Cuando nos encuentren 23 REBECCA BEAUMONT
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23 REBECCA BEAUMONT

Luego de darle las buenas noches a Jack y de hacerle un recorrido más extenso por la casa, subo las escaleras y lo dejo solo. Me había pedido que le muestre todas las entradas y salidas y se aseguró de que estuvieran bien cerradas, cosa que de todos modos yo ya había hecho.

Una extraña paz me invade al saber que esta noche no estamos solas. Que alguien nos cuida las espaldas. Al parecer, se toma en serio su trabajo.

Abro sigilosamente la puerta del cuarto de mi hija y la veo dormir profundamente abrazando a Jiyu, su peluche de jirafa favorito desde que nació. Se lo regaló Victoria, mi hermana menor, que ahora vive en Buenos Aires. Hace demasiado tiempo que no la veo. Emigrar es una mierda.

La extraño. Extraño a toda mi familia, y una presión se instala en mi pecho al darme cuenta de todo el tiempo que ha pasado sin que nos veamos.

Mi niña solo recuerda a sus familiares más cercanos a través de la pantalla de un teléfono.

Salvo por Sofía, mi hermana mayor, que vive en California y trabaja también en el sector tecnológico.

A Sofí la vemos al menos una vez al año, y mi chiquita la ama.

Cierro la puerta con cuidado y me dirijo a mi habitación.

¿Habré hecho bien? Espero no estar cometiendo un error.

Poso mi cabeza sobre la suave almohada y suspiro. Los recuerdos me invaden y no los puedo apartar. A veces quisiera poder apagarlos, pero no funciona así.

CATORCE AÑOS ATRÁS

La cena transcurre entre conversaciones interesantes, miradas intensas y roces discretos. El vino ha eliminado por completo cualquier inhibición que podría haber tenido y me siento más ligera y un tanto mareada..., pero en el buen sentido.

Cada vez hablamos más de cerca. Estoy nerviosa por lo que probablemente está por suceder, pero quiero que pase.

Mi cuerpo vibra ante su cercanía, y necesito sus manos hábiles recorriendo cada centímetro de mi piel.

Pero las inseguridades… Probablemente ha estado con mujeres muy experimentadas, y yo solo he tenido sexo con mi novio del instituto. ¿Y si lo hago mal?

Aún no nos hemos besado, pero por cómo viene la noche pasará pronto. Muy pronto.

Me pongo de pie con torpeza y siento que el alcohol baja más rápido, porque me mareo un poco.

—¿Estás bien? —Se levanta y noto una leve preocupación en su voz.

—Sí, solo que… ¿Puedo pasar al baño?

—Sí, claro —me responde de inmediato—. ¿Te acuerdas dónde queda?

Asiento y camino hasta allí.

Abro la puerta y el espejo me devuelve la mirada. Mis ojos brillan y noto que mi piel arde. Una mezcla de deseo, emoción y el inconfundible efecto del alcohol.

Me enjuago la boca. No quiero saber a salsa de pasta cuando nos besemos. Tomo un chicle de menta de mi cartera y comienzo a saborearlo.

De vuelta en la mesa, siento que el corazón se me va a salir. Se pone de pie al verme y camina hacia mí. Sus pasos son lentos pero firmes. Es un león cazando, y yo soy su presa.

Me pierdo en sus ojos claros y la piel se me eriza por la expectativa.

Cuando se para frente a mí, me toma de la mano y me acaricia. Me derrito en el acto. Soy una bola de células derretidas en el suelo de su casa. ¡Va a besarme!

—Quiero tenerte, Becky.

¡Tenme todo lo que quieras! ¡Soy tuya!

—¿Qué esperas? —No sé de dónde sale esta versión atrevida de mí. Seguramente el vino tiene algo que ver.

Los ojos del león brillan y, de pronto, sus labios están sobre los míos y sus manos en mis caderas. Me presiona contra su dureza y... ¡Ay, Dios mío! Su suave lengua me recorre los labios. Cada vez me presiona más contra su cuerpo. Nunca me había sentido tan bien. Lo necesitaba.

Pasa a besarme la mandíbula. El cuello.

—Necesito quitarte esto —jadea sobre mi piel, jalando sutilmente la tela de mi camisa.

