45 REBECCA BEAUMONT
Luego de una ronda interminable y competitiva de Monopoly, decidimos que estamos famélicos y necesitamos ingerir alimentos antes de comenzar a practicar el canibalismo.
—No tienes que cocinar; podríamos pedir algo —me dice desde el taburete de la cocina cuando me dispongo a sacar algunos ingredientes—. Yo invito.
Hago como que su invitación no me produce nada.
Sopeso sus palabras, ignorando el salto en mi estómago, e ignoro lo que su voz ronca produce en mi cuerpo.
Claro que no tengo ganas de cocinar. Prefiero mil veces seguir relajándome y jugar juegos de mesa con Jack, o solo hablar con él.
Se siente bien su compañía. Es liberador poder hablar con alguien sin estar pensando cada segundo si alguna palabra o gesto puede ser un catalizador para que la otra persona estalle con violencia.
Él es… como un soplo de aire fresco.
Me preocupa lo cursi que se están volviendo mis pensamientos.
—Tienes razón —respondo después de lo que parece un siglo—. ¿Pizza?
—Lo que quieras está perfecto.
—Bueno, pizza entonces.
También quiero un vino.
No. Necesito un vino.
—¿Vino? —le pregunto, pero no responde como con la pizza. Está dudando.
—No debería —dice finalmente.
—¿Por? —Alzo una ceja con curiosidad.
—Estoy trabajando.
—Estamos en casa, no vamos a salir y afuera están los de la empresa de seguridad y un móvil de policía. Puedes tomarte la noche libre si es lo que te preocupa.
Sigue dudando, pero, por algún motivo… cede.
—De acuerdo, pero solo una copa.
En este momento, su rostro está en la parte más baja de la escala de seriedad.
—Gracias, por cierto —agrego, y hace un gesto de duda—. Por la invitación.
Ahora sonríe.
Me desmayo por dentro. En un intento de ocultar el color de mis mejillas, me giro y trato de alcanzar en el estante de arriba dos copas, pero mi altura no ayuda. Están allí porque nunca tomo alcohol.
De pronto siento un calor intenso detrás de mí. Un brazo musculoso y tatuado pasa sobre mi cabeza. Soy demasiado consciente de cada movimiento, como si estuviese sucediendo en cámara lenta.
Su cuerpo apenas roza el mío, pero una descarga eléctrica fluye por cada fibra de mí. Dios, estoy mal de la cabeza. Aguanto la respiración. El aire es denso. No me muevo ni un centímetro.
Luego de tomar las copas, se aleja y las deja sobre la mesa de la cocina.
Exhalo y me doy la vuelta. Ya está sentado de nuevo en el taburete, como si nada.
—Parecía que necesitabas ayuda —responde, y siento su mirada intensa seguirme hasta que tomo la botella y el sacacorchos y me siento también.
—Sí, gracias.
Aún con un nudo en la garganta y la voz temblorosa, llamo a mi pizzería favorita y pido una XXL, mitad vegetales y mitad pepperoni, mientras Jack sirve dos copas de vino.
Tomo mi copa y la alzo hacia él para brindar. Bebo el primer sorbo. Siento que el líquido me quema por dentro y me doy cuenta de que es porque ya estoy hirviendo.
—Fue divertido —comenta con una sonrisa ladina—. No recuerdo haber hecho nada divertido estos últimos años. Gracias.
—Yo debería agradecerte por sacarme de la miseria. Iba a ser una noche de mierda, y digamos que lograste que mi mente no fuera a un lugar oscuro.
—Ayuda mutua, entonces.
Sus ojos brillan, con una pizca de algo que no suelo ver en ellos. Oscuros. Intensos y profundos, como él.
—¿Has pensado en la oferta... de hablar con Isaac...? —pregunto, en un intento deliberado de cambiar el tema.
—Lo he pensado, pero aún no estoy seguro.
No es por él —aclara rápido—. Si tú confías en él, me parece bien; parece un buen tipo, pero él trabaja para otras personas.
Si se abre una investigación oficial, la información no pasará solo por él, y no estoy preparado aún para lo que eso pueda significar.
Menos aún mientras trabaje para ti. No las pienso poner en riesgo.
—Pero quizás le podemos decir que no le diga a nadie.
—No creo que sea posible. Es un agente del FBI, tiene protocolos. No puede hacer una investigación secreta sin hablar con nadie.
—Mmm… Entiendo.
—Quizás más adelante. Estos días entrenando me han hecho bien.
