32 JACK
Rebecca está con su socia y yo no pierdo el tiempo. Uso su computadora para hacer una preselección de las empresas de seguridad que le pasó el agente Hayes.
Navego por la web como un experto. Durante los últimos años, pasé parte de mi tiempo en la biblioteca pública de Boston, sobre la calle Boylston, y busqué mucha información en internet, tratando de averiguar cosas sobre mi pasado, sin suerte alguna.
Hago una ficha de cada una de las empresas, busco comentarios de los clientes, analizo los servicios que ofrecen y navego en páginas externas buscando cualquier referencia.
Pongo en el buscador el nombre de una de ellas y, cuando veo el logotipo, siento algo extraño. Me pongo de pie y me tomo la cabeza con la mano. Siento una punzada de dolor. Migraña. Maldita migraña.
Estoy en un helicóptero. Algo va mal. Miro a mi lado y veo a un hombre. Un rostro conocido, pero no sé quién es. Está asustado. Lo noto en su mirada. Me dice algo, pero no… no escucho las palabras. Hay ruido. Mucho ruido de fondo.
Esa imagen desaparece y es reemplazada por otra.
Estoy con un grupo de hombres. Vestimos de negro. Parece un uniforme, pero no logro distinguirlo. Estamos ocultos en una especie de camioneta.
—Faltan cinco minutos —me escucho decir, pero no me reconozco—. ¿Todos listos?
Asienten y toman sus armas.
Un ruido me hace retornar a la realidad.
—¿Estás bien? —Rebecca me mira con el ceño fruncido desde la puerta de su oficina.
Los flashes desaparecen, y vuelvo a posar mis ojos en la pantalla. Un logo: NV Security. Lo descarto de inmediato.
—Sí, lo siento —respondo, y trato de actuar normal. No quiero contarle de mis flashes. No quiero asustarla—. Solo estaba analizando las empresas de seguridad, y preparé un pequeño reporte de las que consideré más adecuadas.
—Oh. —Se acerca hacia la computadora para ver lo que le muestro y se coloca a mi lado. Muy cerca. Demasiado cerca. El coco invade mis fosas nasales, y me gustaría poder eliminar mi sentido del olfato—. Es muy considerado de tu parte… gracias, Jack.
Le quiero mostrar las fichas que preparé y acerco mi mano al mouse , pero al parecer ella tiene la misma idea y chocamos en el aire.
Un escalofrío recorre mi cuerpo ante el contacto con su piel.
Es tersa. Suave. Perfecta. Maldigo en mi interior.
¿Cómo puede ser que un roce de manos involuntario me haya provocado una erección?
Mierda. Estoy peor de lo que pensé.
La retiro tan rápido que pareciera que la hubiese metido en agua hirviendo, y me acomodo en el asiento. Espero que no note lo que hay entre mis piernas, porque este sería mi último día de trabajo.
—Lo siento —replica ella, avergonzada.
Espero no haberla hecho sentir mal. No es mi intención. Solo quiero mantener la distancia todo lo que sea posible, teniendo en cuenta... pues todo.
—No, yo lo siento. Solo quería mostrarte las fichas que preparé.
—Me alejo del escritorio y me coloco del otro lado—.
Pero no te preocupes, está todo allí. Revisé los antecedentes, los servicios que ofrecen y las opiniones de los clientes.
—Tengo mis manos cruzadas sobre mi cuerpo, intentando disimular la protuberancia—.
Descarté las que consideré menos adecuadas.
—Genial, gracias. —Sus mejillas están teñidas de rosa y me dedica una sonrisa falsa.
Presiona un botón y la voz de una mujer suena por el parlante.
—¿En qué te puedo ayudar, Rebecca?
—Roxy, te voy a enviar unos números de unas empresas de seguridad privada, y necesitaría por favor que las llames y coordines una entrevista lo antes posible. Si puede ser para hoy por la tarde, después del gimnasio, mejor. Despeja la agenda si tengo otra cosa. Esto es prioritario.
—Ya mismo.
—Y otra cosa; ¿te podría molestar con otro café? Me entretuve con Ava y se enfrió. Puedes calentar este mismo, así no lo desperdiciamos.
—Sí, claro, ya voy.
Este es el momento que más he estado esperando. Rebecca entrena una hora todos los días al mediodía y me dijo que podía hacer ejercicio también si quería, y nunca, literalmente, me había sentido tan emocionado por algo.
Es un gimnasio elegante, con máquinas de todo tipo, salones de clase y un sector para practicar boxeo.
