacraron los pies. Estoy por subir a mi habitación, pero algo me detiene.
¿Por qué Jack estaba actuando así? ¿Habré hecho algo para molestarlo?
Miro la hora en mi teléfono. Es temprano; apenas las 9:10 p.m. Debería subir a leer un libro y descansar, pero no quiero. Quiero ir a ver a Jack y saber qué diablos le pasa.
Estoy un poco desinhibida por las copas que tomé. No borracha, solo un tanto alegre, pero el alcohol borró los pocos filtros que me quedaban.
A la mierda, él es directo, y yo también puedo serlo. Voy a entrar allí y le preguntaré qué rayos le pasa y luego subiré a leer un buen libro.
Camino por el pasillo hacia la habitación de invitados de la planta baja y toco a su puerta.
—Un momento —responde.
Pasan unos segundos hasta que abre. El corazón se me detiene un segundo cuando lo veo.
Se quitó el blazer negro que llevaba puesto, y ahora solo tiene el suéter de manga larga y los pantalones.
Está descalzo, y no sé por qué ese pequeño detalle me parece tan irresistible.
Su aroma me invade los sentidos… y los nubla por completo.
Todo el cuarto huele a él. Es como una concentración del olor de Jack, y juro por mi vida que no tiene nada que ver con el olor que tenía el día que lo conocí.
—¿En qué puedo ayudarte? —replica en tono extraserio.
Paso de largo y me siento en su cama, un poco porque me duelen los pies y otro poco porque no quiero que Frannie se despierte.
—Cierra la puerta —respondo, y al ver cómo sus ojos se abren de par en par, me doy cuenta de lo mal que sonó eso, así que de inmediato continúo—. No quiero que Frannie nos escuche y se despierte.
Hace lo que le digo, pero se queda de pie frente a la puerta. Me mira en silencio. Con una profundidad que me descoloca.
—¿En qué puedo ayudarte, Rebecca?
—¿Volví a ser Rebecca? Creí que ya habíamos superado esa parte, Jack.
—Perdón, pero no estoy de humor. ¿Qué quieres?
—Quiero saber por qué. ¿Qué te pasa y por qué estás actuando tan raro desde que salimos del restaurante?
Mira hacia otro lado y suspira antes de responderme.
—No me pasa nada; solo no estoy de humor.
¿Y si en serio no le pasa nada conmigo? Quizás tuvo algún recuerdo de su pasado y está angustiado por eso. Quizás soy tan egocéntrica que le está pasando algo grave o algo importante, y yo estoy aquí como una idiota esperando que esté así por un motivo totalmente egoísta.
—¿Recordaste algo más? —Me ha contado que ha recordado algunas cosas, pero jamás me ha dado detalles ni me ha dicho nada que lo ayude a seguir alguna pista sobre quién es—. ¿Alguna pista de los tatuajes?
—No, nada más. De los tatuajes, aún estoy investigando, pero nada por ahora.
Me pongo de pie y me acerco a él.
—Entonces, ¿por qué estás actuando así?
—¿Así cómo?
No me quita la mirada. Me atraviesa con ella de una forma que la puedo sentir físicamente sobre mi piel. Debería ser ilegal ir mirando así a la gente. Los vellos de mi cuerpo se erizan en respuesta y las piernas me tiemblan. Las chispas saltan por los aires y siento un cortocircuito corporal.
—Así. —Lo señalo—. Estás... raro. Serio, casi no me miras, no me diriges la palabra.
—Siempre estoy serio.
—Sí, pero sabes a lo que me refiero, estás más serio que nunca. Estás más serio que cuando salimos de casa.
Ahora es él quien da un paso hacia mí, y su mirada me reta.
—¿Por qué crees que me pasa algo, Rebecca?
—La pregunta y el tono me sorprenden. Hace un silencio antes de continuar, y sus ojos no dejan de atravesarme como una daga—.
Simplemente te acompañé a tu cita. Es mi trabajo.
—Puedo ver cuando algo en él cambia—. Solo te vi toda la noche, pasarla bien, reírte y besar a tu cita.
Lo normal. ¿Qué crees que me pasa? —Las últimas palabras las escupe.
Quizás mi intuición no estaba tan mal después de todo…
—¿Estás ce...celoso? —balbuceo, y hago un gran esfuerzo para que la voz no me tiemble.
Definitivamente me quedé sin ningún tipo de filtro, porque ya no puedo desdecirme. Este es un punto de inflexión. No hay vuelta atrás.
No responde. Solo me observa detenidamente. Me recorre con su mirada. El rostro, los labios y, fugazmente, el cuerpo, antes de volver la vista hacia mis ojos.
—No podría estar celoso. Soy tu guardaespaldas, ¿recuerdas?
Sí, lo recuerdo cada maldito segundo del día .
—Pero ¿lo estás? —insisto. ¿Qué busco con esto? ¿Qué espero que me responda?
Da un paso más y se inclina un poco sobre mí. Estamos muy cerca. Demasiado. Yo miro hacia arriba, hacia él, y siento cómo mi respiración trata de estabilizarse, aunque falla estrepitosamente.
—¿Qué pasaría si lo estoy? —pregunta luego de segundos eternos.
Inhalo aire, pero cometo el error de absorber su aroma. Su esencia.
¿Estaría tan mal que pase algo entre nosotros?
Somos adultos, no adolescentes. Podemos tener un poco de sexo casual y mantener el profesionalismo.
No le estaríamos haciendo daño a nadie. No sé si es el alcohol el que habla o si soy yo, pero cada vez encuentro menos motivos para no dejarme llevar por mis impulsos.
A la mierda.
—Esto pasaría.
Me pongo de puntillas y…