Cuando nos encuentren 6 REBECCA BEAUMONT
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6 REBECCA BEAUMONT

No le respondo porque estoy en estado de shock . De shocks , en realidad.

Primero, el progenitor de Frannie me dice que debo dar marcha atrás al viaje que tengo planeado hace meses.

Luego, casi atropellan a mi hija.

Seguido de eso, Mason ingresa a mi casa a los gritos y casi me asfixia.

Finalmente, me doy cuenta de que mi baño es en realidad un portal a otra dimensión, porque no es Jack a quien tengo frente a mí, sino a un actor muy famoso de Hollywood. ¿Quién? No tengo la más mínima idea, pero estoy bastante segura de que ese hombre solo puede ser un actor de cine.

¿Qué mierda?

Se cortó el cabello y la barba, y ahora se puede ver su rostro. Tiene la mandíbula cuadrada, unos labios carnosos y todo queda perfectamente enmarcado por las ondas castañas de su cabello. Las cejas gruesas y una manzana de Adán que… ¡Rebecca, basta!

¿Cómo puedo estar pensando en esto luego de todo lo que acaba de suceder?

—¿Estás bien? —repite.

Claro, sigo muda como una idiota y lo miro como si fuera un animal de circo.

—Sí, sí. —Me sacudo y trato de recuperar la compostura—. Siento que hayas tenido que presenciar eso.

Él se aleja un poco de mí y levanta una ceja, extrañado.

—Nada de eso ha sido tu culpa, así que no entiendo por qué te estarías disculpan… ¡Mierda! —dice, mirando detrás de mí. Primero no entiendo a qué se refiere, hasta que el humo inunda mis fosas nasales.

Genial, lo que me faltaba.

Jack sale disparado hacia las llamas que ahora salen del sartén.

Busca algo con la mirada, mientras yo corro alterada hacia el grifo para servir agua en un pote.

—¡No! —replica serio—. No se puede apagar el fuego de la cocina con agua. ¿Dónde hay una tapa? —comenta en estado de alerta, aunque mantiene la calma—. Necesitamos la tapa de cualquier sartén u olla.

Me agacho hacia el mueble donde los guardo y le entrego una grande, que él coloca sobre el fuego.

Nos quedamos mirando cómo poco a poco se extingue.

Suspiro, aliviada. Este día perfectamente podría haber terminado con la casa prendida fuego. Nuevamente, Jack me salva.

—Gracias —atino a decir—. ¿Por qué no se puede apagar con agua?

Frunce el ceño y busca la información en su cerebro.

—No lo sé —dice—. No lo recuerdo.

—Ah, bueno… Me alegro. Luego buscaré el motivo y me aseguraré de recordarlo para la próxima. Aunque espero que no haya una próxima vez.

—Yo también lo espero —dice a secas.

Sigue parado en mi cocina, con un jean viejo de Mason, descalzo y con las gotas de agua aún recorriendo su torso.

Por lo que dice a continuación, parece que no soy muy discreta.

—Lo siento. —Baja la mirada hacia sí mismo y yo me pongo roja como un tomate—. Escuché ruidos y me asusté. Solo atiné a ponerme el pantalón antes de… ya sabes.

—No, por favor. Más bien, gracias. De verdad. Por todo. No sé cómo podré compensarte por todo lo que has hecho hoy por mí.

Creo que debo agradecer que haya sido él quien salvara a Frannie y no otra persona. Desde ese momento, no ha hecho más que ayudarme.

—No te preocupes, Rebecca. Cualquiera hubiese hecho lo mismo.

Lo dudo mucho.

Ese hombre, que debería odiarme, de alguna forma me está salvando la vida.

—Voy a recoger las cosas y a cambiarme —comenta, y se aleja hacia la habitación de invitados.

Me quedo sola, mirando lo que iba a ser un desayuno perfectamente balanceado para Jack y que ahora se ha convertido en una masa carbonizada.

Luego de subir a la habitación de Frannie y confirmar que sigue dormida, vuelvo a la cocina y dejo de lado el desastre de huevos quemados. Comienzo a preparar un nuevo desayuno, superabundante.

Para cuando Jack vuelve del baño, solo me falta poner los huevos y las tostadas (para que los pueda comer recién hechos). Ya el aguacate está perfectamente picado en el plato, y las fetas de queso también.

