Cuando nos encuentren 20 JACK
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20 JACK

El nivel de insistencia de esta mujer es admirable. Aguardo a que abra la puerta y entro a su casa tras ella. De nuevo, la noto nerviosa. No como anoche, pero no para de mirar sobre sus hombros y a todos lados antes de cerrar la puerta.

—Espérame en la cocina, voy a chequear a Frannie —replica, mientras pasa a mi lado y se dirige al piso de arriba.

No tarda en bajar. Me siento inquieto en la butaca de la cocina y la veo revisar dos veces que todas las puertas y ventanas estén cerradas.

—¿Pasa algo? —Me parece una actitud bastante extraña.

—No, no. Estoy asegurándome de que todo esté bien cerrado.

Nadie actúa así salvo que tenga un motivo para temer, y menos en un barrio como Beacon Hill.

Si quieres sacar información de una persona, la regla número uno es no preguntar directamente. La gente se pone a la defensiva. Hay que crear el espacio adecuado para que quieran abrirse.

—Pareces bastante… cuidadosa. No el tipo de chica que invita a un mendigo desconocido a dormir en su casa.

Eso se suponía que era un intento de chiste, pero debo de ser malísimo con el humor porque no se ríe.

—Es que… —Titubea como si quisiera decir algo, pero no lo hace. Mi instinto me dice que algo oculta, y eso la tiene así—. Es que estoy un poco preocupada, eso es todo.

—¿Quieres hablar de eso?

Lo piensa, pero niega con la cabeza.

—Prefiero seguir la conversación de antes. ¿Qué pasó cuando fuiste a la policía?

¿En serio estoy por abrirme con esta mujer? Parece que sí. Aunque su técnica parece ser opuesta a la mía, porque ella es directa y, por algún motivo, estoy considerando responderle.

Maldita sea.

Hace una eternidad que no tengo una conversación real con alguien.

No soy precisamente de los que charlan. Pero hay algo… algo en saber que a alguien le importa si respiras o no. Aunque sea por curiosidad. Aunque no dure.

—Está bien… Supongo que no pasará nada si te cuento, pero debes jurarme que no le dirás nada a na...

Sus ojos se iluminan y responde antes de que termine de hacer la pregunta.

—Lo juro.

Entrecierro los ojos e intensifico la mirada.

—Por Frannie.

—¡Ey! Eso es demasiado —replica indignada.

—Si quieres que te cuente, júralo por ella.

—Bueno, está bien. Lo juro.

Una única vez le conté la verdad a alguien, y todo terminó muy mal.

Espero que no se repita la historia. Pero…

después de tantos años solo, completamente aislado, es una tentación demasiado grande hablar con alguien.

Con alguien que realmente quiere saber lo que me pasó.

Rebecca sin dudas no es una amenaza. En todo caso, yo soy una amenaza para ella.

—Lo primero que recuerdo es despertar en un hospital.

Bueno, en algún lugar que parecía un hospital.

—Me observa con un gran nivel de concentración.

Su cabello rubio cae despreocupadamente y enmarca su hermoso rostro.

Algo profundo me remueve las entrañas, y los nervios escalan por mi cuerpo como hormigas.

Me siento ajeno a esta sensación—. Estaba atado a una cama.

Pero no con esposas —agrego al ver en su expresión una señal de alerta.

El recuerdo está tan fresco como si hubiese pasado ayer.

De forma involuntaria me toco las muñecas.

Aún siento el plástico presionar mi piel y asesinar mi libertad—.

Era con precintos plásticos. Pregunté qué había pasado y comenté que no recordaba nada, pero ninguno de los médicos me daba respuestas.

Me dijeron que había sufrido un accidente.

—¿Qué tipo de accidente?

—No lo sé. No me lo dijeron. Recuerdo que la herida de mi estómago me dolía mucho, pero no podía saber cómo me la hice, aunque al parecer fue en ese accidente.

Ellos me tuvieron allí por semanas sin decirme nada.

No me explicaban ni siquiera por qué estaba atado.

Nadie fue a verme y en la puerta había una especie de... ¿guardia? No sé, pero no era policía.

Parece una niña pequeña viendo una película de suspenso. Está tan concentrada que probablemente se olvidó por un momento de lo que sea que la aflige.

—¿Y entonces qué pasó?

Se nota la ansiedad en su voz.

—Necesitaba salir de allí. Nadie me daba respuestas y me sentía preso. Sentía como si estuviese secuestrado, y lo peor era no tener ningún recuerdo de mi pasado. Así que hui.

