Cuando nos encuentren 49 REBECCA BEAUMONT
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49 REBECCA BEAUMONT

Nunca antes había sentido tanto dolor. Ni siquiera después de todo lo que me ha sucedido en la vida.

Esto superó todos mis límites. Esta vez, una persona inocente murió.

Y no importan las veces que Jack me repita que no fue mi culpa; en el fondo, lo fue.

Si no hubiese llegado a este país, jamás lo hubiese conocido y no se habría obsesionado conmigo.

Si no hubiese contratado a Golden Security , Cade seguiría vivo, y ese es un hecho de la realidad constatable con evidencia empírica.

El recuerdo de su esposa e hijo en el funeral me desgarran el alma. Nunca podrán volver a verlo.

No dejo de revivir en bucle ese día. Creando recuerdos que no son míos, pero que un demonio robó para siempre de este mundo.

Cade despidiéndose de su familia, dándole un beso a su bebé y cargándolo, sin saber que sería la última vez que lo sostendría en brazos y sentiría su piel tersa.

Quizás planearon algo para el fin de semana; quizás se habían peleado por alguna estupidez de la casa y lo último que le había dicho su esposa era que estaba molesta; quizás… Tantos quizás para que, tan solo unas horas después, un oficial llamara a su puerta con la peor noticia de su vida.

Pero, aunque me encantaría, no puedo hundirme en un pozo de depresión. Soy madre, y cuando una es madre vive primero por sus hijos, y luego por una misma.

Frannie vuelve a casa hoy después del colegio, y no puedo parecer un zombi. Pasó todo el fin de semana en casa de su padre, y estoy segura de que está angustiada; nunca le había cambiado los planes de esa forma tan drástica.

Traté de hacer mi mejor esfuerzo para que cuando habláramos por teléfono no notara que había estado llorando. Le dije que estaba enferma y que era contagioso, pero no estoy segura de si lo creyó. Es bastante perspicaz para su edad.

Luego de que la gran fiesta de aniversario se convirtiera en una escena del crimen por mi culpa, Ava insistió en que no tenía que volver al trabajo.

Me siento tan mal con ella. Si no se hubiese asociado conmigo, no hubiese tenido que pasar por la vergüenza de cancelar todo de esa forma.

Yo no pude ni dar la cara esa noche. Estaba en total estado de shock.

Pero yo necesito trabajar. Salir de casa y usar el cerebro para algo que no sea lamentarme y compadecerme.

Toda la mañana traté de concentrarme en un informe del EAS 5.0. Pro, que debemos enviar esta semana a uno de los potenciales compradores, pero no puedo negar que he releído el primer párrafo unas doscientas veces.

Llega la hora de entrenar y salto de mi asiento como un trampolín cuando Jack entra a buscarme.

Se ha vuelto una rutina. Él me busca en mi oficina, vamos al gimnasio que queda a un par de cuadras y luego de hacer un poco de cardio y musculación, entrenamos.

Algunos días, algo de boxeo; otros, defensa personal.

Hoy necesito boxeo. Necesito descargar toda mi ira y mi frustración en un saco.

Preferiría descargarme con la cara del maldito, pero, como esa no es una opción, voy a tener que conformarme con el saco.

El primer golpe es una descarga de adrenalina que me recorre el cuerpo.

Jack sostiene el saco para mí, y me da indicaciones mientras asesto golpes.

Cada vez más rápidos, cada vez más duros.

Los brazos me tiemblan, pero no paro. Necesito descargarlo todo.

La velocidad de los golpes asciende y entro en una neblina de ira que me ciega.

—Para.

Escucho su voz, aunque lejana. Como si estuviera dormida y alguien tratara de despertarme.

—Para, Becca —repite.

No puedo parar. Estoy cegada. Estoy enfurecida, y creo que podría golpear este maldito saco por el resto de mi vida.

Hace el saco a un lado y se atraviesa en el camino. Es demasiado tarde para frenar mi puño, que aterriza sobre su pecho con toda la fuerza que tengo.

Él no se inmuta. Solo me sostiene y me abraza mientras me deshago en sus brazos y suelto nuevas lágrimas sobre él.

Con una mano, me acaricia la espalda y me susurra que todo estará bien.

Y quiero creerle. Quiero creer que todo mejorará.

Pero no hay ninguna señal de que eso vaya a ocurrir.