41 JACK
Guardo las cajas de comida y las bolsas con ropa en la camioneta de Rebecca y en la de Jeremy. Son tantas cosas que no entran en un solo auto.
Si un año atrás me hubiesen dicho que estaría llevando esa cantidad de ayuda a un refugio, jamás lo hubiese creído.
Un solo instante puede cambiar tu vida, y el accidente fue un instante que no solo cambió la mía, sino que también borró mi pasado. Salvar a Frannie me está permitiendo construir una nueva vida sobre los vestigios enterrados de la anterior.
Dos momentos. Dos marcas perpetuas que de una forma u otra me convierten en el Jack que soy hoy… En el que quiero ser.
Reviso de nuevo el perímetro y me aseguro de que no haya nadie extraño en la zona. Luego me subo al auto de Rebecca.
La primera parada es un refugio al que fui algunas veces sobre la avenida Harrison. Jeremy nos sigue en su camioneta.
Antes de entrar con todas las cosas, preguntamos al señor Sullivan, el encargado, si puede recibirnos, y por supuesto que se sorprende y agradece todo lo que llevamos.
Rebecca recorre el lugar con la mirada triste, y no me gusta verla así. No suele estar apagada. Ella es luz, pero en ese lugar se respira tristeza. Personas sin rumbo, sin destino y, lo peor de todo, sin punto de partida.
Sé que quiere salvar a todos allí, y también sé que le perturba no poder hacerlo.
Son pocas las personas que les dan oportunidades reales a mendigos. Los prejuicios matan, y para el común de la gente, alguien que vive en la calle es un vago y un drogadicto.
Claro que hay vagos y drogadictos en la calle.
También los hay en mansiones, pero nadie se lo piensa dos veces antes de darles a ellos oportunidades.
Es más, les llueven. En ambos casos, poco tiene que ver con el hecho de ser vagos y drogadictos.
Lo que realmente importa es de qué familia vienes.
Dónde vives. Cuánto dinero tienes en el banco. Cómo te ves.
Eso es lo que nos define como persona. Eso es lo que nos otorga valor.
Es una maldita mentira que todos los humanos tenemos el mismo valor por el solo hecho de serlo. Una mentira que las personas repiten para sentirse bien. El mundo está jodido y, sin dudas, necesita más personas como Rebecca.
Caminamos por los pasillos del refugio y llegamos a un salón amplio. Las camas están juntas, unas al lado de las otras. También hay literas y muchas personas.
Encapuchados.
Disparos.
Gritos.
Sangre.
Dolor.
Muerte.
El recuerdo me come por dentro. La culpa es una enfermedad crónica.
Cruzamos hasta llegar al comedor y luego hasta la cocina, donde, con ayuda de Jeremy y de algunos de los trabajadores del refugio, dejamos las bolsas y cajas.
—Muchas gracias por todo lo que han traído. Es de muchísima ayuda, de verdad —replica el señor Sullivan.
—Es lo menos que podemos hacer —responde Rebecca, pero no sonríe. Sigue con la mirada apagada.
Cuando estamos por irnos, y luego de despedirse, ella vuelve sobre sus pasos y busca al encargado.
—Toma esto. —Le da una tarjeta de presentación—. Allí están mis datos de contacto. Por favor, envíame al mail los currículums de aquellas personas que estén buscando trabajo. Veré qué puedo hacer.
Algo se enciende en mi interior ante esa imagen. Es extraño, porque llevo demasiado tiempo dormido, pero es inevitable despertar ante ella. A veces me parece que no se da cuenta de lo espectacular que es.
Y no, no me refiero solo a su cara de muñeca.