Recuperar un poco mi fuerza y mi… —Baja la mirada como con vergüenza—.
Mi dignidad. Debo agradecerte por eso, Becca.
Sí aceptaré la oferta con relación al terapeuta.
Me siguen viniendo flashes y recuerdos que no logro unir, y quizás hablarlo con un profesional me haga bien.
Quiero recordar. Es horrible no recordar nada.
—Haré unas llamadas. Podrías empezar la semana que viene. ¿Qué dices?
Asiente, y creo que logré una gran victoria.
—Por cierto —comento luego de tomar otro sorbo de vino—. La semana que viene hay una fiesta. Es el aniversario de la empresa. Es en un salón elegante y todo eso, ya sabes. Lo había olvidado, pero hoy Roxy me lo recordó. Ya le mandé un mail con la información a Golden Security.
Me mira y la chispa de diversión que había antes en sus ojos se esfuma por completo.
—Quiero repasar la información y reunirme con ellos antes de la fiesta. Yo estaré contigo en todo momento, Becca, pero quiero más seguridad en el salón y en las entradas.
—Lo que tú digas.
De alguna forma, en pocos días he pasado a confiar ciegamente en este hombre. Luego de mis experiencias previas quizás debería ser la mujer más desconfiada del planeta, pero… no lo soy. Simplemente no puedo evitar confiar en la gente y ver el lado bueno de todo el mundo. Es parte de mi esencia.
El timbre suena y ambos parecemos sobresaltarnos, pero él de inmediato se levanta y va por la comida.
Quizás en otro momento insistiría en pagar, pero sé lo importante que es para él usar su propio sueldo e invitarme a comer, así que ni siquiera hago el intento.
Cuando vuelve, siento que los sorbos de vino ya me hicieron efecto, porque me siento algo desinhibida.
Coloca la caja entre nosotros y la abre; el olor a queso derretido inunda la casa y me hace olvidar los problemas.
Toma un pedazo de pepperoni y yo de vegetales, y comenzamos a comer en silencio. No incómodo, solo silencio.
Comemos un rato así, sin decir nada. Y eso que es raro que yo me quede sin hablar, pero es que… entre la pizza, que está increíble, y la tensión extraña del ambiente... La verdad, que no sé qué decir.
Me sorprende cuando es él quien rompe el silencio.
—¿Te incomoda?
Frunzo el ceño, porque no tengo ni idea de a qué se refiere.
—Que esté aquí —aclara—. Tener a un hombre extraño viviendo en tu casa.
La pregunta me sorprende, pero entiendo su curiosidad. Creo que no lo he hecho sentir incómodo, pero quizás piensa que yo lo estoy.
—Cuando te contraté, honestamente pensé que lo iba a estar. Pero la verdad es que no. A ver, claro que es raro tener a alguien más en casa, pero no es incómodo.
Me mira concentrado.
—Incómodo era no poder ser yo en mi propia casa.
No poder decir lo que pienso, y… —Abro los ojos como platos al darme cuenta de cómo se puede malinterpretar mi comentario—.
No tiene nada que ver, lo sé. No es que te esté comparando con Mason, porque él era mi marido y tú eres mi guardaespaldas, pero eres un hombre, y uno que ahora está viviendo en mi casa. Entonces, a veces me cuesta no…
—Becca, respira —me dice con una sonrisa divertida—. Sé a lo que te refieres, no lo malinterpreté. No te preocupes.
Suelto el aire de los pulmones y respiro aliviada.
—Me alegro. En resumen, y para sintetizar, no. No me incomoda que estés aquí. ¿Y a ti?
Una carcajada se le escapa, y no puedo creerlo.
—Dudaría mucho de mi salud mental si dijera que sí. Conoces mi historia; no tengo que dar mayores aclaraciones.
—¡No es justo! —replico—. Claro que, si comparas esta casa con la calle, no vas a decir que estás incómodo, pero me refería más a con nosotras. Y más allá de que sea tu trabajo. No quiero una respuesta profesional, sino una honesta.
Ups, quizás no debí decir eso. Quizás debería dejar de tomar.
—La respuesta se mantiene, Becca. Estoy muy a gusto. No sé si tuve la oportunidad o si lo dije lo suficiente, pero gracias. Jamás pensé que alguien me daría las oportunidades que me has dado.
Nos miramos con una intensidad que asusta.
—Si alguien tiene que agradecer aquí, soy yo. Y lo sabes.
Con el transcurso de la noche, logro olvidarme de todo lo que me atormenta. Al menos por un rato.