—¿Cómo te gusta el café? —pregunto, y señalo hacia el taburete para que se siente frente al mantel de cuadros—. Termino los huevos y las tostadas y te sirvo.

—Me da igual —responde.

Le sirvo la taza de café como me gusta a mí: con leche espumosa y un toque de cacao. Se la entrego, coloco los huevos en el sartén a fuego mínimo y los revuelvo un poco. Luego me siento frente a él, mientras los huevos terminan de cocinarse.

Esta es la situación más bizarra que he vivido, y Jack es un hombre extraño, ermitaño y que da bastante miedo, pero hoy me salvó la vida más de una vez.

¿Cómo terminó en la calle?

Por la forma en que camina, por sus modales, por su físico trabajado…, sin dudas no parece un mendigo ordinario. La curiosidad me supera, y quisiera pensar en algo que no sea en todo lo que pasó.

—Jack, cuéntame algo de ti.

Termina de beber un sorbo de café y me responde.

—No hay mucho que decir. —Su voz es gruesa y firme.

Jack no es muy conversador. Anotado.

—Seguro que sí. Eh… sé que muchas noches duermes en la plaza. ¿No tienes familia?

¿Qué tipo de pregunta es esa, Rebecca? ¿Alguna vez alguien te enseñó la palabra «tacto»?

Es prácticamente imposible ser más imprudente que yo; podría ganarme el premio Guinness a la imprudencia, estoy segura. Pero no lo hago a propósito; las palabras salen de mi boca en ocasiones así, sin pasar por los lugares cerebrales que se supone que deben tener un freno o filtro.

Es posible que me mande a la mierda, pero honestamente tengo mucha curiosidad por saber cómo aquel hombre que parece capaz de trabajar, y por momentos no parece ser un delincuente, ha acabado como un mendigo. Hay algo en él que me dice que eso no cuadra.

—Prefiero no hablar de eso —responde.

Se complica un poco romper el hielo de esa forma.

—Mmm… Claro, entiendo. Y… ¿qué te gusta hacer?

Me mira, como diciéndome «¿De verdad? Qué preguntas de mierda», pero… ¿de qué más puedo hablar con él? No soy muy buena manteniéndome en silencio.

Claramente.

—¿Ese...? —Mira hacia la puerta de casa—. ¿Ese es el padre de tu hija?

Ah, mierda. Una pregunta. Para mí. Lástima que sea de un tema que no me hace demasiada ilusión, pero algo es algo.

Asiento.

—Sí, pero ya no estamos juntos.

—¿Están divorciados?

—No exactamente. Él se ha negado a firmar los papeles de divorcio. Quiere que le demos otra oportunidad a lo nuestro, pero yo…

—No —interviene—. No estarás pensándolo, ¿verdad? Menos después de lo que vi.

Auch . Quedar así de expuesta ante un desconocido no es agradable. Las discusiones con Mason siempre fueron privadas, y veo en la mirada de Jack cómo me juzga. No sé por qué, pero instintivamente siento que tengo que justificarlo.

—Él estaba al teléfono. Cuando pasó todo. Escuchó los gritos y... Lo olvidé por completo y no lo volví a llamar. Yo hubiese hecho lo mismo si pensara que a mi hija le ha pasado algo.

—Apuesto una mano a que cuando te tomó por el cuello y te arrinconó con violencia, él ya sabía que la niña estaba bien.

Me mira. Me reta a que lo niegue, pero las palabras no salen de mi boca.

—No hay justificación alguna para ponerle la mano encima a una persona inocente, a una mujer, a la madre de tu hija. No trates de justificarlo.

Mira a su alrededor. Me observa, detallando cada rincón de mi rostro y de pronto me siento completamente desnuda, vulnerable.

—No pareces el tipo de mujer que justificaría el abuso de una pareja.

Auch . Así que los prejuicios funcionan en ambos sentidos, ¿no? Duele escucharlos de otra persona porque Jack tiene razón. Ninguna persona que me conozca diría que soy el tipo de mujer que justifica un abuso. Pero al parecer aquí estoy, haciendo justamente eso.

No llego a responderle. No sé qué decirle.

