Cuando nos encuentren 11 REBECCA BEAUMONT
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11 REBECCA BEAUMONT

Necesito pensar qué significa esto, pero no tengo la mente lo suficientemente despejada para hacerlo.

Luego de dejar a Jack en la habitación de invitados y de darle las indicaciones básicas, me aseguro de que todas las puertas y ventanas estén bien cerradas.

La paranoia se apodera por instantes de mí, pero una bruma pesada me nubla los sentidos.

El agotamiento es demasiado intenso. Necesito dormir para pensar con claridad.

Entro a la habitación de mi hija y la veo durmiendo plácidamente.

Más me vale que no se despierte.

La tomo con delicadeza entre mis brazos y se remueve inquieta, pero no abre los ojos. Esa es una de las mayores ventajas de ser niño: tienen el sueño demasiado profundo.

La llevo a mi habitación y la apoyo sobre la cama para luego cerrar la puerta con seguro. Con el corazón en la garganta, reviso el cuarto para asegurarme de que no haya ningún intruso. Despejado. Me asomo por la ventana y no veo a nadie.

No es posible que haya vuelto. Tiene que ser una broma pesada. Seguro que lo es.

Me acuesto al lado de ella y la abrazo contra mi pecho.

Duerme, con respiraciones profundas y calmas.

La amo tanto. Una lágrima silenciosa me recorre el rostro.

Una presión en mi pecho se intensifica, pero la reprimo.

Sin estímulos externos, vuelvo a encontrarme a solas con mis pensamientos.

No sé qué pensar de todo lo que pasó hoy; lo único que sé es que necesito protegerla.

Extrañamente, no siento miedo por el desconocido que duerme en el piso de abajo. Aunque suene descabellado, me alivia saber que él está allí, y más aún teniendo en cuenta la nota que acabo de recibir. Ese hombre tiene pinta de poder luchar contra un intruso, incluso contra él.

Debo de estar muy mal de la cabeza para que me dé seguridad un desconocido durmiendo en mi casa.

Cuando suena el despertador, no estoy segura de si lo de anoche fue un sueño.

Me despierto sobresaltada y lo primero que hago es girar la cabeza para buscar a Frannie con los ojos, pero no está.

Me levanto de golpe y la puerta del cuarto —la que había cerrado con el seguro— está abierta de par en par.

Mierda.

Salto de la cama con el corazón en la garganta y me apresuro hasta la habitación de Frannie. Vacía. Tampoco está allí.

De pronto, percibo ruidos desde la planta inferior y un aroma me invade las fosas nasales. Bajo corriendo las escaleras y vuelvo a respirar cuando los veo.

Jack y Frannie están haciendo el desayuno. ¿Juntos?

—Mamá se pondrá muy contenta, ¿a que sí? —le dice mi niña tratando de susurrar, pero habla tan alto que puedo escucharla.

No se han percatado aún de mi presencia.

Él sonríe, si es que a eso se le puede llamar sonrisa, y le responde:

—Seguro que sí.

Luego de ordenarle a mi sistema nervioso que se calme y de explicarle que no pasó nada, tomo una bocanada de aire y me acerco a ellos.

—¿Qué es esto? —les pregunto con una sonrisa de alivio en el rostro.

—¡ Mamááá ! —Sale con el delantal de cocina puesto y una espátula de plástico en la mano—. Te has despertado muy pronto. Te queríamos sorprender.

—Vaya si me han sorprendido, amor —le digo, al tiempo que me pongo a su altura para darle un abrazo y un beso de buenos días—. Todo huele delicioso, ¿de dónde han sacado la receta? —La última pregunta va dirigida al hombre que se ve completamente fuera de lugar en mi cocina.

—Frannie la ha buscado en la tablet —responde—. Yo solo he seguido las instrucciones. Debo agregar que puede ser bastante insistente.

Una carcajada se me escapa de la garganta; es cierto lo que dice.

—Se nos hará tarde para la escuela, ve a bañarte y ponte el uniforme mientras ayudo a Jack a terminar esto, ¿te parece?

—Sí, mamá, pero prométeme que me pondrás muchos pancakes . Quiero llevarlos de almuerzo también.

—Los llevarás de merienda y comerás ahora de desayuno. De almuerzo ya tienes la vianda lista, y no puedes desayunar, merendar y almorzar pancakes . Pero mañana los podemos volver a desayunar, ¿te parece?

—Bueno —responde, y se va corriendo para arreglarse.

Una vez solos, Jack me habla.

—Lo siento, pero ella llegó cuando estaba por comer algo y comenzó a insistir en que le hiciera pancakes , y…

—No tienes que disculparte por nada. Todo lo contrario.

—Si quieres, ve y arréglate. Yo terminaré aquí. ¿Te pongo algunos para llevar?

Asiento.

