29 JACK
Me costó horrores no partirle la cara a ese hijo de puta, pero, por suerte para él, no le puso un dedo encima. Ese era el límite, y yo cumplo con mi palabra.
Apenas escucho la puerta cerrarse, salgo y voy hacia Rebecca.
Sus ojos verdes están apagados y hay una humedad en ellos que no estaba hace un rato.
—¿Estás bien?
Qué pregunta estúpida.
Sube la mirada para verme. Sigue sentada en uno de los sofás de la sala, en silencio. Trata de disimular y una sonrisa falsa se asoma en su rostro de muñeca.
—Sí. Estaré bien.
Me acerco y me siento al otro lado del sofá.
Algo me dice que debo mantener al máximo posible la distancia entre ambos.
No me hace bien vivir con una mujer así de hermosa, y lo último que quiero es que se sienta incómoda.
Por lo visto, no ha tenido buenas experiencias con los hombres, y no quiero darle motivos para que crea que soy igual que ellos.
No sé cómo era yo antes, pero ahora estoy seguro de que no soy el tipo de hombre que se siente más macho por incomodar o acorralar a una mujer, sino todo lo contrario.
—Nada justifica que te hable así, ¿lo sabes?
—Necesito estar seguro de que lo sabe. La impotencia me hierve la sangre.
Si fuera por mí, ese hombre no volvería a formar parte de su vida.
No la merece. Apenas conozco a Rebecca, pero me doy cuenta muy rápidamente de que no es para nada la mujer que creí que era.
La llegué a resentir por sus llamadas constantes a la policía, pero…
en pocos días he podido ver otro lado de ella, y no puedo evitar ponerme en su lugar.
Claro que no se sentía cómoda con un mendigo merodeando su casa si tiene un acosador y un exmarido violento. ¿Qué podría esperar?
Pero a pesar de eso me recibió, me ofreció trabajo y está tratando de dejar de lado sus prejuicios sobre mí. Quizás porque le conté todo lo que me pasó. Quizás, si hubiese dicho que era un drogadicto, esos prejuicios se hubiesen mantenido justo donde estaban.
Nuevamente, ¿cómo culparla? Sería lo lógico.
—Sí, lo sé, Jack. No soy tonta.
Es muy evidente lo mucho que cambia cuando está frente a Mason. Es como si fuera otra persona. Cuando está sin él, es contestona, insistente, segura de sí misma y tiene una luz intensa. Pero llega ese desgraciado y la apaga por completo.
—No he dicho que lo seas.
No responde, solo agacha la mirada. Parece avergonzada.
—Lamento que hayas tenido que presenciar eso.
¿Por qué se disculpa por algo que no ha hecho?
—De nuevo estás haciendo lo mismo.
Espero no pasarme de la raya. No es mi amiga; es mi jefa.
Sube la mirada rápido.
—¿A qué te refieres?
—A disculparte por algo que no es tu culpa. No tienes que avergonzarte por la actitud de otras personas.
Sonríe débilmente, pero esta vez parece una sonrisa honesta.
—¿Es verdad lo que dijo? —le pregunto.
—¿Qué parte?
—La de pedir la custodia de la niña.
Sacude la cabeza, como si no tuviera respuesta para eso.
—No lo sé. Muchas veces antes me ha amenazado, pero nunca lo hizo. No creo que lo quiera tampoco. A ver, no me malinterpretes. Él quiere a su hija, pero me ha demostrado muchas veces que dos días por semana es más que suficiente paternidad para él. Creo que solo quiere asustarme.
—No quiero ser la causa de un problema mayor. Puedo irme luego de que contrates a la empresa de seguridad privada.
No quisiera. Y no solo por tener un techo sobre mi cabeza, sino que una parte de mí quiere estar seguro de que la amenaza ha pasado. Esta mujer noble me ha ayudado, y no quiero que le pase nada. Ni a ella, ni a su hija.
—No —responde, y se pone de pie frente a mí—.
Quiero que te quedes, Jack. Eres… —Baja la mirada.
Con la mano derecha se toca la clavícula—.
Eres una buena persona. Estás haciendo bien tu trabajo, y…
—Nuevamente me mira—. Me siento bien contigo, y Frannie también.
Sé que solo es temporal, pero quiero que te quedes.
Llamaré a los abogados y les comentaré de la amenaza de Mason. Estaremos preparados.
Espero que tenga razón. No podría sumar a mi conciencia ser el motivo por el cual una madre pierde a su hija.