—Me gusta el boxeo y a veces doy clases de defensa personal a algunas personas de la calle —dice, retomando la pregunta que le hice hace unos momentos, pero que luego de esta conversación parecen horas. Me sorprendo. No pensé que me fuera a responder.

—Ah, ¡qué interesante! —replico con más entusiasmo del que amerita, y con alivio por el brusco cambio de tema—. Y… ¿sueles practicar? ¿Te pagan por las clases? ¿Dónde aprendiste?

Quizás por eso está tan… ancho.

Es sorprendente la capacidad que tiene mi cerebro para saltar entre temas y pensamientos sin ningún tipo de relación o coherencia entre sí.

—A veces, con algunos compañeros. Y no, no me pagan. La calle es un lugar peligroso, y no todas las personas saben defenderse. Es mi manera de ayudar de alguna forma.

¿Este tipo que vive en la calle da clases gratis de defensa personal para ayudar a gente que lo necesita? ¿Acaso no se da cuenta de que él necesita el dinero? Además, si tiene esa habilidad, ¿por qué no busca trabajo de eso?

—¿Compañeros de dónde?

—De la calle.

Y sí, amiga… ¿De dónde más?

—Ah… Y si se puede saber… ¿Cómo terminaste?… Ya sabes…

—¿En la calle? Puedes decirlo, no vas a herir mis sentimientos.

De acuerdo, también va de frente. No se anda con rodeos.

—Sí, disculpa, a eso me refiero. ¿Cómo acabaste durmiendo en la calle?

—Se queman. —Me señala hacia la cocina con la cabeza y cuando volteo, los huevos están a punto de quemarse. ¡Otra vez!

—¡Ah, mierda! Lo siento. —Saco el sartén del fuego a toda prisa. No voy a darle huevos quemados. Quién sabe desde hace cuánto no come. Aunque después de haberlo visto sin camisa, puedo dar fe de que no está desnutrido. Igual, no le voy a dar huevos quemados—. Ya mismo hago otros, no te preocupes.

—Dame esos, no pasa nada —me dice antes de que los tire en la basura.

—No voy a darte comida quemada, Jack.

—No deberías tirar comida solo porque está un poco más dorada que de costumbre, Rebecca. Mucha gente no tiene para comer. No están incinerados como los otros.

Mira al sartén que se había prendido fuego y que sigue a un costado.

Mierda, tiene razón. ¿¡Iba a desperdiciar comida frente a un mendigo!? ¿¡Qué clase de persona soy!?

Imprudencia. Otra vez, en menos de ¿tres minutos? Quizás ya estoy batiendo mi propio récord personal.

—No iba a tirarlos —miento, y por la expresión en su rostro, se da cuenta—. Estos huevos me los comeré yo. A ti te haré otros.

Frunce el ceño y me observa.

—¿Tú ibas a comer conmigo? —replica con expresión incrédula, con los brazos cruzados sobre la mesa de la cocina y observando que solo hay un plato servido—. ¿Esos huevos quemados? —Observa el sartén con una ceja levantada.

No solo no tenía pensado desayunar con él, sino que tampoco me hubiese comido eso. Detesto el sabor de los huevos quemados.

—No pude desayunar —miento otra vez.

Me sirvo los huevos y una tostada (ya que en realidad no tengo hambre) y me los como rápidamente, tratando de no saborearlos.

Qué asco.

Mientras tanto, le hago una nueva tanda a Jack, y esta vez queda perfecta.

La tercera es la vencida.

Le sirvo los huevos junto a las cuatro tostadas y el resto de los ingredientes que había agregado a su plato. Me siento orgullosa de lo delicioso que se ve.

—Gracias. Se ve bien.

¡Un cumplido de Jack! Vaya, unos buenos huevos revueltos no quemados pueden hacer maravillas.

Me siento nuevamente frente a él, para acompañarlo mientras come.

—Bueno, volviendo a lo que estábamos hablando antes…

¿Me quieres contar? ¿Cómo acabaste en la calle?

Te puedo ayudar, ¿sabes? A buscar algún trabajo.

Es lo mínimo que puedo hacer por ti después de todo lo que hiciste.

Además, si das clases de defensa personal gratis, quizás podrías encontrar trabajo de eso. Trabajo remunerado.