—¿De verdad harías eso? —respondo sorprendida. Nunca antes un hombre me ofreció algo así. Mi parte racional entiende que es algo básico, que no es nada del otro mundo, pero hay otra parte de mí que se sorprende ante el gesto.

—Es lo menos que puedo hacer, Rebecca. No me cuesta nada.

Claro. Obvio.

—Becca. Puedes llamarme Becca.

—Bueno, Becca, ve a alistarte que yo me encargo del desayuno. Imagino que tienes que ir a esa reunión importante, y ya luego podremos terminar la conversación de ayer.

—Genial, Jack. ¡Gracias!

Camino de vuelta hacia mi habitación, y una mezcla de sensaciones me invade.

Aunque no quiera pensar en ello, no puedo olvidarme de la nota y de lo que podría significar.

Pensé que había dejado al pasado atrás, que mis pesadillas no podrían alcanzarme, pero quizás siempre estuve equivocada.

Quizás, por más rápido que corras, el pasado siempre te alcanza.

OCHO AÑOS ATRÁS

—¿Qué haces? —Lo miro con temor. Sus ojos negros, que alguna vez me habían resultado seductores, en este momento me hielan la sangre. Se está alejando de la ciudad, tomando un camino que no conozco.

—Te dije... —Respira profundo y aprieta la mandíbula, tratando de contener su ira. Una ira completamente infundada—. Te dije que no me agrada Paul.

Tiene los puños apretados con fuerza en el volante, y temo lo peor.

—Es mi compañero y nos mandaron a hacer juntos ese proyecto —respondo con firmeza, tratando de opacar el miedo. Estamos en una ruta en el medio de la nada—. Estuvimos reunidos hasta tarde porque necesitamos terminarlo a tiempo. No estábamos solos.

—Me podrías haber llamado —responde, con un tono tan frío como calculador— para que fuera a acompañarte mientras terminaban. En lugar de eso, decidiste quedarte allí hasta las diez de la noche como una puta.

No es la primera vez que me llama así. No me considero una mujer vulnerable, ni de lejos. Puedo con todo y con todos. Excepto con él.

—¿¡Por qué te llamaría!? ¡No tenías nada que hacer allí! —Me cuesta cada vez más mantener la calma.

—¡No me levantes la voz! —grita, y me hago un ovillo en el asiento—.

Y me llamas porque soy tu prometido. —Suspira profundo, mientras aprieta con más fuerza el volante—.

Y si fueras una mujer honesta, no te quedarías hasta las diez de la noche con Paul.

—Voltea a verme, alejando su mirada de la ruta nocturna—. ¿O me crees idiota?

—Teníamos que terminar el proyecto. El plazo es hasta mañana y… era una emergencia. Además, te avisé que me quedaría.

Solía ser algo celoso, pero rara vez se ponía así. Odia a Paul desde que lo escuchó invitándome a salir. Pero yo lo rechacé; no tiene de qué preocuparse. Se lo expliqué muchas veces.

Además, después de todo lo que me dice respecto de las relaciones, después de todo lo que piensa sobre la monogamia, tiene cero sentido su actitud. ¡Cero sentido!

Intento ocultar los temblores nerviosos que comienzan a recorrer mi cuerpo.

—Vas a aprender la lección —se limita a decir, al tiempo que se aleja de la ruta y estaciona en el costado de tierra.

¿Qué mierda va a hacer?

Está todo demasiado oscuro, y no pasan autos por allí. Ni siquiera sé qué camino tomó luego de que saliéramos, pero ya no estamos en la ciudad.

—¿Qué haces? —pregunto.

—Bájate del carro —ordena, apagando el motor.

—¿Qué dices? ¡No me voy a bajar aquí!

Gira el rostro de forma amenazadora, y lo que veo en sus ojos me congela. Necesito ayuda. Necesito salir de aquí, y no me refiero únicamente al vehículo.

—¡Bájate ahora! —El grito sordo me deja petrificada y no tengo más opción que obedecerle.

¿Qué va a hacer? ¿Me dejará sola en mitad de la noche, en una carretera desconocida? No sé si me da más miedo seguir en el auto con él o encontrarme con un asesino en serie en este lugar baldío.

Me bajo del auto, temblando, y él hace lo propio. No me va a dejar allí. ¿Me va a golpear? Nunca lo ha hecho, o por lo menos no intencionadamente. Lo de antes han sido accidentes.

Se acerca a mí de forma sigilosa. Es alto y ha practicado boxeo gran parte de su vida. No tengo ninguna chance contra él.

Sigue caminando hasta quedar justo frente a mí, y me toma por los hombros con demasiada fuerza.

Lo siguiente que hace es tomarme el rostro con la misma fuerza y darme un beso en contra de mi voluntad. No me animo a quitarme, aunque eso es precisamente lo que quiero hacer.

—Vas a aprender la lección, y esto no volverá a suceder. Todo lo que hago es por tu bien —replica con desprecio.