17 REBECCA BEAUMONT
Se suponía que Frannie se quedaría a dormir en casa de su mejor amiga, Vicky, pero, después de la nota que recibí, no me siento cómoda estando lejos de ella.
Cuando sale de la escuela, vamos directo a casa. Aún tengo que repasar la lista que me envió Isaac, llamar a las empresas y tomar una decisión. Es viernes y eso seguramente me lleve algunos días, así que evitaré salir.
Bajamos de la camioneta y caminamos hasta la puerta.
Aprieto con firmeza la mano cálida de mi pequeña.
Una sensación de ansiedad me acompaña y, por más que lo intente, no desaparece.
Miro con nerviosismo sobre mis hombros. No hay nadie raro.
Pasan autos y personas. Nadie nos ve. No está él, y dentro de todo siento algo de alivio.
No sé cómo reaccionaría si lo tuviera frente a mí y, honestamente, prefiero no pensar en eso ahora.
Ingresamos y cierro con llave. Suelto una bocanada de aire que había estado reteniendo sin darme cuenta, como si mi cuerpo por fin entendiera que puede bajar la guardia… al menos por un segundo.
Frannie sale corriendo y una punzada de nervios me ataca de nuevo. Rápida. Inesperada. Visceral.
¿Y si alguien entró en casa mientras no estábamos?
—Amor, espera un segundo —le digo justo cuando apoya el pie en el primer escalón, lista para subir a su cuarto.
—Sí, ma.
—Subamos juntas.
Frunce su pequeño ceño de niña, pero me espera y subimos juntas a la segunda planta.
Abro la puerta de su habitación y ella entra a las corridas, directo a su cama.
—La ropa —le recuerdo—. Ve a bañarte y ponte el pijama antes de acostarte en la cama.
— Mamáááá —se queja en tono de súplica. Como si le estuviera pidiendo que vaya a escalar el Everest. ¿Cuál es el problema de los niños con bañarse? Nunca lo he entendido.
—Amor, sabes que no es discutible. No nos acostamos sucias en la cama. Anda, báñate rápido y ven. Te tendré listo el pijama.
Demostrando que tiene cero ganas al cuadrado, arrastra sus pequeños pies hasta el baño que está dentro de su habitación.
Yo abro las puertas del clóset para buscar lo que se va a poner y, luego de dejarlo sobre la cama, recorro con la mirada cada detalle del cuarto.
No hay nada fuera de lugar, nada raro o sospechoso.
Suspiro. Estoy siendo un poco paranoica.
Salgo de su alcoba y me dirijo a la mía. Entro con cautela y, rápidamente, abro la puerta de los clósets y del baño. Solo por si acaso. No hay nadie. Vuelvo a respirar aliviada.
Había olvidado lo que era sentirme así. También había olvidado lo mucho que odio esta sensación.
Me quito los zapatos y los guardo. Yo también quiero un baño. Necesito una ducha relajante. En realidad, después de las últimas horas, necesito una semana en las Bahamas, pero como eso no va a suceder, acepto que debo conformarme con un baño caliente.
Me quito la ropa y rodeo mi cuerpo desnudo con una toalla. Mis pies no se dirigen al baño, sino a la ventana. No lo planeo, tampoco lo racionalizo, pero instintivamente lo busco. La plaza está desierta. Algunas personas caminan por la calle, pero… no hay rastros de Jack .