—Pero ¿cómo? —dice, sorprendida—. ¿No estabas atado?

—Sí, no fue fácil. Durante días estuve atento a todos los movimientos y a todo lo que pasaba a mi alrededor.

Un descuido, eso era todo lo que necesitaba.

Y llegó. A una de las enfermeras se le cayó una horquilla del cabello al ajustarme la almohada.

Quedó a escasos centímetros de mi cara. Me estiré hasta que sentí que el cuello me iba a estallar y la atrapé con los dientes.

Luego la dejé caer sobre la palma de mi mano.

Ahí empezó lo difícil, pero luego de un tiempo logré deslizar la punta de la horquilla dentro del mecanismo de cierre del precinto.

Cuando sentí el clic, solo tuve que tirar con los dientes de la tira sobrante.

En cuanto mi mano se soltó, el resto fue historia.

El guardia entró unos minutos después. Le salté encima y lo noqueé antes de que pudiera reaccionar. Luego, escapé.

Abre los labios con sorpresa. Quito la mirada de sus labios con brusquedad, y me detengo en sus ojos, que brillan con curiosidad.

—¿Y luego no fuiste a la policía?

Asiento.

—Fui a la policía. Les conté lo que había sucedido y les expliqué que no recordaba nada, ni siquiera mi propio nombre.

Ellos me llevaron a un refugio para personas sin hogar y me dijeron que iniciarían una investigación.

—No le digo todo lo que sentía. No le cuento cómo pensaba que me iba a morir asfixiado ante tanta incertidumbre.

Eso me lo guardo para mí—. Al día siguiente, el refugio fue tiroteado.

—La presión se instala en mi pecho—. Murieron muchas personas, pero yo logré escapar.

El recuerdo me revuelve el estómago. La culpa vuelve.

Siempre vuelve. Cada vez que pienso en ese día, desearía haber muerto en ese maldito accidente.

¡Murieron niños! Niños, carajo. No entiendo por qué atacaron ese refugio, y eso me destruye.

Y no, no soy suicida, pero a veces me pregunto si debería serlo.

Por los flashes que me revientan la cabeza, sé que estaba acostumbrado a eso.

A ver morir gente. A dejarla atrás. Pero cada vez estoy más seguro de que el Jack de hoy no es el mismo que el que aparece en esas memorias.

Ese otro está cubierto de sangre. Y yo no sé si alguna vez quiero volver a ser él.

Rebecca me mira sin pestañear. Atenta a cada palabra. Así que sigo hablando. Ya está. No hay marcha atrás. Necesito soltarlo todo.

—Fue demasiada casualidad, y no creo en las casualidades.

Alguien trató de asesinarme, y estoy seguro de que no fue la primera vez.

Hui de la ciudad y, desde entonces, estoy en la calle.

Ese es el motivo por el que no me quedo en refugios y no quiero tener nada que ver con la policía ni con los hospitales.

Abre la boca; parece estar en shock .

—¿Eso no sucedió aquí?

Niego antes de responder.

—Fue en Nueva York. Llegué a Boston como pude y decidí pasar desapercibido desde entonces.

Se levanta de la butaca de la cocina y comienza a caminar de un lado a otro con las manos a los costados.

—No puedo creer lo que me estás contando —reconoce—. O sea, sí te creo —aclara—. Pero es… demasiado.

Se frena y me mira nuevamente.

—Lo sé.

Me quité una tonelada de peso de encima. Se siente bien… hablar con alguien. Liberador. Un jodido segundo de tregua a mi estado constante de alerta.

—¿Y estás seguro de que el ataque era en tu contra? ¿Cómo sabes que no fue simplemente una casualidad?

—No creo en ese tipo de casualidades, Rebecca —le repito—. Además, hay algo dentro de mí que me dice que alguien intentó matarme. Más de una vez.

Permanecemos en silencio.

—¿Y no has intentado buscar trabajo? Así sea bajo otro nombre…

Quiere tratar de darme una solución. Se nota a leguas.

—Sí, claro. Pero no muchas personas le dan trabajo a alguien que vive en la calle sin ningún tipo de documento. No es fácil.

—¿Y cómo haces? Digo, para comer y esas cosas…

—Hay algunos refugios en la ciudad, y suelo ir a comer y a ducharme de vez en cuando. Algunos días hago algún trabajo esporádico de jardinería y cosas así. Pero no suelen ser ni duraderos ni suficientes como para poder alquilar algo y salir de la calle.

Decirlo en voz alta también es liberador. Poner el problema en palabras. Algo me dice que esta conversación es el inicio de una nueva etapa.