—Haz lo que quieras. —Es lo único que llego a decir. A murmurar.

Rompe la camisa. No es lo que esperaba, pero sin dudas hace que moje aún más mis bragas.

Me quita el sujetador y comienza a besarme los pechos. El abdomen.

Tengo los ojos cerrados, pero un ruido me saca un poco del momento y giro la cabeza.

Mierda, la ventana está abierta.

¿Eso es una sombra?

—Ya va. —Me tenso.

—¿Qué pasa, Becky? —Su voz ronca, profunda… es un afrodisíaco. Suena desesperado. Necesitado. Excitado.

—Creo que hay alguien afuera. Están las ventanas abiertas. Nos pueden ver.

Nota la duda en mi voz y se yergue. Me mira a los ojos. Me atraviesa con su mirada.

—¿No quieres esto? —me pregunta. La decepción no la puede ocultar—. No voy a obligarte a nada, Becky. Solo dime y te llevo a tu casa.

—¿Qué? —Me acerco a él y le doy un beso para tranquilizarlo. Necesito que sepa que soy una mujer y que quiero esto más que nada en el mundo—. Claro que quiero esto, es que las ventanas… —balbuceo—. Creo que vi una sombra.

—Entiendo… —responde—. No hay nadie afuera, pero no tienes seguridad sobre tu sexualidad y estás nerviosa. Lo entiendo, Becky, eres chica. Tranquila, no tenemos que hacer esto.

—Pero yo quiero… —replico con rapidez—. Es que… —Miro hacia la ventana de nuevo.

—No hay nadie, cariño. —Se acerca más y me da otro beso.

De esos que te nublan los sentidos—. Pero, aunque lo hubiera, no pasaría nada.

Los cuerpos y el sexo son parte de nuestras almas y de nuestros espíritus.

El cuerpo… —Me acaricia los pechos de una forma tan sutil que se me eriza la piel por décima vez en los últimos cinco minutos—.

Es algo natural. El contacto humano. El sexo.

No es un tabú. No está mal. No es un pecado y no hay que escondernos como si estuviéramos haciendo algo malo.

Estamos en mi casa y en mi casa podemos liberarnos y conectarnos.

Olvídate de los demás. Simplemente concéntrate en nosotros. Aquí y ahora.

No entiendo bien qué quiere decir con eso. No creo que el sexo sea un tabú, pero tampoco quiero que me vean desconocidos por la calle. Ve la duda en mis ojos, porque me dice:

—Tranquila, te llevo a casa. Te prestaré algo; siento haber roto tu camisa.

—¡No! —respondo antes de darme cuenta de que las palabras salen de mi boca.

Dañé el momento. Soy una idiota. Si quiero tener a este hombre, necesito revertir la situación de mierda en la que nos metí y demostrarle que soy una mujer sin tabúes, empoderada de su sexualidad.

Pongo mis manos en mi pantalón y me lo comienzo a quitar.

Su mirada es llama. Fuego. Deseo.

Estoy desnuda en el medio de su sala. Llevo puestas solo unas bragas. Su mirada se desvía allí.

La vulnerabilidad intenta apoderarse de mi mente, pero yo la saco de allí a patadas. Mujer empoderada.

—Quítatelas, Becky —ordena, mirando la única tela que aún cubre algo de mi cuerpo.

Lo obedezco como si fuera la orden del mismísimo Dios.

Él está totalmente vestido frente a mí. Yo, totalmente desnuda.

Me toma de la mano, me guía hasta la sala y me sienta en el sofá que da la espalda a un gran ventanal a la calle.

Si alguien pasa, no hay forma de que no nos vea. ¿Estaría tan mal? Quizás tiene razón, y solo estoy nerviosa porque soy inexperta en esto. Por mi edad. Quizás debería excitarme la posibilidad de que eso suceda.

—Abre tus piernas —ordena, y nuevamente obedezco.

Se arrodilla frente a mí y se hunde en mi centro. Me lleva al clímax, y me doy cuenta de que jamás he disfrutado tanto de mi cuerpo y de mi sexualidad.

Esta noche, tendré el mejor sexo de mi vida.

En ese momento no sabía que todo era una trampa. Él era una araña y yo estaba a punto de caer en su red…