43 JACK
Hace un rato nos quedamos a solas, y Rebecca no ha dejado de parecer un fantasma desde que leí el mensaje de texto.
Aprieto la mandíbula por la impotencia. El hijo de puta está merodeando, y está haciendo un excelente trabajo permaneciendo entre las sombras.
Cuando lo agarre… se va a arrepentir de haber siquiera pensado en ella.
Toco la puerta de su habitación antes de entrar.
—Pasa. —Su voz apenas es un susurro tembloroso.
Tan pronto abro, maldigo dentro de mí… de nuevo. Está en una esquina de su cama, abrazada a una frazada gruesa y gris. Un ligero temblor le recorre el cuerpo y su mirada está vacía, apagada. La chispa de vida que suele estar allí desapareció.
Me acerco con sutileza y apoyo una taza humeante en su mesa de noche.
—Tómalo, te hará bien.
Ella sube la mirada hacia mí, y estoy seguro de que nunca vi tanta vulnerabilidad en sus ojos. Lo odio. La ira me hierve la sangre y quiero matar al desgraciado. Ella no merece lo que le está pasando.
—Gracias —responde, y se voltea para tomarla.
Debería irme, pero mis pies no reaccionan. Necesito quitarle esa expresión. Así que no puedo controlar las palabras que salen luego de mi boca.
—¿Hacemos algo?
Me mira como un perro callejero en un refugio ve a un humano que pasa frente a su celda. Su mirada grita que la salve.
—¿Algo como qué? No quiero salir.
No es que no quiere salir; es que tiene miedo. Se siente presa en su propia casa y, dentro de todo, no la culpo. El lugar más seguro para ella en este momento es aquí.
¿Qué podríamos hacer? Una película no va a funcionar. Solo va a sentarse y a pensar en toda esta mierda. Tiene que ser algo que de verdad la distraiga.
—¿Tienes juegos de mesa?
No tengo ni perra idea de dónde sale esa sugerencia. Nunca en mi vida jugué, aunque ella seguro sí. Debe de tener mil juegos. Tiene una hija.
En un instante, sus ojos recuperan algo del brillo perdido, y la mirada que lanza es la del perrito que fue rescatado y se lo llevan a casa.
Una presión de dolor y rabia me hunde el pecho y me sorprende.
Hace tiempo que no siento nada, más allá de la necesidad de sobrevivir un día más.
Pero desde que conocí a Rebecca, todo está cambiando demasiado rápido.
—Me encantaría. —Suena más alegre—. ¿Qué te gusta? Tengo Monopoly, cartas y algunos más.
—No recuerdo si soy bueno, pero el Monopoly suena divertido.
Su sonrisa es más amplia.
—¡Lo es! Y nunca puedo jugar con Frannie porque se aburre demasiado rápido.
—Monopoly, entonces —respondo.
—Espérame aquí, déjame ir a buscarlo.
¿Aquí? ¿En su cuarto? Creo que me lee la mente, porque agrega de inmediato:
—No tengo ganas de estar abajo. ¿Te molesta si nos quedamos aquí? La cama es grande y, si no, podemos jugar en el suelo.
—No, para nada. Está perfecto —miento.
Por supuesto que me molesta estar con Rebecca, en su cuarto, en su cama. La última vez que tuve sexo no fue de lo mejor, y lo único que he hecho es básicamente masturbarme pensando en ella desde que llegué.
Mierda. Estoy jodido.
Sí, eso me hace sentir como una basura humana, pero…
no puedo evitarlo, ¿de acuerdo? Es una mujer hermosa, buena, sexy y está todo el día a mi alrededor.
Soy un hombre, no un santo. Aunque jamás en mi vida dejaría que mis pensamientos sobre ella salieran a la luz y la hagan sentir incómoda, estar con ella en su cuarto sin dudas es algo que me hará trabajar en mi fuerza de voluntad.
Sigo parado en el centro de su habitación como un idiota cuando ella entra con la caja de Monopoly en una mano.
—Vamos, Jack, ponte cómodo.
Se acerca hasta el respaldar de su cama y se sienta con las piernas cruzadas. Lleva solo un short de pijama, y su piel suave y tersa brilla. Mis ojos se apartan con brusquedad, me quito los zapatos y me siento en el extremo más alejado posible en la misma posición.
Abre la caja, saca el tablero y lo coloca frente a nosotros. Luego la ayudo a organizar el dinero y las tarjetas, intentando no subir la mirada.
