Cuando nos encuentren 7 REBECCA BEAUMONT
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7 REBECCA BEAUMONT

Busco en el botiquín de emergencia gasas, algodones, vendas y agua oxigenada. Luego voy a la cocina por hielo.

Cuando llego con las cosas a la sala de estar, él tiene el torso desnudo.

Está de espaldas, y no hay censura en las heridas profundas causadas por el accidente.

Trago saliva con dificultad. La sangre ha comenzado a secarse en ellas.

Cada movimiento debe de sentirse como una tortura, pero no se ha quejado ni una sola vez.

—Siéntate, he traído esto para curarte —comento, mientras comienzo a organizar lo que he traído sobre la mesa. En pocos segundos, parece una sala de emergencias.

Hace lo que le pido y, sin revelar ninguna expresión que me pueda indicar qué le pasa por la cabeza, se acomoda frente a mí.

—Toma, ponte este hielo en el tobillo, yo lo ataré con la venda.

Acepta la bolsa de hielo, alza un poco la pierna y se la coloca. Me arrodillo frente a él y ajusto la venda para mantener el frío y ayudar a desinflamar. No es una fractura; si lo fuera, no podría ni apoyar el pie.

—Muéstrame las heridas, las desinfectaré —comento con la voz un tanto temblorosa.

No sé si estoy mentalmente capacitada para ver más de cerca su espalda, y mucho menos para tocarla.

Efectivamente, se ve aún peor, y la culpa me carcome por dentro.

Si no hubiese dejado la puerta abierta sin supervisión, nada de esto hubiese pasado.

Ni el accidente ni la confrontación con Mason.

Me tenso al ver su piel. Tiene otras marcas, anteriores.

Una enorme quemadura curada y varias cicatrices viejas.

¿Qué le habrá pasado antes? No me llevo bien con la sangre.

Algunos de los cortes frescos tienen suciedad en el interior.

Voy a tener que desinfectar, y siento que voy a vomitarle encima.

—Esto seguro dolerá un poco —digo en voz baja, y un temblor recorre mi cuerpo—. Lo siento.

Vierto agua oxigenada sobre el algodón.

Sus músculos se contraen ante la expectativa, pero no dice nada.

Segundos después, lo apoyo sobre la herida más grande y comienzo a limpiarla con cuidado.

Contengo la respiración. Me da mucha impresión.

Nunca podría haber estudiado Medicina. Hace algunos movimientos involuntarios.

El agua oxigenada comienza a hacer burbujas sobre su piel, pero mantiene un silencio absoluto.

—Puedes quejarte —digo—. Si te duele. No tienes que hacerte el fuerte, Jack. Puedes llorar si quieres.

—No voy a llorar. —Es todo lo que dice.

Mientras continúo limpiando sus heridas, me permito pensar en lo injusta que he sido con él.

Desde que se instaló en la plaza que queda frente a mi casa, no he hecho más que juzgarlo, llamar a la policía y pedir que lo desalojaran.

Hasta hace nada, le tenía pánico, pero ya no.

No me ha dado motivos; todo lo contrario.

Prejuicios, prejuicios y más prejuicios son lo único que tenía. Ni una sola vez me senté a pensar en él. En cómo llegó a estar en esa situación. En que era una persona que sentía frío y pasaba hambre… Que no dormía en la calle por placer o por amor a la naturaleza.

Es tan fácil ser apático con la desgracia ajena...

Está tan naturalizada en el mundo que nos invita a hacer la vista gorda, a mirar a otros por encima del hombro.

Yo soy una empresaria, tengo mi maldita empresa, y lo único que hago es donar algunos miles de dólares al año para sentir que hago algo por alguien que no sea yo misma, pero ¿a quién engaño?

Soy una persona de mierda. Soy egoísta y me siento mal por saber en quién me he convertido.

Por lo menos en ese aspecto. Quizás estoy exagerando, pero en este momento me siento como una gran basura humana.

Termino de limpiar sus heridas, en absoluto silencio, y las cubro con gasas que ajusto con cinta hipoalergénica.

—Listo —digo, y mi voz sale como un susurro ahogado.

Se pone de pie y se coloca la camisa vieja de Mason que le traje hace un rato.

—Gracias —responde.

Camina descalzo hacia donde dejó las medias sucias y sus zapatos. Está por ponérselas cuando lo freno.

—¡Espera! —No puedo permitir que use unas medias sucias, ¡qué asco! —Tengo algunas medias. Ya regreso.

Subo a mi habitación a las corridas y meto en una valija toda la ropa que quedaba de Mason: medias, camisas, algunos pijamas y pantalones. Los zapatos no le van a entrar, por lo que ni se me ocurre llevárselos.

Vuelvo a la sala y le entrego la valija.

—Ahí hay algunas cosas que te pueden servir. No tienes que devolverme nada —aclaro.

—No es necesario. No quiero causarte más problemas —dice, y me sorprende lo perspicaz que es. Se da cuenta de todo.

—No me meterás en ningún problema. Hace años que no usa esas cosas. Ni debe de recordarlas.

No lo nombro. Él tampoco. Pero ambos sabemos de quién estamos hablando.

