Cuando nos encuentren 46 REBECCA BEAUMONT
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46 REBECCA BEAUMONT

Estoy un poco nerviosa. Bueno, en realidad estoy muy nerviosa, ¿de acuerdo?

Tengo que dar un gran discurso esta noche, y las conversaciones en público no son lo mío.

Por eso me dedico a trabajar en un laboratorio o en una computadora y no soy…

política, o actriz, o conferencista, o creadora de contenido, o cantante.

No. Bueno, cantante no podría ser ni que lo intentara.

Concéntrate, Rebecca.

No ayuda la mirada que me dedica Jack cuando bajo las escaleras de casa con el vestido que Ava me obligó a comprar.

Es de un material parecido a la pana, de color vino y ceñido al cuerpo.

Una abertura larga en mi pierna derecha lo hace aún más sexy; a mí me parecía un poco mucho para esta noche, pero decirle que no a mi socia es misión imposible.

Además, el vestido me queda espectacular.

La mandíbula de Jack se tensa de inmediato y me recorre con la mirada sin disimulo.

—Te ves bien. —Se aclara la garganta.

Bien. Supongo que debo conformarme con eso.

—Tú también —respondo, y es un completo eufemismo porque Jack se ve increíble. Parece James Bond o algo así, y tengo que apretar mis piernas para calmar las sensaciones que produce ese hombre en mi cuerpo sin siquiera intentarlo.

Está todo vestido de negro, y creo que el negro podría convertirse a partir de hoy en mi color favorito. Está elegante, masculino, y sin dudas no parece ser el mismo hombre que salvó a mi hija semanas atrás.

Todo el camino hacia la puerta de casa siento una tensión en el ambiente que podría cortarse con un cuchillo. Abre la puerta, y como de costumbre mira en todas las direcciones.

Hace una señal con la cabeza, asumo que a Alissa o a Cade, y finalmente me escolta hacia la camioneta de Golden Security. Hoy no iré manejando. Primero porque mi equipo de seguridad pensó que sería lo mejor, y segundo porque pienso beber algunos tragos. Necesitaré un poco de coraje líquido.

Jack me deja ingresar primero al auto.

—Buenas noches —les digo a Alissa y a Cade, que se encuentran sentados en los asientos del piloto y copiloto respectivamente.

—Buenas noches, señora Beaumont.

Me acomodo detrás de Alissa y Jack se desliza a mi lado.

—No sé cuántas veces voy a tener que pedirles que no me llamen así. Siento que tengo setenta años y voy a un encuentro de prótesis dentales.

A los tres se les escapa una carcajada y sonrío.

—Son políticas de la empresa —asegura Cade.

—Si pueden reírse de mí, seguramente puedan llamarme por mi nombre.

—No nos estábamos riendo de usted, sino con usted —agrega Alissa, que va manejando.

—Jack me llama por mi nombre; deberían aprender más de él.

—Jack es freelance —espeta Cade, y voltea hacia atrás para verme. Sus ojeras son pronunciadas, y no las tenía hace algunos días. Espero que no esté así por el trabajo—. Puede darse el lujo.

—¿Estás bien? —le pregunto—. Pareces algo cansado.

Sonríe con la mirada antes de responder.

—Sí, estoy perfecto. Solo que mi bebé está un poco enfermo y no he podido dormir mucho cuando estoy en casa.

—¿¡Tienes un bebé!? —pregunto con entusiasmo—. ¿Cuánto tiempo tiene?

—Seis meses. Es una bolita de grasa hermosa, y será todo un galán.

Sonrío con ternura, porque es raro que hable así.

—Seguro que sí —respondo.

Cinco minutos después, aparcamos frente al Fairmont Copley Plaza.

Cade y Jack se bajan de la camioneta, y Alissa se aleja unos metros y se estaciona en un lugar donde está prohibido; el hotel aceptó hacer una excepción por todo el tema de la seguridad.

Camino hacia la entrada con los nervios carcomiendo mis entrañas. Jack y Cade me siguen de cerca.

El hall de la entrada es despampanante y me transporta a otra época. Techos altos y paredes ornamentadas con detalles en dorado y blanco. Una decoración clásica, y opulenta, con candelabros de cristal en el techo que dan iluminación cálida.

Minutos después, nos encontramos en el salón del evento, cuyo estilo es igual de increíble y despampanante.

Cuando Ava y yo comenzamos con Bio Insights, jamás me imaginé que cinco años después estaríamos celebrando el aniversario en un lugar tan lujoso como este.

A Jack le entregaron unos auriculares como los que usan en las películas… Aunque James al principio pataleó e intentó remover a Jack de mi equipo de seguridad a toda costa, luego no tuvo más remedio que aceptarlo e incluirlo en los planes.

Paso de largo, pero ellos no me siguen. Cade se coloca en la puerta de entrada y Jack frente a una de las columnas. Hay otros guardias cubriendo el perímetro del salón. Me hacen sentir protegida, y solo por eso se me relajan los hombros.