—Ya te dije que no necesito tu limosna.

Otra vez con lo mismo. Al parecer, Jack también es un hombre orgulloso, y no le gusta recibir ayuda.

—No es limosna. Es ayuda. Y la necesitas.

Sube la mirada y me atraviesa por completo, como si tuviera rayos láser. ¿Quizás se me fue un poco la mano? No debí decir eso.

Rebecca, basta. Hora de cerrar el pico.

Jack me escudriña y me siento como si le estuviera contando mis más profundos secretos, pero no estoy haciendo nada…

Abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar e intensifica su mirada sobre mí. Finalmente, responde.

—Perdí la memoria, ¿de acuerdo?

Me quedo observándolo, en silencio y un poco perpleja.

—Cuando dices que perdiste la memoria, ¿a qué te refieres exactamente?

—No recuerdo nada de mi vida —responde, y su semblante se apaga. Es un tema difícil para él—. Lo único que recuerdo son los últimos tres años.

Mierda. Eso suena muy fuerte.

—Pero sí recuerdas tu nombre, ¿no? ¿Recuerdas si tienes familia? ¿Amigos? ¿Algo?

Niega con la cabeza.

—Uso el nombre de Jack porque me gustó. Es común. Fácil. Pero no recuerdo quién soy en realidad.

No sé muy bien qué decirle, pero de inmediato se prende la parte interna de mí que necesita solucionar los problemas de todo el mundo. Seguro alguien lo debe de estar buscando. Quizás tenga familia.

—¿Has ido a la policía? Si no sabes quién eres, ellos pueden averiguarlo.

Tal vez sí puedo ayudarlo después de todo. Puedo ayudarlo a descubrir su verdadera identidad y recuperar su vida.

—No he ido y no iré —responde a secas.

La esperanza que había nacido en mi pecho se debilita. ¿Por qué no querría hacer eso? No tiene ningún sentido.

—¿No quieres saber quién eres? No entiendo.

—Estoy bien así.

¿A quién pretende engañar? Está claro que no está bien así. Está viviendo en la calle y no recuerda su pasado. Nadie podría estar bien así. Algo no me está diciendo.

—No puedes decirlo en serio, Jack —digo con una confianza que no tenemos—. ¿Prefieres dormir en la calle que descubrir tu identidad? Eso no tiene sentido.

Me observa como si lo hubiera lastimado y planeara asesinarme.

—No hables como si me conocieras, Rebecca.

Una mirada gélida emerge de aquellos ojos negros.

—Lo siento, pero has dicho que no iba a herir tus sentimientos.

—Prefiero no hablar de eso.

No puedo seguir insistiendo, pero me da curiosidad. Demasiada curiosidad.

—Pero no pareciera que no recuerdas… —digo, y sube la mirada hacia mí, con una ceja levantada y una expresión de curiosidad.

—No pareces tener problemas en saber cosas. Por ejemplo, sabías lo del fuego… ¿Cómo lo sabías? ¿Y dónde aprendiste defensa personal?

Pienso que no me va a responder, pero lo hace.

—No sé… Es extraño. Porque si bien no tengo los recuerdos como tal de mi vida, muchas veces hago cosas y pienso cosas que no sé cómo las sé.

Por ejemplo, lo del fuego. También se me da bien el boxeo, y no sé cómo o dónde aprendí las técnicas de defensa personal, pero las sé.

También conozco algunas cosas como más generales, del mundo…

No sé… El problema parece ser con mis recuerdos personales, íntimos.

Wow. Varias cosas.

Primero: qué difícil debe de ser eso. No recordar tu vida. Tu pasado. Familia. Amigos. Identidad.

Segundo: esa es la oración más larga que ha dicho desde que lo conozco, y siento como si necesitara desahogarse con alguien.

Tercero: estoy segura de que algo no me está contando. El no querer ir a la policía y al hospital no es un comportamiento normal en estas circunstancias… ¿Qué oculta?

Termina de comer y se levanta para lavar el plato, pero lo freno y se lo quito de las manos.

—Nada de eso —digo—. Eres mi invitado.

Tuerce una minúscula (casi imperceptible) sonrisa y me agradece.

—Espérame en la sala, y ya voy para que curemos esas heridas.