Cuando nos encuentren 26 JACK
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26 JACK

—Esto me parece demasiado —le digo a Rebecca desde el probador de la tienda.

—¡Es perfecto! —responde con un entusiasmo refrescante.

—¿Para qué necesito un traje tan elegante? —Me veo bien, pero es absolutamente innecesario. En el fondo siento una extraña comodidad al usarlo. Me sienta genial, pero es más que eso. Como si mi cuerpo recordara usar trajes. De todos modos, sigo pensando que es innecesario.

—Porque cuando vayas conmigo a la oficina en la semana, no vas a ir con jeans.

—¿Qué tienen de malo los jeans?

Pone los ojos en blanco.

—No tienen nada de malo, pero mi «asistente» no puede vestir jeans en la oficina.

—De acuerdo. —Exhalo y acepto que perdí la batalla. Los trajes servirán.

Me quito la chaqueta y desabotono uno a uno los botones de la camisa. El probador tiene espejos por todos lados. Un poco exagerado, a mi parecer. ¿De cuántos ángulos puede alguien querer verse para comprar ropa?

Pongo la camisa con cuidado en el perchero y, cuando miro mi reflejo, un detalle llama mi atención. Es mi espalda. Las cicatrices en mi cuerpo son notorias. Algunas se entremezclan con tatuajes, y otras están solas y son más visibles.

Una cicatriz circular está a un costado, en la parte baja de mi espalda. Debajo de las heridas recientes del accidente, que ya se están curando. No la había visto antes.

A través del espejo, me encuentro con otros ojos.

No son los míos. La cortina está sutilmente abierta y no me había dado cuenta.

La mirada de Rebecca está también puesta sobre mi espalda, con un brillo intenso.

Observa con detenimiento el mapa de horrores que se dibuja en mí.

Sube rápido la vista y nuestras miradas colisionan como una explosión.

El corazón me palpita acelerado, de una forma que no recordaba que fuera capaz de latir.

Por un tiempo demasiado largo, ambos permanecemos inmóviles, solo mirándonos.

En sus ojos, puedo ver las preguntas que quiere hacer, y no se atreve.

En los míos, una mezcla de anhelo y deseo, que, entiendo, debo reprimir.

De pronto y sin aviso, como si mi cerebro quisiera protegerme del peligro de su mirada, los recuerdos me arrastran y me llevan lejos de ese mar esmeralda.

El disparo me impacta por detrás. El dolor agudo no me frena, no me paraliza.

Giro rápido y me enfrento al atacante. Me tiro sobre él mientras gatilla desesperado.

No quedan más balas. La última está alojada en algún lugar de mi espalda.

Si quiero salir vivo, tendré que apresurarme.

Los gritos suenan a mi alrededor. Humo. Pólvora.

Compañeros vestidos igual que yo luchando con otros hombres vestidos de militares.

No son de Estados Unidos. Hablan un idioma que no reconozco.

Lo tiro al suelo e intento ponerme a horcajadas sobre él, pero es fuerte y yo estoy herido.

Lo golpeo de costado con tal fuerza que retrocede por un instante.

La punzada de dolor se intensifica en mi espalda, pero la ignoro como si fuera solo producto de mi imaginación.

Tengo la camisa empapada. La sangre caliente se escurre por mi cuerpo y me queda poco tiempo.

Nos fundimos en una maraña de golpes y ataques, hasta que una bala le atraviesa el cráneo y sus sesos me cubren el rostro.

—¿Estás bien? —me pregunta un hombre. Está preocupado—. Estás perdiendo mucha sangre, tenemos que sacarte de aquí. Ahora. —Hay urgencia en su voz.

No le respondo. Estoy al límite.

Me toma y, de alguna forma, levanta todo el peso de mi cuerpo y me lleva junto a él, atravesando un terreno irregular y pasando sobre un cementerio de cadáveres.

—Estarás bien, hermano. No dejaré que te pase nada.

¿Para qué carajos necesito toda esta ropa? Se supone que soy su guardaespaldas, no un modelo. Cargo tantas bolsas que ya perdí la cuenta. Rebecca me hizo comprar atuendos para todas las ocasiones humanamente posibles.

La única parada que de verdad disfruté fue la tienda de ropa deportiva.

Me dijo que entrena en el horario de almuerzo en un gimnasio cerca de su oficina, y que puedo aprovechar para hacer ejercicio allí.

Increíble. Vengo haciendo ejercicio solo en la calle, sin elementos, sin nada.

De alguna forma, pensar en que voy a poder hacerlo en un gimnasio me emociona.

Es raro tener sentimientos y sensaciones que no recuerdo haber experimentado antes.

No recuerdo haberme emocionado por nada desde que perdí la memoria.

Vamos en dirección al cine, y me aseguro de mirar a todos lados y verificar que nadie nos siga. Estamos de compras, pero no me olvido en absoluto de mi trabajo. Me lo tomo muy en serio.

Había visto a un hombre que me pareció sospechoso. Lo cruzamos varias veces en poco tiempo, pero hace rato que no lo veo.

Trato de borrar de mi mente y de mi cuerpo esa sensación que aún me late luego de la situación del vestidor. Está todo en mi mente.

No la incomodes, Jack. No la cagues.