Cuando nos encuentren 18 JACK
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18 JACK

Esta noche toca el Longfellow Bridge. No me gusta. El suelo está sucio, el frío escurridizo se mete entre los huesos y no puedo escapar de él. Nada nuevo. La diferencia es que no es mi plaza.

Trato de acomodarme en una esquina oscura, abajo de los hierros que sostienen el puente. Alejado del tráfico y de la gente.

No pasa mucho tiempo antes de que llegue una pareja con la misma idea. Se tiran a unos metros. Muy cerca.

La falta de privacidad es una de las cosas que más odio de vivir en la calle, y siento cómo la incomodidad se funde con mi sangre.

Nuevamente me pongo en estado de alerta.

No me siento cómodo cerca de nadie más; la confianza es algo que no tengo el lujo de tener.

Soy una persona especialmente reservada, pero siempre estoy a la vista de todos.

Por eso me gusta tanto la plaza que queda frente a la casa de Rebecca.

Allí no suele haber gente queriendo pasar la noche.

La zona es linda, es tranquila y… creo que se sienten fuera de lugar.

Las personas suelen preferir estar donde se sienten cómodos, recibidos, con pares.

Por eso los indigentes se suelen reunir en los mismos lugares.

Pero yo no me siento fuera de lugar en esa plaza.

Me siento tranquilo. Me gusta la paz, la soledad y el silencio.

Un ruido me saca de mis pensamientos, y afino el oído para distinguirlo.

Me tienes que estar jodiendo.

¿Besos? ¿De verdad?

No tengo ganas de pasar la noche escuchando a una pareja que tiene sexo. Me pongo de pie, tomo mis cosas de mala gana y me largo de allí.

Camino sin rumbo por las calles oscuras y, antes de darme cuenta, estoy de nuevo en mi plaza.

Maldita sea.

Algo magnético me atrae una y otra vez a este lugar, y no entiendo el motivo.

Analizo la situación. ¿Me voy a otro lado?

No quiero causarle problemas a esa mujer.

Sospecho que ya tiene demasiados, y yo desde luego que también.

Pero… es tarde. Rebecca es madre soltera; debe de estar rendida a esta hora.

Probablemente ya se olvidó de mí. Espero que lo haga.

No quiero nada de ella. No necesito nada de nadie.

Solo necesito recuperar la maldita memoria y descubrir quién carajos quiere acabar conmigo y por qué.

No tengo sueño.

Me coloco cerca de un árbol, lo más lejos que puedo de su casa para evitar que me vea. Necesito quemar energía. No sé cuál era mi profesión, pero seguramente tenía que ver con actividad física. Hay pocas cosas que me den algo de felicidad y paz en esta vida, y el ejercicio físico es una de esas.

Me quito con cuidado la camisa, procurando no rozar las heridas vendadas. Hoy no me pude bañar ni curar. Mañana tendré que buscar algún lugar para hacerlo.

La dejo de lado y rebusco entre la valija hasta que consigo un short deportivo. Miro en todas las direcciones antes de quitarme el pantalón; no quiero incomodar a nadie. Espero en silencio mientras una pareja se aleja por la calle y me cambio con rapidez.

Necesito ser silencioso. No suelo entrenar aquí, y no quiero que vuelvan a llamar a la policía.

Cada vez que se acercaban a mí por las llamadas de Rebecca, me tenía que poner en modo alerta, y duraba así días enteros.

Por suerte, esos policías no tenían ni idea de quién soy.

Ahora que lo pienso, quizás no fue la decisión más sabia haberme cortado el pelo y la barba.

Quizás no me reconocían por eso. No debí hacerlo, pero no estaba pensando con claridad.

Es más difícil mantenerme aseado con tanto pelo.

No me gusta estar sucio, pero la mayoría de las veces la higiene es de las tantas cosas que no están bajo mi control.

Me arrodillo, pongo las manos en el suelo y me estiro para comenzar con las flexiones.

Veinte.

El corazón me palpita con mayor intensidad, pero la mente comienza a despejarse.

Cincuenta.

Los músculos trabajan a mayor potencia. Me siento mejor.

Cien.

Comienzan a dolerme los brazos, y el sudor me cubre el cuerpo.

—¿Te estabas escondiendo de mí?

La brisa me trae su aroma tan pronto escucho su voz.

Coco.

Mierda, no se olvidó.