33 REBECCA BEAUMONT
—A ver... Ponte como si fueras a pelear.
—¿Así? —pregunto, colocándome en una posición que considero básica. Puños al frente. Pies separados.
Sigue serio, pero me observa detenidamente, como si tratara de determinar cada uno de los aspectos en los que estoy fallando. Me siento ridícula, pero me trago la vergüenza y no me muevo. Después de todo, Jack me ha visto en situaciones mucho más vergonzosas.
—No. —Se acerca más a mí, y mi cuerpo entero entra en señal de alerta. Me tenso—. Lo más importante es la postura.
Mira hacia mis pies.
—Sepáralos —dice, señalándolos— al ancho de los hombros.
Hago lo que me dice.
—Eso. Ahora, el izquierdo un poco adelante. El derecho, atrás. —Sigo sus indicaciones bajo el escrutinio de su mirada.
Me siento torpe. Como si de pronto no supiera usar mis piernas.
Se acerca un poco más y se agacha para acomodar mejor mi pie derecho, pero, antes de tocarme, sube la mirada y me pregunta:
—¿Puedo?
—Sí.
Me hubiese gustado que mi voz no hubiese sonado como un pito, pero no podemos tener en la vida todo lo que queremos, ¿cierto? Probablemente estoy roja como un tomate.
Espero no oler mal. Está muy cerca.
Sus dedos toman con firmeza, pero sin brusquedad, mi tobillo. Me acomoda el pie hacia una posición más diagonal, girando apenas la punta.
—Ahí, así puedes moverte sin perder equilibrio. Ahora, flexiona un poco las rodillas. Solo un poco —dice, y se endereza mientras me observa desde abajo, con esos ojos profundos como la Fosa de las Marianas.
Obedezco. No quiero hacer el ridículo.
—¿Así?
—Mejor. —Asiente con un gesto casi imperceptible—. Ya no parece que vas a caerte.
Levanto una ceja, fingiendo estar ofendida.
Él sonríe por primera vez desde que empezamos. Solo un segundo, pero suficiente para que algo en mi estómago dé una vuelta. Siento como si estuviésemos teniendo una conversación muda.
Basta, Rebecca.
—Ahora, la parte superior —dice, y eleva los puños a la altura de su rostro, en posición—. Esta mano, la izquierda, va adelante. Es tu jab . Tu primera línea de defensa. La derecha, cerca de la cara. Protege el mentón.
Imito sus movimientos lo mejor que puedo. Me acomoda el brazo izquierdo con una presión suave en la muñeca. Después, la derecha. Me está tocando apenas, pero su toque se siente eléctrico, y no recuerdo haberme sentido así en mucho tiempo.
—Y los codos —continúa—, pegados al cuerpo.
Si los abres, dejas indefenso todo el costado.
Mentón abajo —agrega, y esta vez levanta la mano hacia mi rostro.
Me tensa todo el cuerpo de nuevo. Su dedo roza mi barbilla y la empuja suavemente hacia abajo.
El corazón me da un brinco, pero hago mi mejor esfuerzo por permanecer inmóvil—. Protégelo.
Hago todo lo posible por mantener la mirada al frente y no desviar mis ojos hacia su rostro tallado por los dioses, pero no ayuda que esté tan cerca. Ni que huela tan bien. Ni que me esté corrigiendo como si tuviera derecho a tocarme de esa forma tan tranquila, tan natural.
—¿Y ahora qué? —pregunto, intentando sonar serena. Fracasando miserablemente.
—Ahora aprendes a moverte. Pero, primero —dice, y da un paso atrás para observarme entera—, deja de contener la respiración. Relájate.
No es fácil relajarme, amigo… No sé si te das cuenta, pero el problema eres precisamente tú.
Se pone una manopla y se coloca frente a mí.
—Golpea —ordena. Y eso hago.
Comienzo a golpear la manopla una y otra vez. Me siento bien. Necesito descargar energía, y siento cómo la libero en cada golpe.
Trato de mantener la postura hasta que un recuerdo me aleja de allí y me lleva a un lugar muy oscuro.
OCHO AÑOS ATRÁS
No veo nada. No recuerdo cómo llegué aquí.
Lo último que recuerdo es que estaba con él, y le había terminado.
Le dije que ya no me sentía cómoda, que lo que quería de mí no era lo que yo podía ofrecerle.
Tardé mucho tiempo en darme cuenta, pero, luego de pensarlo mucho, logré ponerle fin.
Se había molestado. Muchísimo. Me gritó y me encogí en una esquina de la habitación, tapándome los oídos mientras él decía que no iba a aceptar que lo dejara, que me iba a arrepentir.
Alcé la cabeza, y su puño se acercó hacia mí.
Antes de poder reaccionar, todo a mi alrededor se había vuelto negro.
Ahora que vuelvo a abrir los ojos, no tengo ni idea de dónde estoy.
Me estoy sacudiendo. Alguien me está sacudiendo.
—¡Rebecca! ¿Estás bien?
Vuelvo a la realidad. Jack está pálido y me observa con preocupación.
—¿A dónde te fuiste? —insiste—. Te perdí por un momento.
Sacudo la cabeza y me quito los guantes.
—Lo siento. ¿Seguimos otro día?
Doy media vuelta y vuelvo a mi entrenamiento habitual, tratando de deshacerme del sabor amargo en la boca y del recuerdo de la peor noche de mi vida.