Cuando nos encuentren 34 JACK
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34 JACK

Hemos mantenido una rutina estable, y procuro mantenerme lo más alejado posible de Rebecca; el único momento en que no puedo hacerlo es en las clases de boxeo y defensa personal.

El contacto físico es obligatorio, y debo usar cada atisbo de autocontrol que queda en mí para no sobrepasar los límites profesionales.

Ella no volvió a tener otro episodio como el de la primera vez, y no me ha querido decir qué le pasó. Tampoco insistí; a fin de cuentas, solo soy su guardaespaldas. O el mendigo que rescató de la calle.

Francheska, su hija, insiste con que soy Superman, y no pienso contradecirla.

No había estado rodeado de niños y, aunque puede ser algo incómodo, uno se acostumbra.

Quizás ayuda que la niña sea realmente buena.

Se porta bien, escucha, hace sus deberes, cumple sus horarios.

No es el tipo de niña que te imaginas, salvo por el hecho de que tiene más energía que un reactor nuclear. Por lo demás, es muy agradable.

Estamos en su oficina, en una reunión con el jefe de seguridad de la empresa que escogió: Golden Security.

—No estamos de acuerdo con que su guardaespaldas principal... —dice el hombre, que gira la cabeza y me observa de pie tras ella— sea externo a la empresa y no tenga experiencia comprobable. Ni siquiera lleva un arma, señorita Beaumont.

—No quiero armas en mi casa, James. Jack ya ha estado con nosotras por varios días y me siento cómoda con él.

No los contraté para que lo reemplacen, sino para que se ocupen de todo lo demás, que no es poco.

La seguridad del perímetro de casa, de la escuela de mi hija, de los traslados, reforzar la seguridad en la oficina y demás.

Esa Rebecca es una mujer de negocios; es firme y no titubea. No es la Rebecca que vi con Mason.

—Lo entiendo, solo que no estamos acostumbrados a trabajar así. Si pudiera reconsi…

—James. —Hace una pausa larga y exhala con una expresión que dice que no alargará la conversación mucho más tiempo. Me gusta verla en esta faceta—. Los servicios que ustedes ofrecen son a pedido del cliente, ¿cierto?

Él se sorprende por la interrupción, pero asiente.

—Cierto.

—Yo he contratado ciertos servicios, y he decidido no contratar con ustedes el servicio de guardaespaldas in house ; ya cuento con alguien para ello.

Por favor, si no vamos a poder llegar a un acuerdo, me gustaría saberlo ahora; hay varias empresas con las que me reuní que no tuvieron problemas con este punto.

Se le abren los ojos y se tensa. Si su jefe llega a saber que está poniendo en riesgo a una nueva clienta de esta categoría, seguramente lo cuelgue.

—No habrá problema. Solo quiero que quede claro que no nos podremos hacer responsables por lo que el señor… —Me mira, como si esperara que le dijera mi apellido.

—Jack —respondo a secas.

—Por lo que el señor Jack... —Lo dice con desprecio, y no hace nada por ocultarlo—. Haga o deje de hacer.

—Jamás pretendería que se hicieran cargo por el accionar de una persona que no es empleado de Golden Security.

—Entendido. Y si llega a cambiar de opinión, basta con que nos avise y le enviaremos a alguien.

—Perfecto, entonces.

—A partir de hoy, Jeremy y Richard serán los guardaespaldas asignados al turno de día; ya los has conocido y se encuentran revisando los sistemas de seguridad del edificio y de las oficinas.

Alissa y Cade se presentarán para el turno noche.

Ellos ya tienen su domicilio, y le avisarán siempre que hagan el cambio de guardia.

Le entrega un teléfono.

—Este dispositivo está bloqueado y no puede ser rastreado. Allí tiene el número de los cuatro y, por supuesto, mi número personal también. Estoy disponible las veinticuatro horas del día ante cualquier emergencia.

—Excelente. Muchas gracias.

Rebecca se pone de pie y le estrecha la mano con firmeza.

Mientras el tal James sale del despacho, Roxy ingresa a la oficina con un paquete y se lo entrega a Rebecca.

—No lo abras —ordeno tan pronto lo veo, y me acerco a ambas—. ¿Esperabas un paquete? —le pregunto a Rebecca y ella niega con la cabeza.

—¿Quién lo ha dejado? —le pregunta a Roxy.

—No lo sé; lo dejaron en la recepción para ti. No me dijeron nada más.

—Está bien, gracias. —Le indica que puede retirarse.

—¿Me lo permites? —le pregunto, y extiendo la mano para que me lo entregue.

—No tiene remitente. —Es una caja de color marrón, sin indicación de nada—. Han tenido que dejarlo y aclarar que es para ti.

Noto cómo se tensa y la preocupación, que hacía unos días no veía, aparece de nuevo en su rostro.

—¿Qué crees que sea? —pregunta.

—No lo sé. Prefiero que salgas mientras lo abro —le digo.

—¿Y si es una bomba?

—No lo es. Pero si lo fuera, con más razón prefiero que salgas mientras lo abro.

—¿Cómo sabes que no es una bomba?

—Por el peso. Lo que hay dentro es algo muy ligero.

—¿Cómo una nota?

—Puede ser, sí.

—No quiero salir. Ábrelo, pero me quedo.

No insisto en que salga.

—De acuerdo, pero aléjate de la caja.

Rebecca da unos pasos hacia atrás y espera.

La abro con cuidado, y ella me mira expectante. No es nada que le pueda hacer daño. Hago un gesto para que se acerque, y nuestros ojos se posan en la nota escrita a computadora:

No hay nadie que pueda alejarme de ti, Becky.