Cuando nos encuentren 48 JACK
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48 JACK

Hemos perdido a Cade.

Cuatro palabras que, en un instante, me congelan la sangre.

No es una puta broma. Todo llegó demasiado lejos.

Presiono el intercomunicador demasiado fuerte.

—¿Qué pasó?

—Lo emboscaron cuando estaba bajando a la sala de máquinas a verificar qué había pasado con la luz—. Alissa trata de mantener la compostura, pero su voz se quiebra a la distancia. Los ojos de Rebecca parecen los de un fantasma. Me mira, inmóvil. Su cuerpo tiembla, aún entre mis brazos.

—¿Cómo?

Soy masoquista, pero necesito saber.

—Un puñal en el corazón. Fue instantáneo. También… —Duda antes de terminar la oración que, lamentablemente, se escucha demasiado nítida—. Dejaron una nota. «No importa dónde o con quién estés, Becky. Estoy más cerca que nunca, y pronto estaremos juntos».

Lágrimas comienzan a correr en el rostro de Rebecca, y dejo de lado el intercomunicador. Sé lo que está pensando en este momento, porque yo pensaría lo mismo.

—Oye... —Tomo su rostro y le limpio las lágrimas—. No es tu culpa, ¿me escuchas?

No. No me escucha.

Está perdida en sus pensamientos. La mirada muerta, clavada en un punto fijo.

Rebecca lleva dos días enteros sin salir de su habitación. Cada vez que he ido a llevarle comida, me ha dicho que no es necesario y se ha dado la vuelta para seguir llorando. No deja de sollozar; lo único que dice, una y otra vez, es que es su culpa.

No sé cuántas veces ya le he dicho que eso no es cierto, pero al parecer, nada la hace cambiar de opinión.

No la culpo.

No cuando he estado en la misma situación, sintiendo la misma culpa sobre mis hombros por las vidas que se perdieron aquel día en el refugio.

Frannie no ha vuelto de casa de su padre; todos coincidieron en que lo mejor era que pase unos días más con él porque Rebecca no estaba en condiciones de cuidar de sí misma, y mucho menos de alguien más, pero lo estoy dudando seriamente.

Si la niña estuviera aquí, Rebecca se levantaría de la cama.

Su hija es lo que más alegría le da en la vida, y se nota cada vez que la mira y que habla de ella.

Seguro le diría una cosa tierna y graciosa a la vez para consolarla, y Rebecca sonreiría al menos un poco.

No puedo verla más así.

Toco la puerta de su cuarto, y el único ruido que sale es un murmullo que me da a entender que puedo pasar.

Cuando la veo, sigue inmóvil, en la misma posición. Tiene los ojos rojos.

—Nos vamos —le digo.

Ni se inmuta. No se mueve, no me responde... Solo niega con la cabeza y se hunde más en sí misma.

—Es el funeral de Cade.

Esa es la única frase en las últimas cuarenta y ocho horas que ha causado una reacción en ella. Gira la cabeza y abre los ojos de par en par, solo para segundos después largarse a llorar desconsolada.

Me acerco y me siento al borde de la cama.

En contra de mi buen juicio, la rodeo con mis brazos. Ese gesto solo hace que su llanto sea aún más desaforado. Me empapa la camisa de lágrimas. Su pecho sube y baja. La respiración es entrecortada y de pronto ella me devuelve el abrazo.

Me tenso.

Nos mantenemos así por demasiado tiempo, hasta que su respiración comienza a tranquilizarse y se separa de mí para mirarme con esos ojos verdes, intensos y profundamente dolidos.

—No puedo hacerlo, Jack. Me van a odiar todos allí. Es mi culpa.

—No puedo escucharte decir eso una vez más, Becca.

No es tu culpa, y necesito que lo entiendas.

Tú no decidiste matar a Cade. Él conocía los peligros que implicaba su trabajo.

Todos los conocemos, y lo hacemos por voluntad propia.

No es tu culpa que un psicópata hijo de puta te esté acosando.

Nada de esto es tu culpa y necesito que lo entiendas, porque tienes que recomponerte y estar bien para enfrentar lo que venga hasta que el maldito caiga.

Te necesito fuerte. Yo prometo estar junto a ti a cada paso, pero te necesito fuerte.

Lo eres. Después de todo lo que has pasado, eres la mujer más fuerte que conozco, maldita sea.

Algo de lo que dije hace efecto porque parpadea, se limpia las lágrimas y su expresión cambia sutilmente.

—Pero tú no conoces a casi ninguna mujer —responde, y no puedo evitar sonreír. ¿A quién se le ocurre ese comentario en un momento así? Al parecer, solo a ella.

—Es verdad, pero no por eso es menos cierto lo que digo. Vamos a honrar a Cade. Si no vamos, te vas a arrepentir toda la vida.

Una hora después, Rebecca está bañada y vestida de negro en el hall de su casa.

Estoy seguro de que no es el primer funeral al que voy en mi vida, pero sí el primero que recuerdo. El cementerio está repleto de gente llorando, con expresiones oscuras y apagadas, y todos visten de negro.

Un puñal se me clava en el pecho al ver a la esposa de Cade desgarrada. Se aferra a su pequeño hijo. Maldito hijo de puta... Destruyó la vida de tanta gente... No puedo entender ese nivel de maldad.

Rebecca me contó algunas cosas, y estoy seguro de que es un psicópata, pero aun así no lo puedo comprender.

Mi jefa solloza a mi lado, como si Cade hubiese sido su hermano. Y aunque solo habló con él algunas veces, la entiendo. La entiendo porque un escozor en los ojos me alerta de las lágrimas que quieren escapar, pero las reprimo a toda costa.

Ni siquiera tiene sentido; ¿por qué tengo ganas de llorar? Yo no soy sentimental.

Ella se pega a mi costado y llora aferrada a mí, como si yo fuera la última ancla que la mantiene de pie.

Vuelvo a maldecir al desgraciado; la sed de sangre hierve en mis venas.

Un recuerdo fugaz de los minutos que pasamos en el baño antes de que todo se fuera a la mierda me cruza la mente y me tenso al instante.

Lo que sea que haya estado a punto de pasar, no se puede repetir.

Debo concentrarme en el caso. En protegerla. Cualquier distracción puede salirnos muy caro.

El FBI y la policía están tratando de identificar al asesino de Cade, pero, como siempre, las pistas escasean.

Las cámaras de seguridad no captaron el hecho, porque habían sido desconectadas unos minutos antes del apagón.

¿Cómo lo logró? Mi mente trata de armar el rompecabezas, pero me faltan la mitad de las piezas.

Rebecca no me suelta y tampoco deja de llorar; ni siquiera cuando volvemos a su casa. Es un río de lágrimas, y no hay dique que la contenga.