Cuando nos encuentren 37 REBECCA BEAUMONT
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37 REBECCA BEAUMONT

Fue un día largo y duro en la oficina. Pasé casi todo el tiempo en el laboratorio y, aunque se sintió increíble volver allí y dejar un poco de lado el trabajo administrativo, estoy agotada por estar todo el día de pie.

— ¡Mamááá! —Mi pequeño terremoto acaba de volver de casa de su padre, lo que significa que tiene suficiente azúcar acumulada en el cuerpo como para el próximo siglo—.

¡Quiero Oreos, pero no encuentro y Jack no me quiere decir dónde están!

—grita desde la cocina, y yo, que intentaba ponerme algo cómodo para estar en casa, dejo de lado mi plan y bajo con ella.

—Frannie, sabes muy bien que no comemos golosinas entre semana.

—Papá me deja... —Cruza sus bracitos sobre su cuerpo y hace un puchero tan tierno que me dan ganas de morderla.

—Acá tenemos ciertas reglas, ¿recuerdas?

Hemos hablado de la importancia de la alimentación balanceada para tu salud.

Está perfecto comer golosinas de vez en cuando, pero no son alimentos que nos nutran y no podemos comerlas todos los días.

—Acentúa el puchero—. ¿Qué te parece si te hago unos pancakes de avena con chispas de chocolate?

—Pero mami, me gustan más las Oreos...

—Lo sé, cariño, pero seguro que ya comiste en casa de papá, ¿verdad?

Asiente, pero el puchero no se va a ningún lugar.

Jack entra a la cocina. Ya se puso ropa de estar en casa: pantalón y camisa, ambos negros y de algodón. Se le ven los tatuajes del brazo, y tengo que hacer un enorme esfuerzo por apartar la mirada y no quedarme babeando sobre la cabeza de Frannie.

—Jack, ¿a ti sí te apetecen pancakes de avena con chispas de chocolate?

Me mira divertido y baja la mirada a mi hija.

— Uf , sí. Mis favoritos.

Sonrío ante su respuesta y le dedico una mirada de agradecimiento.

—Bueno, supongo que solo comeremos nosotros, porque Frannie parece que no quiere.

—¡Sí! ¡Sí quiero, mamá! —replica la pequeña.

—Genial, está decidido, entonces. Ve a bañarte mientras yo los preparo. También debes hacer la tarea.

Pasa corriendo a mi lado y sube en dirección a su cuarto.

—Ve a cambiarte, debes de estar agotada. Yo los puedo preparar —comenta Jack.

Qué bien se siente que alguien me ofrezca hacer la comida de forma voluntaria.

Quiero llorar de felicidad y abrazarlo. En mis relaciones nunca fue así.

Aunque tengo que recordar que él es mi empleado, pero desde luego que cocinar pancakes con chispas de chocolate no está dentro de sus tareas.

Quizás en otro momento de mi vida le hubiese dicho que no se preocupara, que lo hacía yo, pero la Rebecca de hoy piensa aprovechar las cosas buenas de la vida y, lo más importante, las actitudes buenas de la gente.

O quizás a la gente buena en general; sin dudas, Jack parece ser de esos.

—Me encantaría, Jack. Muchas gracias. Voy a cambiarme y bajo enseguida. ¿Sabes dónde está todo?

Él asiente, y creo ver un inicio de sonrisa.

Subo a mi habitación, pensando en lo mucho que ha cambiado mi vida en los últimos días.

Invité a un mendigo a vivir a mi casa, luego lo contraté como guardaespaldas porque él aparentemente volvió para torturarme, y paralelamente estoy esperando que en cualquier momento mi ex me demande por la custodia de mi hija.

Todo eso, mientras gerencio una empresa de biomedicina que está ascendiendo rápidamente dentro de las empresas más exitosas de la última década.

A veces parece que existe más de una Rebecca y, aunque hago todo y atravieso todo, al ponerlo en palabras suena demasiado.

¿Cómo puedo con tanto sin romperme en mil pedazos?

No tengo una respuesta a esa pregunta; lo único que sé es que, si voy un día a la vez, me siento más ligera.

Me quito el blazer , lo dejo sobre la cama para que no se arrugue. Luego la camisa que va directo al canasto de ropa sucia junto al pantalón. Me dirijo al baño y prendo el agua caliente en temperatura “acá se hierven pollos”, y me termino de desnudar para disfrutar del agua sobre mi cuerpo.

El calor hace que los músculos se relajen. Aprovecho la soledad para respirar hondo. Inhalo. Exhalo. Repito.

Necesito que se acabe esta pesadilla. No podré vivir tranquila hasta que ese hombre esté tras las rejas por el resto de su vida.

TRECE AÑOS ATRÁS

Luego de salir algunos meses con mi novio, dar el paso de mudarnos juntos parece apresurado, pero también lo más lógico. Ahorraré dinero, lo que sería imposible viviendo sola. Incluso en comida, porque me dijo que no me tenía que preocupar por nada.