—Vas a tener que recordarme las reglas, porque no recuerdo haberlo jugado.
—Es fácil. ¿Qué pieza quieres? —Se apresura a tomar una de las piezas plateadas—. Yo soy el perrito.
Sonrío. Lo tomó tan rápido… Como si fuera a pelearme con ella por ser el perrito.
—Pues yo… yo seré... —Miro entre el resto de las piezas—. El sombrero.
—¡Genial!
Pasa unos minutos explicándome las reglas, saca los dados y comenzamos a jugar.
Algunas rondas después, no puedo evitar preguntarle:
—¿Te gustan los perros?
Sube la mirada, como si la pregunta la hubiese tomado por sorpresa.
—¡Me encantan! —responde, pero no con alegría, sino con nostalgia.
—¿Y por qué no tienes?
Toma una larga bocanada de aire antes de responder.
—Tenía —confiesa, y no me sorprende—. Cam. Pero murió, y desde ese momento no he podido… Ya sabes. Además, tampoco tengo mucho tiempo; estamos poco en casa durante la semana, y no sería justo.
Desenreda sus piernas y siento que me voy a desmayar; es demasiada piel desnuda en movimiento, y levanto la mirada prácticamente hasta el techo.
—¡Mira! —me dice, y bajo con cuidado la mirada.
Me está señalando su pie. ¿Un pie puede causar una erección?
Definitivamente sí; por lo menos el de Rebecca.
Tiene las uñas cortas y pintadas de un rojo oscuro que hace un intenso contraste con su piel de porcelana.
Está señalando un tatuaje, que está en otro idioma—.
Es el nombre de Cam, en árabe. Me lo hice hace unos años —dice, y vuelve a su pose.
—Es hermoso. —Espero que no note el tono demasiado grave de mi voz.
—Tú tienes muchos —remarca, y frunzo el ceño en respuesta—. Tatuajes, digo.
—Ah, sí…
No me gusta hablar de mis tatuajes. Es un recordatorio más de que no recuerdo una mierda.
—Lo siento… No debí decirlo.
Suelo ser bastante inexpresivo, pero al parecer pudo ver detrás de mi fachada.
—Es solo que… no recuerdo por qué ni cuándo me los hice. Y son un recordatorio más de que no recuerdo nada de mi vida.
Luego de unos segundos, continúa hablando.
—Quizás podrían ayudarte… ¿No lo has pensado?
—¿A qué te refieres?
—Pues en general las personas se hacen tatuajes con algún tipo de significado. Los tatuajes son rastros de quienes somos que dejamos en nuestro cuerpo. Y tú no recuerdas nada… Quizás, si analizas tus tatuajes, logres conseguir algunas pistas.
Subo la mirada del tablero y nuestros ojos se encuentran.
—Tiene sentido. La verdad es que no lo había pensado.
Se pone de pie de inmediato, como si estuviera llegando tarde a algún lugar importante.
—¡Quítate la camisa! —exclama con entusiasmo.
—¿Qué? —respondo, y giro la cabeza para verla. Ahora está a mi lado. Ella está parada, y yo aún estoy en la cama con las piernas cruzadas frente a mí.
—Ay, vamos, Jack, no me digas que eres tímido. Además, ya te he visto antes sin camisa, no pasa nada. Mientras te la quitas, voy a traer un papel y lápiz… ¡Así podemos ir anotando nuestras teorías!
Sale de su habitación a toda prisa y yo me quedo como un idiota mirando la puerta.
Esto no puede estar pasando. Se supone que mi plan es mantenerme alejado.
Quitarme la camisa y que miremos mi cuerpo haciendo teorías no ayuda a cumplir el objetivo, pero…
¿qué le puedo decir? ¿«No, Rebecca, prefiero no hacerlo porque si llegas a posar tus ojos en mi torso desnudo, es muy probable que la erección que me produzcas no se vaya a ir por horas… »?
—¡Listo! —Entra a paso acelerado con un cuaderno en una mano y un bolígrafo rosa en la otra.
Ve que aún tengo la camisa puesta y, en lugar de retroceder, insiste.
—Vamos, Jack… No muerdo, lo prometo.
Si supiera que… el problema es que quiero que me muerda.
Paso la camisa por mi cabeza con agilidad, como si no me estuviese afectando en nada la situación, pero puedo sentir mi corazón latiendo con fuerza dentro de mi pecho. Espero que no escuche el efecto que produce en mí.