44 REBECCA BEAUMONT
Estoy completamente demente. Si tuviera algo de sentido común, así fuera una pizca diminuta, microscópica, no le habría pedido a mi muy musculoso y sexy guardaespaldas/ roommate /exmendigo sin memoria/nuevo crush platónico… que se quitara la camisa.
A ver, la idea que le di no es mala. Es muy buena, a decir verdad. Se podría ganar el premio a la mejor idea del año, pero sin dudas no debería estar aquí, observando su cuerpo infernal tan de cerca.
Debería haber una reja, como la que ponen en los zoológicos para mantenerte alejado de los animales peligrosos, porque Jack sin dudas es un peligro. Y más sin camisa.
Pero tengo que guardar todas mis fantasías delirantes para mí, porque es evidente que entre nosotros no puede pasar absolutamente nada.
Si tuviéramos un desliz, sería la cosa más incómoda del mundo.
Él se iría y terminaría de vuelta en la calle por todos los motivos que ya sé.
Y no permitiré que eso pase. Cuando se acabe el peligro y ya no deba tener un guardaespaldas, espero que Jack haya entrado en razón y podamos hablar con Isaac de su situación.
Él nos ayudará, descubriremos su verdadera identidad y todo será genial.
Si para ese momento, sigo sintiendo que se me derriten las piernas cada vez que lo veo, quizás, y solo quizás…
No. Ni siquiera así. Él estará resolviendo su mierda, y no quiero complicarle más la vida.
Al parecer, lo único que no puedo controlar de mi cuerpo no es mi boca, porque perdí por completo el control sobre mi mano. ¿Cómo lo sé? Pues fácil. Resulta que mi mano —actuando de forma autónoma y sin mi consentimiento— se encuentra recorriendo el tatuaje del brazo de Jack.
¡Sí! ¡Oyeron bien! ¡Lo estoy tocando!
Si alguien me viera, quizás diría que parece que estoy en mi laboratorio, concentrada en una nueva investigación, pero por dentro estoy dando vueltas en espirales, porque si Jack de lejos es un dios griego, Jack de cerca es… No tengo palabras.
Mis dedos siguen la línea de la tinta sobre su piel caliente y suave, pero con irregularidades.
Hay tantas cicatrices... Algunas más grandes y otras más pequeñas.
Quizás algunas de lejos no se ven, pero sin dudas están allí.
Fijo la mirada en la gran quemadura que tiene en el abdomen y que le cruza por el costado izquierdo hasta la espalda.
¿Qué le habrá pasado? Quisiera preguntarle, pero él tampoco sabe la respuesta.
Creo sentir cómo aguanta la respiración..., aunque quizás soy yo la que se olvidó cómo rayos se hace para meter aire en los pulmones.
Envolviendo su bíceps, un halcón en pleno vuelo se entrelaza con un conjunto de runas antiguas; sobre el hombro, oculto bajo la curva del músculo, se asoma un cráneo con una daga que lo atraviesa.
Sigo la tinta hasta su espalda. Son todos tatuajes en negro y gris, con trazos de diferentes grosores y sombras.
Veo la figura de un lobo con los colmillos al descubierto, con una expresión protectora…
como la de Jack. Como si estuviera protegiendo algo sagrado.
Hay algunas runas más y otros símbolos desconocidos junto a frases en otros idiomas.
Mi dedo se separa por completo de mi cuerpo; a pesar de que mi cerebro le está gritando que se quite de allí, el muy bastardo sigue recorriendo su piel como si hubiese nacido con esa única misión: «Dedo índice derecho de Rebecca Beaumont.
Misión en la vida: recorrer el torso desnudo de Jack (sin apellido)».
Las cicatrices de su espalda ya se están curando, y las irregularidades en la piel interrumpen las imágenes. Poso mi mano sobre la cicatriz y, al parecer, recupero el don del habla.
—¿Aún te duele? —Mi voz es apenas un suspiro.
Él no responde. Se limita a negar con la cabeza, y creo sentir sus músculos aún más tensos debajo de mi mano.
Algo en mí reacciona, porque logro separarme como si fuera ácido, y tomo la libreta que había llevado para comenzar a dibujar las cosas que considero importantes: las frases y los números.
Luego, se la entrego.
—¿Qué crees que puedan significar?
Inhala todo el aire del cuarto antes de responderme.
—No lo sé. Pero gracias. —Gira la mirada hacia mí y nos miramos por segundos que se sienten como décadas.
Probablemente esta atracción no sea unilateral, pero ambos sabemos que es una línea que no se puede cruzar por demasiados motivos—.
Lo guardaré, y prometo tratar de analizarlo luego. Quizás me trae algún recuerdo perdido.
—No hay de qué. —Trato de sonar indiferente, pero no creo haberlo logrado. Luego vuelvo a mi asiento seguro al otro extremo de la cama. Jack se coloca la camisa y su escultural cuerpo queda oculto tras la tela de algodón blanca que se ciñe a él.
—Sigamos jugando —responde, y continuamos como si nada hubiera pasado.