Cuando nos encuentren 50 REBECCA BEAUMONT
51%

50 REBECCA BEAUMONT

La entrada principal de la Wellington House Academy está enmarcada por un arco de hierro forjado, negro y ornamentado, que sostiene en el centro el escudo dorado de la escuela.

Dos columnas de ladrillo rojo se alzan al costado de la verja, y nos adentramos hacia el interior.

No manejo yo. Desde lo sucedido, voy en la camioneta del equipo de seguridad a todas partes. Jeremy está volante, y de copiloto, Jack. Richard está estacionado en la escuela, porque es quien acompaña a Frannie cuando no estamos juntas.

Más allá del portón, un camino de ladrillos perfectamente alineados conduce a una fuente central de mármol blanco. En el centro, una escultura del mismo material se elevaba entre chorros de agua que brillan con la luz de la tarde.

Al fondo, el edificio principal. Una casona de estilo georgiano, de ladrillo rojo cubierto parcialmente por hiedra, con ventanas altas y simétricas. La escuela de mi hija es todo un espectáculo, y es la más exclusiva de la zona.

Tan pronto nos detenemos en la entrada, Richard escolta a Frannie hasta la camioneta y sigue de largo para subirse a la suya para ir hasta casa.

—¡ Maaaami ! —Su energía me cuela por los huesos y la siento como una caricia a mi alma rota.

No puedo evitar pensar en el hijo de Cade.

Nunca podrá conocer realmente a su padre, y él jamás lo podrá buscar en la escuela.

El dolor se aferra a mi cuerpo, a mi alma, pero, a la vez, la voz y la risa de mi hija se entremezclan con el dolor y lo cubren como un bálsamo.

Sube de un salto y me rodea con sus pequeños bracitos. La sostengo con fuerza y le devuelvo el saludo. Su aroma es un abrazo. El olor de mi hija es único y podría reconocerlo en cualquier lugar.

—Hola, mi amor. Me has hecho demasiada falta. No te imaginas cuánta.

—¿Ya te sientes mejor, mami?

—Sí, mi bebé, ya estoy mejor. —Se acomoda en su asiento y la ayudo a ponerse el cinturón de seguridad mientras la camioneta avanza—. ¿Tú cómo la pasaste con papi el fin de semana? ¿Qué tal la escuela?

—Con papi, bien —responde en tono neutro—.

Y la escuela también. Jessie se cayó en el parque, y creo que tuvieron que ponerle puntos.

—Hace una mueca y sigue hablando como una parlanchina—.

También tuvimos Programación y clase de Nutrición.

Es un poco aburrida, pero al final hicimos algunos platillos que son «saludables».

—Levanta los dedos para hacer comillas en el aire y voltea los ojos—.

Pero estaban riquísimos. En el cuaderno están las recetas…

¿Podemos hacerlos en casa, mami? Di que sí...

—Claro, Frannie. Cuando quieras, los hacemos.

—¡Ah! ¡Casi me olvidaba! —Se da la vuelta, toma la mochila y empieza a rebuscar en ella—. ¡Te mandaron un regalo! Para que te sientas mejor.

Frunzo el ceño y Jack, que hasta el momento permanecía en silencio en el asiento delantero, gira un poco la cabeza hacia nosotras. El corazón me palpita con anticipación y no entiendo bien el motivo; lo único que sé es que algo no está bien.

—¿A mí? ¿Quién?

—Un amigo. Dijo que estabas muy triste y que esto te iba a poner feliz.

Una voz de alarma suena en mi cabeza y el corazón me late con mayor intensidad.

Trato de mantener la calma y sonar normal.

—¿Qué amigo?

—No sé, uno tuyo…

Saca un papel y me lo entrega. Lo desdoblo y observo la imagen. En ese momento, todo mi mundo se viene abajo.

Un sol sonriente, unas nubes y tres personas dibujadas sobre un pasto verde, con una casa de fondo.

Podría ser un dibujo infantil cualquiera, típico, solo que no lo es.

Primero aparezco yo, con una mancha de sangre en el pecho.

A mi lado, Frannie aparece sonriendo, como siempre.

Finalmente, él. Toma la mano de mi hija, y su nombre aparece encima, como para que no queden dudas: Benjamin.

Ignorar su nombre no va a hacer que desaparezca. Quizás, tengo que dejar de lado el miedo y enfrentarme a él de una vez por todas.