39 REBECCA BEAUMONT
Lina
No voy a aceptar un no como respuesta.
Yo
¿De qué hablas?
Lina
De la propuesta que estoy por hacerte.
Yo
Hazla y vemos…
Lina
Necesito que saques a pasear a un amigo que se mudó a Boston y no conoce a nadie.
Yo
No es un perro, Lina… No lo puedo sacar a pasear.
Lina
Por favoooor… Una cita. Si no te gusta, pueden quedar como amigos. No te vendría mal un amigo, ya que por lo visto te escasean bastante.
Yo
Tú eres mi amiga. Ava también.
Lina
Sí, y yo vivo demasiado lejos y a Ava nunca la vez fuera de la oficina. Anda, Becca. Te lo pido como un favor personal; no me hagas quedar mal. No te cuesta nada. Además, tienes como un ejército de guardaespaldas, ¿qué es lo peor que puede pasar?
Supongo que razón no le falta.
Yo
Está bien. Pero esta semana es imposible.
Lina
¡Te amoooo! Le voy a pasar tu número para que coordinen. No vayas a espantarlo antes de la cita, por favor.
El momento de entrenar siempre ha sido de mis favoritos, pero desde que Jack me está enseñando defensa personal, subió a un nuevo nivel.
Me ilusiona pensar que puedo defenderme con algo más que mi mente.
No quiero decir que ya esté allí en absoluto, pero cada clase aprendo algo nuevo y me siento un poco más poderosa.
El único aspecto negativo podría ser… pues Jack. No sé cómo ni de dónde sabe lo que sabe, pero lo sabe y no hay dudas de eso. El problema no es ese, sino que es una distracción que no me puedo permitir. Las distracciones a veces son mortales.
DOCE AÑOS ATRÁS
—Un gusto conocerte, Rebecca. Soy Harry. —El amigo de mi novio parece un hombre interesante. Está vestido de camisa y saco. Sus ojos negros me miran con curiosidad.
—Un placer, Harry. Puedes llamarme Becca.
Una mujer de cabello negro y ojos verdes se cuela tras Harry y me extiende la mano. Parece muy joven, como yo.
—Madison, un gusto.
—Un placer.
Me cuesta no saludar a las personas con besos en las mejillas, pero aquí son tan… fríos. No logro acostumbrarme a eso.
Por último, ingresa un chico joven, que parece bastante tímido. Es rubio y tiene los ojos marrones.
—Elijah, un gusto.
Lo saludo con la mano y le sonrío.
—Un gusto conocerte, Elijah.
—Pasen, por favor, y pónganse cómodos —dice mi novio, y los acomoda en la sala.
Parece un grupo algo extraño. Elijah y Madison son muy jóvenes, y Harry y él nos llevaban por lo menos quince o veinte años. De todos modos, siempre pensé que la edad no importa en las relaciones. Ni de pareja ni de amistad. Mientras haya mayoría de edad, claro.
Estoy algo cohibida. Todos comienzan a charlar y, por un momento, me siento un poco excluida de la conversación.
—La verdad es que fue de locos cómo se fue Myriam sin decirle nada —replica Elijah.
—Es una zorra —responde Madison.
—¿Quién es Myriam? —intervengo con timidez. La voz me tiembla un poco, pero quiero conectar con sus amigos y, para eso, tengo que hacer un esfuerzo y salir de mi zona de confort.
—Es la exnovia de un amigo —me responde Harry—. Lo dejó sin decirle nada. Un día, simplemente tomó sus cosas y se largó. No ha sabido nada de ella desde entonces.
Mi amable novio nos sirve a todos una copa de vino y se sienta junto a nosotros.
—Uff… qué difícil —respondo sorprendida—. ¿Por qué alguien haría algo tan cruel? Si quieres dejar a tu pareja, está perfecto, pero desaparecer así es cruel.
—Totalmente —replica Madison—. Por eso es una zorra.
Reímos ante su respuesta. No suelo llamar a otras mujeres «unas zorras», pero no conozco a la tal Myriam, así que asumo que algo habrá hecho para ganarse ese apodo.
—Y… —intervengo, y todas las miradas se posan sobre mí de pronto—. ¿Cómo se conocen? —pregunto finalmente.
—Estudiamos juntos.
Frunzo el ceño. Su respuesta es extraña. Todos parecen de edades muy distintas, no compañeros de la universidad.
—¿Música? —pregunto.
Niegan con la cabeza.
—No, Rebecc…
—Becca —lo interrumpo.
—Becca, no estudiamos música. Yo soy filósofo, Elijah es ingeniero y Madison está estudiando Derecho.
—Toma un sorbo de su copa antes de seguir hablando—.
Nos conocimos en un seminario de filosofía.
No tiene que ver con una profesión, sino con el desarrollo espiritual de cada uno.
Por eso somos tan unidos: tenemos la misma filosofía de vida.
—Ah, genial. Suena interesante.
No recuerdo que me hubiera contado nada de un seminario, pero seguro fue hace un tiempo.
Tomo otro trago. Me siento un poco incómoda. No sé qué más preguntar. Lo social no es lo mío, definitivamente.
—Ya vuelvo, voy a buscar algo para picar.
Ser ama de casa y anfitriona tampoco es lo mío. Al parecer, no sirvo para demasiadas cosas.
Busco algunos bowls y los relleno con papas, chips y dips untables. Pongo todo en una bandeja y vuelvo a la sala.
Todos están riendo ante alguna anécdota. Sirvo en la mesa los bowls y coloco servilletas.