—¿Qué harías sin mí? —La voz de Ava me sorprende y me doy la vuelta para saludarla—. Realmente te ves increíble, Becca. Ese color te sienta de maravilla.

La observo; sin dudas ella no se queda atrás. Lleva un vestido de color mostaza ceñido al cuerpo que le queda como un guante.

—¡Tú también estás increíble, amiga! —Me acerco y la abrazo.

A la mierda el protocolo; yo no sirvo para eso.

Ava me devuelve el abrazo y se separa de mí con una sonrisa.

—¿Quién se iba a imaginar hace cinco años que hoy estaríamos celebrando el aniversario de esta forma? —me pregunta, y sonrío porque estamos siempre conectadas.

—Estaba pensando lo mismo hace un rato. Este lugar es increíble. Me siento en otra época, en Europa o algo así. No puedo creer todo esto, de verdad.

—El esfuerzo trae sus frutos, amiga. —Da un sorbo a su copa de champagne .

—¿Estás preparada para el discurso? —pregunta. El salón cada vez se está llenando más, y ya hay varias mesas ocupadas y personas charlando.

—Ni un poco —confieso.

Un hombre se acerca con una sonrisa. Parece ser un cuarentón, con el cabello negro con algunas canas que le quedan muy bien. Está elegante, con un traje azul marino.

—Ava, un gusto verte. —Le da un beso en la mejilla a mi socia y posa su mirada en mí.

—Owen, me alegro de que hayas podido venir. —Gira hacia mí—. Ella es mi socia, Rebecca Beaumont, y él es Owen Callaghan, director de Oncología del Hospital General de Massachusetts. No suele tener tiempo libre para este tipo de eventos, pero hoy decidió hacer una excepción.

Le sonrío y le doy la mano para saludar. Él la toma y la besa, como si realmente nos hubiésemos trasladado al siglo xviii . Me tenso un poco. No me siento cómoda con el contacto físico por parte de extraños… Por lo menos, no de esa manera. Pero igual sonrío con educación.

—¿De dónde se conocen? —pregunto con curiosidad. Miro a mi alrededor. Sigo tensa. Mis ojos se cruzan por un segundo con los de Jack, que no me los quita de encima.

Sí, es parte de su trabajo, pero ¿es necesaria tanta intensidad?

—Fuimos juntos al secundario —responde él—. Desde entonces, hemos sido buenos amigos. Y ya que ambos trabajamos en el ambiente de la medicina, nos hemos mantenido en contacto.

—Ah, genial, entonces se conocen desde hace mucho tiempo.

—Así es —confirma Ava—. Owen es un gran hombre.

Su mirada me hace entender a qué se refiere, pero no estoy interesada en él de esa forma. ¿Qué les pasa a todas mis amigas que de pronto me quieren organizar citas?

Aún tengo que coordinar con el amigo de Lina. Lo había olvidado.

—Ha sido un placer, Owen. Debo saludar a algunas personas; disfruta de la noche.

Con una sonrisa educada, me retiro en dirección a la barra.

Una vez allí, miro las opciones de trago y me decido por un velvet sunset.

No detallé los ingredientes, pero tiene ron de coco, y es mi favorito.

Estoy bastante segura de que cualquier cosa que lleve ese licor va a saber bien y, cuando mis papilas gustativas sienten el líquido unos minutos después, me confirman que tengo razón.

Algunas personas se acercan a saludarme y nos quedamos charlando, pero no me siento demasiado cómoda con las charlas de cortesía con gente que apenas conozco. Por eso, tan pronto veo a Roxy ingresar, me disculpo y voy hacia ella.

Sí, ya sé. No es lo más normal. Yo soy la jefa y ella mi asistenta, y debería estar hablando con otros empresarios y conociendo gente, pero ese no es mi fuerte. Ese es el fuerte de Ava, y por eso no me obligo a hacer algo en lo que realmente no me siento cómoda.

Roxy me saluda con una sonrisa amplia y nos quedamos charlando un rato. Luego se unen algunas personas más de la oficina a la charla.

Pasa un camarero con una bandeja, dejo mi vaso vacío y lo cambio por otro trago que parecía igual. Lo pruebo y es el mismo. El coco inunda mis sentidos, y lo bebo como si fuera un jugo.

Las personas comienzan a dispersarse, y al rato me quedo sola de nuevo. Miro el reloj; falta media hora para mi presentación. Los nervios se apoderan de mí nuevamente, y antes de darme cuenta estoy buscando unos ojos que de alguna forma me tranquilizan.

Sigue ahí.

Me mira. Como un halcón.

Desde el otro lado de ese salón, tiene su mirada clavada en mí como si su vida dependiera de ello.

Cuando nuestros ojos se cruzan, un escalofrío me recorre el cuerpo, y de pronto vuelvo a sentir su piel bajo mis manos.

No me quita la mirada. La mantiene. Y lo que veo allí no es solo un guardaespaldas cuidando de su protegida.

En esos ojos veo otra cosa. Muchísimo más intensa y peligrosa.