39 REBECCA BEAUMONT #2
—Es como… —Trato de pensar la mejor forma de explicarlo—.
Como si mi cerebro no supiera distinguir a tiempo qué tipo de comentarios son apropiados para decir en voz alta y cuáles no.
Te juro. No te puedo explicar la cantidad de veces que dije cosas en voz alta y luego me quería hundir en un pozo séptico.
Sonríe, y esta vez su sonrisa se mantiene. Quizás ver a este hombre alegre sea una de mis imágenes favoritas. ¿Cómo puede ser un rostro tan perfectamente perfecto?
Sacudo la mente y agradezco no decir eso en voz alta.
—¿Qué es lo más inapropiado que has dicho en voz alta? —pregunta con curiosidad.
— Ufff … Podríamos estar aquí días, pero una vez…
Ya va, para ponerte en contexto, yo detesto el humo de cigarro, y el cigarrillo en general.
No tiene sentido. Huele mal, sabe mal y mata.
¿Por qué alguien fumaría? Bueno, cuando era adolescente, quizás tendría dieciséis o diecisiete años, pensaba que tenía que convencer a la gente de no fumar, y cada vez que veía a alguien en alguna reunión fumando o algo así, les decía que mi abuela se había muerto de cáncer de pulmón.
—Levanto las manos en señal de defensa—.
Antes de que me digas nada, ya sé que es horrible mentir con algo así, pero entiéndeme; ¡pensé que les estaba salvando la vida!
Un gruñido ronco, como un intento de risa, se escapa de su boca.
—La cuestión es que un día estaba en una fiesta con una amiga y le digo eso a un chico que ni siquiera conocía, y me respondió: «Mi abuela también». Luego siguió fumando y se marchó, y me sentí como una completa idiota. Nunca más dije que mi abuela se había muerto de cáncer de pulmón.
Se ríe, pero esta vez alto y fuerte.
—No lo puedo creer. ¿Quién hace algo así? Me imagino a tu abuela angustiada porque la estabas matando por ahí.
—Oh, no, mi abuela estaba muerta, pero no se había muerto de cáncer de pulmón.
—Ah, pues lo siento —dice, pero no se le va la sonrisa de la boca.
—¡Tengo un cuento peor! Ay, Jack, si alguien se entera de esto, me cancelan. De verdad, ahí me pasé. Pero eso sí fue completamente involuntario, de verdad… A veces lo recuerdo y me siento demasiado mal conmigo misma.
—Ahora me tienes que contar. ¿Qué hiciste, Becca?
¡Momento, señores, en que Rebecca Beaumont se derritió por completo! Pero no puedo parecer una adolescente hormonal, así que sigo hablando como si el hecho de que al fin me llamara así no me hubiese trastocado la mente.
—Una vez… Júrame primero que no me vas a juzgar.
—Lo juro —responde; levanta el meñique en señal de pinky promise, y uno el mío para cerrar el trato.
—Bueno, una vez… Lina me invitó a una muestra de arte de un “artista emergente”, que era amigo de ella, pero yo no conocía.
Estábamos ahí, en la galería, tomando una copa de vino, y me puse a hablar con un chico súpersimpático frente a un cuadro que era, sinceramente, un manchón espantoso.
Y como no me puedo callar, le digo: «¿Puedes creer que alguien pague por esto?
Parece que se le cayó el pote de pintura encima mientras estornudaba».
El chico me miró fijo, sin emitir sonido y luego, con cara de total y absoluta depresión me respondió: «Bueno...
, entonces yo soy el que estornudó, porque ese es mi cuadro».
¡Casi me muero! Me pasé el resto de la inauguración tratando de convencerlo de que “la violencia del trazo” era una metáfora brillante de la ansiedad moderna.
Abre los ojos, impactado, y reprime una carcajada.
—¿¡Puedes creerlo!? —replico, indignada conmigo misma—. ¡Es horrible! ¿Por qué diría algo así? ¿Quién me manda a abrir la boca?
—¿Y después qué hizo?
—No lo recuerdo. Creo que lo bloqueé, pero probablemente me odió y le dijo a Lina que nunca más me lleve a sus exhibiciones.
—Pero no lo hiciste con mala intención —trata de defenderme.
—De acuerdo, pero no deja de ser algo horrible. Por eso… Digamos que no tengo demasiados amigos. Suelo meter la pata bastante seguido.
—Ahora que lo mencionas, no te he visto hasta ahora con nadie. Salvo con Ava, claro.
—El mes que viene quizás conozcas a Lina. Es mi mejor amiga de la vida. Solo que vive en Nueva York, así que no nos vemos tan seguido, pero tiene ganas de venir.
—¿Y ella es igual de indiscreta que tú? —resopla.
—No, para nada. A ella todo el mundo la ama.
Su mirada se apaga un poco y su boca dibuja un arco sutil que ya no es de alegría, sino que refleja otra cosa… ¿Melancolía?
—¿Estás bien? —le pregunto, y ahora soy yo quien lo toca. Su antebrazo es pura fibra. Venas y músculos. Piel caliente. Retiro la mano apenas me doy cuenta de que, si la dejo, me puedo quemar.
—Es solo que…
Duda. No es un hombre de muchas palabras, pero veo que quiere abrirse.
—Puedes contarme; luego de lo que yo te he confesado, lo menos que puedes hacer es equilibrar la balanza.
—Es extraño. Te escucho hablar de todas esas anécdotas y recuerdos y… siento como una nostalgia que no comprendo. Porque no tengo esos recuerdos, pero, a la vez, es como si extrañara los recuerdos de esa vida.
Mierda. Yo aquí hablando de anécdotas y recuerdos frente a una persona que perdió la memoria. Esto va al principio de mi lista de momentos imprudentes.
—Lo siento, Jack. No debe de ser fácil. En absoluto. —Quiero saber más, así que, a pesar de que corro el riesgo de que se cierre, me aventuro—. ¿No recuerdas absolutamente nada? O sea, es como si tuvieras conceptos y cosas muy claras… La defensa personal, por ejemplo.
—Es raro. Algunas veces tengo flashes. —Se tensa, pero sigue hablando—.
Pero solo son imágenes inconexas. Sin sentido.
Con rostros que no reconozco, lugares que no recuerdo y situaciones que no entiendo.
Se siente como un vacío. Todo el tiempo.
Es como una bruma perpetua que me nubla la mente y, por más que intente, no logro atravesarla.
Y como yo soy una solucionadora, es imposible quedarme escuchando de brazos cruzados. Tengo que ayudarlo. Es horrible lo que está viviendo; no puede seguir así.
—Sé que no quieres ir a la policía y que aún estás pensando en la posibilidad de contarle a Isaac todo, pero…
¿No has pensado en comenzar terapia? Un terapeuta que escojas no va a saber quién eres, y tampoco va a contarle nada a nadie por secreto profesional.
Quizás puede ayudarte un poco a despejar la mente. ¿Qué dices?
Se me queda mirando, como si le hubiese pedido que sacara mentalmente la raíz cuadrada del número pi. Finalmente, luego de una pausa eterna, me mira a los ojos y responde.
—Quizás podría hacerlo.
Con esa pequeña frase, siento que estoy un poco más cerca de poder ayudarlo.