Cuando nos encuentren 12 JACK
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12 JACK

Parezco fuera de lugar en esta cocina… O en esta casa.

Sin embargo, es el sitio en el que mejor me he sentido desde que tengo memoria.

La rabia que tenía hacia Rebecca parece haber desaparecido.

Es difícil tener ese sentimiento hacia ella luego de ver desde adentro lo que es su vida y cómo, a pesar de todo, insiste en ayudarme.

Es posiblemente la única persona que lo ha hecho desde que pasó todo.

Termino de hacer el desayuno. La sensación de normalidad es tan ajena que se siente anormal. A pesar de ello, guardo la comida de la niña en su lonchera de jirafas y coloco en la mesa un plato para Rebecca.

Escucho pasos acercándose y, de forma involuntaria, me tenso, me pongo en estado de alerta. Ingresa a la cocina y la miro sonreír al ver la comida sobre la mesa. Su sonrisa es dulce; parece sincera y brilla más que una bengala en territorio enemigo.

—Huele delicioso, gracias —nos dice a mí y a su hija, que está junto a ella.

—¿Pudiste dormir? —pregunto.

—Pocas horas, pero dormí como una bebé. ¿Y tú?

No había dormido nunca así de bien. La espalda me estaba matando por dormir en el piso.

Acostarme sobre ese colchón con sábanas limpias hizo que pasara una noche increíble y que pudiera descansar bien.

No tuve que pasar la noche con un ojo abierto, en estado de alerta, pero no puedo decirle eso.

Ya se siente en deuda conmigo, y si le digo lo que significó para mí dormir aquí esta noche, creo que esta mujer es capaz de regalarme su casa.

—Sí, gracias.

—Sé que tenemos una conversación pendiente, pero debo ir a la oficina —replica. Le da un mordisco a su comida y bebe un sorbo de café antes de continuar—: Tengo una reunión muy importante. ¿Podemos hablar cuando vuelva?

La curvatura de mis labios se eleva sutilmente.

Muero por ver cómo va a tratar de salir del enredo que armó ayer.

No puedo evitar que toda la situación me genere un poco de gracia.

Se debe de querer morir por meter a un extraño a dormir a su casa, aunque parezca disimularlo bastante bien.

No soy tan malo, así que nuevamente le doy una salida fácil.

—No es necesario. Ya dormiste, y ya puedes pensar racionalmente. Luego de desayunar, saldré. —Miro a la niña. No quiero dañar su ilusión de que soy un superhéroe—. Tengo trabajo que hacer, ¿sabes?

Frunce el ceño.

—Cuidando la ciudad, por supuesto. No puedo hacerlo desde aquí.

Frannie me observa con una sonrisa enorme en el rostro y los bigotes llenos de leche.

—¡Claro, mamá! Jack tiene que proteger a la ciudad. No lo puedes mantener aquí adentro encerrado. ¿Verdad, Jack?

Asiento.

—Espérame, por favor —dice Rebecca con tono de súplica, ignorándome a mí y a su hija—. Espérame y hablamos.

—Yo también tengo cosas que hacer.

Abre los ojos y una expresión de vergüenza se apodera de su rostro. Es más transparente que el hielo del lago Baikal en pleno invierno.

—Claro, lo siento. No quise decir que no tuvieras nada que hacer. Podemos encontrarnos por la tarde, cuando termines todas tus cosas. Como te dije ayer, tengo muchos amigos y conocidos que pueden ofrecerte trabajo.

Insiste con lo mismo. Nadie me dará trabajo en esta condición y, además, no estoy dispuesto a que ninguna persona comience a indagar sobre mi pasado o mi identidad. Es un problema que debo resolver por mi cuenta, y para eso necesito que los malditos recuerdos aparezcan de una puta vez.

—No lo harán, Rebecca, y…

—Becca —me interrumpe—. Por favor, llámame Becca.

—Bueno, Becca. No lo harán. Confía en mí. Por favor, no tienes que preocuparte por mí, ya te lo he dicho ayer. Acepté entrar porque estabas teniendo una especie de… crisis…

Me mira con los ojos entrecerrados.

—No estaba teniendo ninguna crisis.

—No vamos a coincidir en esto —respondo, y le doy un mordisco a mi desayuno.

Al terminar de comer, tomo los platos sucios para lavarlos, pero Becca me frena.

—¡Ni se te ocurra! —replica, quitándomelos de las manos y llevándolos al fregadero—. Frannie, ve a ponerte los zapatos y a cepillarte los dientes; ya nos vamos.

—Es lo menos que puedo hacer —respondo, y trato de recuperar lo que me quitó, pero no me deja. Sin querer, rozo la piel de sus manos, y una descarga eléctrica me recorre el cuerpo como dinamita. La retiro tan rápido que parece que me hubiese quemado.

Nos miramos por algunos segundos, y me pierdo en sus ojos verdes y profundos.

Nuevamente pienso en la rabia contenida que tenía en contra de esa mujer, por ser la culpable de las constantes llamadas a la policía, pero luego de pasar unas horas con ella y con su hija no puedo sentir más que empatía.

Obvio que un tipo extraño en la plaza de enfrente le iba a causar temor, si el propio padre de su hija es un violento de mierda.

Si hizo eso frente a mí, no quiero ni imaginar qué les hizo a puertas cerradas.

—Tú cocinaste —remarca, rompiendo el tenso silencio—. Uno cocina, el otro limpia. Esa es una ley internacionalmente conocida.

Deja los platos sucios, se lava las manos y se gira.

—Tú tampoco estás limpiando.

—Porque ahora no tengo tiempo, pero lo haré cuando vuelva.

—Bueno —digo. Necesito salir de aquí. Todo es demasiado raro. En las últimas horas he sentido más emociones que en los últimos tres años. Eso, sin dudas, es un peligro—. Voy por mis cosas, ya vuelvo.

—Claro —responde.

Minutos después, estoy en la puerta de su casa. No pienso darle la posibilidad de que me haga cambiar de opinión o de que se invente alguna idea absurda sobre sus amigos millonarios dándole trabajo a un indigente indocumentado. Me despido tan rápido que ni le doy tiempo de reaccionar.

Al cerrar la puerta a mis espaldas, bajo la mirada hacia el suelo. El recuerdo de la noche anterior me llega nítido y con signos de exclamación. La caja. Algo había en esa caja que hizo que Becca se asustara. Mucho. Quiso ocultarlo, pero era evidente.

¿Qué podría haberla asustado de aquel modo?

No es mi maldito problema. Ya tengo suficientes como para cargar con los de alguien más. Aunque esa cara de ángel no ayuda una mierda.