—Gracias, has sido muy amable. —Abre la valija, toma un par de medias y se las coloca antes de ponerse los zapatos sucios y rotos—. Gracias nuevamente por la comida, la ducha y la ropa. Gracias por todo, pero ahora debo irme.

Se instala un nudo en mi estómago. ¿Irse a dónde? ¿A la plaza de enfrente? ¿A dormir en la calle? ¿A pasar el día haciendo qué?

—¿A dónde vas? —pregunto, y me mira con los ojos entrecerrados.

—Pues... Afuera. Aprovecharé para llevar al refugio algunas de las cosas que me has dado —agrega—. Si no te molesta, claro.

Este hombre, que me daba miedo hasta hace un par de horas, podría ser un santo. No tiene nada, ¿y piensa llevar las pocas cosas que tiene para compartirlas? Eso solo hace que me sienta aún peor.

Siempre trabajé muy duro por lo mío. Nadie me regaló nada y llegué a donde estoy a fuerza de sudor y lágrimas, pero… nunca vi más allá de mi ombligo, y Jack me lo está haciendo notar.

—No, para nada, no me molesta, pero… ¿no las necesitas tú?

Necesitaba que me hiciera entender cómo era posible desprenderse tan fácilmente de las pocas cosas que tenía, cuando nada le aseguraba que no las fuera a necesitar.

—Estaré bien con un par de cosas; el resto puedo compartirlo.

Una presión se instala en mi estómago y me siento muy incómoda. Este día viene de mal en peor. Me di cuenta de que soy una madre de mierda, y mi hija casi muere por mi culpa. También me estoy dando cuenta de que soy una persona peor, y… no me gusta esa sensación. No me gusta para nada.

—En ese caso, espera un segundo más —le pido—. Tengo algunos zapatos de hombre, pero no los traje porque a ti no te van a quedar. Pero supongo que puedes llevarlos al refugio también.

Probablemente comenzaré a donar a todas las organizaciones benéficas de la ciudad.

—Sería genial. Gracias.

Busco los zapatos y se los entrego.

—¿Dónde queda? El refugio —le pregunto con honesta curiosidad.

Quizás algún día pase por allí a llevar más cosas.

Tengo un montón de ropa que hace mil años que no uso.

También una gran cantidad de cosas de Frannie que ya no le quedan e incluso juguetes que no usa, aunque siguen en su cuarto… De decoración.

—En Kingston Street —responde.

—Eso no está tan cerca de aquí. O sea, no como para ir caminando. Te puedo llevar, si quieres.

—¿Mami? —La voz de mi hija recién despierta nos hace girar la cabeza hacia las escaleras.

—Cariño, ven aquí. ¿Te acuerdas de Jack?

No quiero que ella crezca siendo igual de egoísta y mala gente que yo. Quiero que sea una mujer agradecida, noble y empática. Ella se queda observando al mendigo convertido en actor de cine e inclina la cabeza como si no pudiera reconocerlo. Como los perros cuando escuchan un sonido extraño.

Claro que no puede reconocerlo.

Como si él estuviera viendo los engranajes trabajando en la mente de mi niña, le habla.

—Es que me he hecho un corte de pelo, pero nos conocimos hace un rato —le comenta, y siento cómo cambia el tono de su voz al dirigirse a ella. Es un poco más… Mmm… Menos fuerte, digamos.

Frannie abre los ojos de par en par y sale disparada hacia él y lo abraza. Se queda congelado por unos segundos, pero luego se agacha para devolverle el abrazo, con su mirada profunda clavada en mí.

—Gracias por salvarme. Sabía que eras real.

—¿A qué te refieres? —le pregunta cuando se aparta de él.

—Es obvio que eres Superman, aunque estabas disfrazado para... Ya sabes… Para pasar desapercibido y todo eso. Seguro que alguien quiere lastimarte con kriptodita y por eso te ocultas siempre en la plaza.

Un resoplido semejante a una risa escapa de Jack y hace que me sorprenda.

—Será nuestro secreto, ¿de acuerdo? —Una pequeña sonrisa se asoma en su rostro y ella lo mira con admiración, como si realmente tuviera a Superman frente a sus ojos.

No sé si es Superman, pero sin dudas hoy ha sido nuestro héroe.

—De acuerdo, pero debo advertirte que a papá no le gustará nada que lleves puesta su ropa.

Momento de intervenir para Rebecca.

—Te aseguro que a su padre no le importará.

—Mami, sabes que papá suele molestarse por todo, y ¿qué crees que diga si…?

—Frannie, vamos a comer algo. —La cargo y la llevo a la cocina, intentando que no termine esa frase. Está pesadita; ya no es una bebé. Su cabello rubio está atado a una coleta despeinada.

—Gracias por todo, Rebecca. Ha sido un placer conocerte —me dice Jack desde la puerta. Me giro para insistir en que me espere, que lo alcanzo al refugio, pero, cuando me doy cuenta, ya no está. Se fue sin darme tiempo de decir nada más.

Un vacío se asienta en el centro de mi cuerpo, y un gusto amargo me quema la boca.