No le puedo contar a mi madre. Si bien no soy de ocultarle cosas, jamás aceptará que me mude con un hombre tantos años mayor que conozco hace pocos meses. Jamás lo entendería. Jamás lo aprobaría.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, mi vida. —Sus labios se posan sobre los míos. Posesivos. Hambrientos.

Me emociona pensar todo lo que traerá esa nueva etapa. Todos los momentos increíbles que viviremos juntos.

Cierra la puerta a mis espaldas y me besa.

—Te amo, Becky.

—Yo a ti.

Horas después, cenamos juntos. Pedimos pizza en mi restaurante favorito.

—Mañana invité a unos amigos a cenar —comenta—. Muero por que los conozcas.

—¡Qué bueno! —exclamo. Hace mucho que he querido conocer a sus amigos, pero por un motivo u otro, nunca se podía—. Quizás también pueda decirles a Ava y Hazel que se nos unan.

Cambia la expresión, y no necesito que responda. Sé que no le parece buena idea. Lo que no entiendo es por qué.

—No creo que mañana sea un buen día para eso, cariño.

—¿Por qué no?

—Ava y Hazel no son el tipo de personas que se llevarían bien con mis amigos.

¿A qué tipo de persona se refiere? No importa. No quiero problemas. Si sigo insistiendo, cancelará todo, y realmente quiero conocer a sus amigos. Quizás otro día nos podríamos juntar todos.

—Está bien —me limito a decir.

Terminamos de comer y lavo los platos.

Me espera en la mesa y, tan pronto termino, me guía a la habitación. Es la primera vez que dormiremos juntos en esta casa como una pareja conviviente.

Me desnuda de inmediato.

—Quiero amarrarte —me susurra al oído con su voz seductora.

Él siempre quiere probar cosas nuevas. Es muy experimentado en la cama y la paso muy bien. Quizás algunas cosas al principio me generan ansiedad… o un poco de miedo, pero luego la paso bien.

—Desnúdate —replica.

Le hago caso. Siempre le hago caso.

Saca de un cajón un par de esposas. Me recuesto sobre la cama y me esposa al respaldar. Saca su teléfono y comienza a grabarme.

Eso no estaba en los planes.

—¿Qu…qué haces? —balbuceo algo nerviosa.

—Guardar esta imagen para el recuerdo.

Trato de taparme, pero no puedo… Estoy amarrada.

—Prefiero que no.

Abre los ojos y su expresión se endurece.

—Si no confías en mí, ¿para qué te mudaste conmigo?

Está herido. No quería lastimarlo ni que creyera que no confiaba en él, solo que… le podrían hackear el teléfono, no sé. Quién sabe.

—No es eso. Podrían hackearte el teléfono. O perderlo.

—¿Y? ¿Qué pasa si alguien lo ve? —Su mirada es profunda y me paraliza—. El cuerpo es el templo donde arde la llama, Becky… No hay que ocultarlo. No hay que sentirse avergonzado de él.

Siempre dice cosas así. Extrañas. No muy seguido, pero cada tanto, sí.

—No me avergüenzo, solo que no quiero salir en internet amarrada a una cama.

Se acerca, me quita las esposas y comienza a irse sin decirme nada.

—¡Espera! —replico, y se frena.

Gira la cabeza y me mira.

—Cariño, si no podemos coincidir en el sexo, no sé cómo vamos a lograr que esto funcione.

—Hablemos, por favor. Coincidimos; es solo que yo tengo algunos límites.

—Yo no tengo límites. Y no puedo limitarme en ese aspecto. Es una parte fundamental de quien soy. De lo que creo.

—¿A qué te refieres?

—El alma. La esencia del universo. Todo está conectado a la energía sexual. A los cuerpos. Solo podemos acceder a la llama a través de esa energía, y me la estás reprimiendo.

No sé bien qué decirle. Es la primera vez que habla tan abiertamente sobre sus creencias espirituales. Quiero saber más.

—¿A qué te refieres con «la llama»?

Se acerca a mí y se sienta en el borde de la cama.

—La llama es una energía ancestral que arde en cada ser humano y nos conecta con el verdadero propósito del alma.

Nunca había escuchado algo así, pero lo dice con tanto convencimiento que quiero saber más.

—¿Eso es de alguna religión? Esa creencia, digo.

Niega con la cabeza y posa su mano en mi muslo. Comienza a acariciarlo, y va subiendo al tiempo que responde.

—No creemos en las religiones. Solo en los cuerpos y en las almas.

Salgo de la ducha y me extiendo para tomar la toalla.

No quiero mojar el piso, pero está lejos.

Debí dejarla más cerca. El suelo está resbaloso por el jabón, y siento cómo mi pie se desliza y no me puedo aferrar al suelo.

Me resbalo y caigo fuera de la tina con un golpe sordo, seguido de un grito involuntario.

Mierda. Esto duele.

Me trato de acomodar, pero me golpeé muy duro en la cadera con el borde de la mampara y, antes de poder reaccionar, Jack entra como un huracán al baño.