Me cambio de ropa en el vestidor de hombres, con cuidado de no lastimarme la espalda. Ya las heridas están cicatrizando, pero apuesto un riñón a que terminaré la hora sangrando. No me importa. Necesito drenar energía, y el ejercicio es mi oxígeno.
El lugar es grande y hay poca gente. Es el tipo de sitio al que solo asiste cierto tipo de personas, y al parecer mi cambio de look ha sido tan radical que nadie se percata de que hace pocos días estaba durmiendo en la calle, ya que no me miran con asco ni con desprecio.
Las mujeres se quedan mirándome por demasiado tiempo; algunas son más discretas que otras.
Necesito salir con una mujer si quiero dejar de pensar en mi jefa de cierta manera.
La última mujer con la que estuve… Digamos que no fue una experiencia muy grata.
Podría decir que, en general, las experiencias que he tenido los últimos años no lo han sido.
Sin dudas, nunca he estado con alguien como Rebecca. No que recuerde, al menos.
La veo al otro lado del gimnasio. Ya empezó a entrenar.
Tiene un conjunto de dos piezas, pegado al cuerpo y de color verde oliva, que se ciñe a su figura y me deja sin aire por un instante.
Tengo que obligarme a voltear la mirada y me dirijo directamente al saco de boxeo.
No entro en calor. Me pongo los guantes que compré allí mismo y me pongo en posición.
Doy el primer golpe y mi mente se pone en blanco al instante.
Derecha, izquierda.
No escucho nada a mi alrededor.
Izquierda. Izquierda. Patada.
El corazón me late con más fuerza, y me olvido de dónde estoy.
Derecha. Patada. Izquierda.
Un flash se cuela por mi mente. No me detengo a detallar las imágenes. Sé lo que veo: sangre, muerte. Siempre hay sangre y muerte.
Me pierdo en la adrenalina hasta que algo me hace retornar a la realidad. Algo, no. Alguien.
—¿Jack? —Su voz es dulce. Suave como una maldita sinfonía.
Freno en seco y volteo a verla. Alerta. Miro alrededor, pero no veo ninguna señal de peligro.
—¿Estás bien? —pregunto, aún con la voz entrecortada por el ejercicio.
Parece nerviosa y duda. Se toca la clavícula y se pasa la mano por una cicatriz que tiene en la muñeca izquierda.
—Sí, todo está bien. Solo que... Bueno… Estaba entrenando y te he visto...
Ya sabes, haciendo esto... —Señala al saco de boxeo—.
Sé que... —Baja varios decibeles el volumen—.
Sé que no recuerdas nada, pero… parece que sabes bastante bien cómo defenderte.
Y… estaba pensando... —Está muy nerviosa y, como siempre que está nerviosa, está balbuceando.
Presiento lo que me va a decir, y espero que no lo haga porque…
—. Estaba pensando que deberías enseñarme. A defenderme, ya sabes.
Lo hizo. Mierda.
—¿Enseñarte? —le pregunto, y rezo al universo por haber escuchado mal, pero ella asiente con las mejillas teñidas de rosa y el pecho acelerado. Las gotas de sudor se escurren por su pecho firme. Hay demasiada piel visible. Necesito mirar hacia otro lado. Pensar en otra cosa. Ahora.
—Sí. No quisiera molestarte, pero me haría sentir más segura.
No tiene que explicarme demasiado. La he visto con Mason. Tiene un acosador. No soy idiota; sé perfectamente a qué se refiere.
—Entiendo. Ya he dado algunas clases. No se me da mal. Quién sabe… Quizás en otra vida fui entrenador.
Abre los ojos como platos. Como si hubiese descubierto la cura del cáncer.
—¡Podría ser! Quizás por eso lo haces tan bien, a pesar de todo. Quizás eras profesor de boxeo o algo así. Podríamos buscar profesores de boxeo que hayan desaparecido hace tres años. —Esto último lo dice con esa voz de espía que a veces pone cuando hablamos del tema. Quiero reírme, pero no lo hago.
Tampoco la contradigo. No le digo que, aunque no recuerdo qué hacía antes, estoy seguro de que es mucho más sangriento que un instructor de boxeo.
—Puedo intentarlo. Darte clases.
No puedo decirle que no, y menos luego de ver la vulnerabilidad en su mirada al pedirlo.
Menos después de verla con su ex. No quiero que se sienta inferior.
Quiero que pueda partirle la cara y defenderse si lo necesita.
Quiero protegerla, pero, por sobre todas las cosas, quiero que pueda protegerse a sí misma.
Así que, a pesar de que sé que no debería, acepto enseñarle a Rebecca.