Cuando nos encuentren 38 JACK
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38 JACK

—¿¡Estás bien!? —exclamo. El corazón me late a mil por hora. Estoy alerta. Cada músculo de mi cuerpo está listo para una confrontación.

Cuando entiendo lo que está pasando, quiero arrancarme los ojos. Pensé que me iba a encontrar con su acosador. No esperé a una Rebecca muy desnuda tirada en el piso.

Maldita sea.

Repaso el baño con la mirada y veo la toalla. La alcanzo sin que mis ojos se desvíen a la piel tersa que parece un imán para mi mirada. No puedo desver lo que ya vi, así que, aunque no la estoy mirando en este instante, no dejo de ver su silueta en mi mente.

Le alcanzo la toalla para que se cubra y me doy la vuelta, pero no me voy. Maldigo al sentir que me pongo duro sin poder controlarlo.

—Lo siento. Escuché un ruido fuerte y pensé que te había pasado algo.

—Me caí. Gracias, ehm … —Escucho cómo trata de levantarse, pero hace un ruido de dolor.

—¿Estás bien? —repito más calmado.

—Sí, es que me golpeé duro en el costado —responde.

—¿Quieres que te ayude a levantarte? Prometo no mirar.

Necesito toda la fuerza de voluntad del mundo para cumplir esa promesa. Mis ojos quieren volver a verla, una y otra vez, hasta el resto de mis días. Ni en mis fantasías era tan perfecta.

—Sí, sería bueno. Aunque ya jamás podrás borrar de tu memoria la imagen bochornosa de verme en el piso como una idiota. Supongo que no puede ser peor a lo que ya viste.

Si supieras.

Me doy la vuelta, procurando mantener mis ojos lejos de ella, y me agacho para tomarla por la cintura.

Sentir su peso bajo mis brazos es electrizante.

El calor traspasa la toalla y siento que me quemo.

Ya está cubierta, pero sus hombros mojados y sus piernas siguen a la vista.

Las gotas acarician su piel. Las envidio por un momento.

Siento su olor demasiado cerca y el corazón me salta de nuevo, pero ya no por miedo. El miedo quedó a mil años luz.

No puedo pensar en ella de esta forma. Si estuviera en mi mente, me mandaría de vuelta a la calle antes de lo que dura un parpadeo. Espero que no se dé cuenta de todo lo que provoca en mí.

—¿Dónde te golpeaste? —le pregunto cuando ya está de pie y salgo del baño.

—En las costillas —responde—. Gracias, Jack. Y disculpa que hayas tenido que presenciar esa escena. Serías muy amable si te olvidaras de que esto pasó y fingimos demencia.

—¿Qué pasó? —le digo, y salgo de la habitación como si mi vida dependiera de ello.

Esta noche necesitaré una ducha muy fría.