Me siento entre Harry y él, y me pone con rapidez la mano en el muslo. Muy arriba para hacerlo frente a otras personas. Me tenso, pero a la vez el cuerpo me comienza a cosquillear. Una parte de mí quiere que suba la mano aún más. Su contacto siempre es eléctrico. Mágico.
Un par de horas después, ya estoy mucho más relajada. El alcohol, como siempre, ha funcionado y me ha desinhibido.
Harry y Madison se fueron a buscar algo unos minutos antes, y me quedé charlando con mi novio y con Elijah.
Me parece extraño que tarden tanto, por lo que pienso que quizás necesiten ayuda.
—Ya vengo —replico, y me pongo de pie en dirección a la cocina.
El jazz invade el ambiente.
Al acercarme más, un ruido parece colarse entre las notas musicales.
¿Gemidos?
Trato de acercarme sin hacer nada de ruido y me asomo. Lo que veo me deja paralizada.
Madison está sobre la mesada de la cocina y Harry la está penetrando sin piedad. La toma de la nuca y le susurra cosas al oído. Me quedo en shock ante esa escena.
De pronto, Harry gira la cabeza y nuestras miradas se cruzan.
¡Mierda!
Jack camina por la colchoneta hasta situarse a mi espalda.
—No voltees. Vamos a practicar algo. —Estoy tensa. Las piernas me tiemblan; un tanto por el ejercicio que hicimos hace un rato y otro tanto por su cercanía—. Simulemos que estás caminando y alguien se acerca por detrás y te agarra del cuello.
Lo hace. Su fuerza es comedida, pero rodea mi cuello con su brazo derecho y emula una llave de estrangulamiento.
—Tienes tres segundos antes de que empieces a perder el aire. ¿Qué haces?
Dudo. ¿Qué haría en la realidad? Inhalo hondo, porque no me está presionando con la fuerza necesaria como para realmente quitarme el aire.
—Intentar no entrar en pánico —respondo con la voz temblorosa.
—Bien. Lo primero es bajar el mentón. Debes proteger tu garganta.
Hago lo que me dice y siento que mi mandíbula presiona su brazo, alejándolo un poco de mi garganta.
Mi cuerpo se tensa y siento a mi espalda el cuerpo de Jack.
Duro. Poderoso. Me doy cuenta de lo fácil que sería para él hacerme daño.
Apenas hace fuerza, y ya me tiene a su merced.
Se siente real, pero a la vez no me asusta.
—Una mano métela entre ambos y, con la otra, toma el codo desde adentro y empuja hacia abajo con toda tu fuerza. —Su voz gruesa y el aroma de su piel me invaden los sentidos—. ¡Ahora!
Hago lo que me dice y, con toda mi fuerza, trato de alejar el antebrazo tatuado de Jack de mi garganta, mientras me sigue dando instrucciones.
—Usa tus caderas para desestabilizarme y salir de mi control. ¡Rápido!
Eso hago. Me giro un poco hacia la izquierda y trato de empujarlo lejos de mí con la cadera, al tiempo que empujo su brazo lejos.
Es un intento algo torpe, y él no está usando toda su fuerza, pero logro escapar y me siento bien.
Jack me sonríe, y aprovecho a verlo porque no es algo que suceda a menudo. Además, esa sonrisa tiene algo más. Algo muy parecido al orgullo.
—¿Otra vez? —pregunta, y le digo lo único que sale por mi garganta.
—Claro.
Un rato después, Jack da la lección del día por terminada y yo caigo sobre la colchoneta, agotada y con la respiración entrecortada.
—No estuviste nada mal hoy —comenta, al tiempo que se sienta a mi lado y apoya los antebrazos sobre sus rodillas.
—Si hubieses querido hacerme daño de verdad, no habría aguantado dos segundos.
Su mirada se oscurece. Mi intento de chiste es un rotundo fracaso.
—Y es por eso que la práctica hace al maestro —responde.
Me incorporo y me siento frente a él.
—No sé si tenga tiempo de convertirme en una maestra antes de…
—No tienes de qué preocuparte, Rebecca. Me tienes a mí, y mientras me lo permitas, no me iré a ningún lado. También están los demás guardaespaldas. Nada va a pasarte.
Suspiro. Espero que tenga razón.
—¿Cuántas veces tengo que pedirte que me llames Becca, y no Rebecca?
Se le escapa una sonrisa traviesa que oculta con rapidez.
—Eres mi jefa. No me parece apropiado.
—Es mi nombre, Jack. Además, ya me viste desnuda. Creo que hemos pasado el límite de lo apropiado.
Y… ese es el momento en que la tierra se abre y me traga por completo. ¿¡Qué demonios me pasa!? ¿¡Me volví completamente loca!?
Jack levanta una ceja y, antes de que responda, comienzo con el torbellino de palabras sin sentido para tratar de arreglar algo que evidentemente no tiene arreglo.
— Ehm … Lo siento, no quería decir eso. O sea, es que... Es solo llamarme por mi nombre, no tiene nada de malo, y quise hacer un chiste, pero…
—No pasa nada. —Su mano se posa en mi brazo con la intención de calmarme, pero en lugar de eso un cortocircuito me atraviesa por completo y me electrocuta los sentidos—. Ha sido gracioso. Si tanto insistes, supongo que puedo llamarte Becca.
Sonrío de puro alivio y me sorprendo cuando sigue hablando.
—Es tierno, ¿lo sabías?
—¿Qué cosa?
—Cuando te pones nerviosa. Nunca escuché tantas palabras salir de una persona en tan poco tiempo.
Se me escapa una carcajada.
—Supongo que es algo evidente. Es mi sello; no lo puedo controlar. Tampoco puedo controlar decir cosas inapropiadas.
—¿A qué te refieres? —Sus ojos brillan con curiosidad.