Cuando nos encuentren 5 REBECCA BEAUMONT
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5 REBECCA BEAUMONT

¡Me olvidé por completo de Mason!

La conversación. El permiso. El viaje. Él estaba al teléfono cuando pasó todo. Me escuchó gritar y no le devolví la llamada. Está alterado, y con razón.

—¡Lo siento! —digo rápidamente, y me acerco a él a toda prisa—. Ella está bien. Está dormida ahora. Por favor, baja la voz.

—¿¡Qué carajos pasó, Rebecca!? —sisea con rabia, y me arrincona contra la mesada de la cocina. Me toma por el cuello de la camisa y clava sus ojos marrones en mí como una daga.

Tiemblo. Todo me tiembla. Las náuseas se intensifican. Las palabras me salen erráticas.

—Ella está… bien. Está… perfecta. —Trato primero de calmarlo antes de explicarle todo. Pero él sigue allí, sobre mí. Y con una mano me aprieta la garganta.

—Escúpelo. Qué. Carajos. Pasó.

Tengo que explicarle. Como puedo, trato de hacerlo. El pánico se apodera de mí de nuevo. Este sentimiento lo reconozco muy bien. El recuerdo me atraviesa y no puedo bloquearlo.

NUEVE AÑOS ATRÁS

Está por llegar. No he podido terminar de limpiar la mancha de vino del sofá. No le gustará para nada. La puerta de casa se abre y me tenso en el lugar. Escucho las llaves, sus pasos, incluso su respiración.

—Cariño. —Tengo que adelantarme a la situación o será peor. No puedo ocultárselo—. Tuve un pequeño accidente, pero ya me estoy encargando.

Frena en seco al llegar a la sala y su expresión me da pánico.

—¿Qué accidente?

Me muevo y señalo la mancha, para que pueda verla.

—¿Qué pasó? —No alza la voz. No grita. No tiene que hacerlo. Eso es lo peor de todo. La calma en él es directamente proporcional a la amenaza de lo que vendrá.

Se acerca a mí. Un paso. Dos. Pocos segundos después, está tan cerca que solo debe inclinarse un poco para que nuestros pechos se rocen.

—Estaba por servir unas copas de vino para recibirte... —Trato de mantener la calma y no sonar tan aterrorizada como me siento—. Y sin querer derramé un poco en el sofá. Pero no te preocupes, lo voy a solucionar.

—No seas estúpida. Eso no va a salir.

—Si no, me encargaré de tapizar. Lo solucionaré, lo prometo.

—No tienes donde caerte muerta. Menos tienes para tapizar un sofá.

El miedo recorre mis venas y se filtra por cada célula de mi cuerpo.

—¿Sabes lo que significa? —Su voz es fría. Gélida.

Asiento.

Me toma por el cuello y aprieta sus manos con fuerza alrededor. Se me dificulta respirar, pero no me muevo. No me hará nada grave. Solo debo hacer lo que dice.

—Quiero que cumplas con lo que te pedí el otro día —replica—. Así pagarás por lo que acabas de hacer.

Me sube la bilis a la garganta. No estoy preparada para eso, y se lo he dicho.

—No estoy segura de…

—No es una pregunta.

Mason sigue frente a mí. No me ha soltado y espera una explicación. Las piernas me tiemblan, y el regusto amargo del recuerdo me quema la garganta.

—Salió corriendo y pasó un auto, pero un hombre…

Una voz intensa interrumpe mis palabras.

—Quítale tus putas manos de encima ahora mismo.

Reconozco esa voz. Es Jack. Pero no puedo mirar a ningún lado. Mis ojos están fijos en la cara de Mason. Lo veo voltear en dirección al sonido.

—¿Quién mierda eres tú? —No me suelta. No se mueve.

—No volveré a decirlo. Quita tus manos de ella ahora mismo o te vas a arrepentir.

No grita, pero no hay nada de suave en sus palabras. Son afiladas. Son peligrosas.

Mason no retrocede. Todo lo contrario; me presiona con más fuerza.

Unos segundos después, sale disparado lejos de mí y cae al suelo. Jack se alza sobre él, que retrocede y trata de levantarse.

—Jamás le vuelvas a poner un dedo encima. Ni a ella, ni a ninguna mujer, cobarde hijo de puta.

—¿¡Quién eres!? —le pregunta alterado, y me busca con la mirada—. ¿¡Qué hace un tipo semidesnudo en mi casa, Rebecca!?

¿Semidesnudo?

Me permito mirar a Jack solo un segundo y… está sin camisa. Solo lleva pantalones, y las gotas de agua aún corren por su piel.

—Puedo explicarlo. —Mi voz vuelve a temblar, y lo odio. Odio no poder ser yo misma frente a él. Odio no ser la mujer de negocios cuando estoy en casa.

Se pone de pie y se dirige a Jack.

—Esta es mi casa, y no sé quién eres tú, pero más te vale que te vayas antes de que llame a la policía.

Jack se queda muy quieto y sus pupilas se dilatan, pero no se va. No retrocede.

—Me importa una mierda si eres el alcalde de Boston o el maldito papa. No permitiré que la trates así.

—Esta ya no es tu casa, Mason. Vete. Frannie está perfecta, puedes quedarte tranquilo, pero ahora mismo necesito que te vayas.

—¿¡Te volviste loca!? ¿¡Crees que me voy a ir y te voy a dejar con este...? —Sube la mirada hacia Jack y lo mira con desprecio—. ¿¡Con este tipo!?

—Ya te dijo que no es más tu casa, y no creo que a la policía le guste mucho que vayas por ahí agrediendo mujeres. Así que más te vale que te largues, respires hondo y esperes a que ella se comunique contigo para hablar de lo que sea que tengan que hablar. Pero ahora, te vas.

Es una orden. Jack se alza sobre Mason, con todos los músculos de su cuerpo tensos y sin quitarle la mirada de encima ni un segundo. Mason parece dudar. Lo mira y no entiende qué rayos está pasando, y con razón. Nunca vi a nadie hablarle así.

—¿Quién eres? ¿Y quién te crees para darme órdenes?

Su voz ronca tiene un ligero temblor, que no es usual en él. Jack se acerca aún más y lo toma con fuerza por el cuello de la camisa. Luego lo empuja hacia la pared.

—No me gusta repetir las cosas, Mason —espeta. Sigue sin alzar la voz. No lo necesita cuando cada fibra de su cuerpo emana la palabra «peligro». No solo lo veo yo; también lo ve mi ex, que parece aterrorizado.

—Él salvó a Frannie —digo, intentando calmar las aguas—. Por favor, hagan silencio, ella está dormida y no quiero que se despierte. Mason, te pido que te vayas; luego te llamo y te explico todo.

—Quiero verla —dice.

Jack afloja el agarre y se mantiene entre nosotros como una barrera protectora. Lo sigue con la mirada, como un halcón a su presa.

—Está dormida. —Mi voz es una súplica—. Por favor, tuvo una mañana muy complicada y quiero que pueda descansar. A la tarde te llamo y pasas a verla, ¿sí?

Primero me mira a mí y luego a Jack, con ira. Sorprendentemente, se va, aunque no sin antes dejar una amenaza colgando en el aire.

—Esto no se va a quedar así.

La puerta se cierra con fuerza y nos quedamos Jack y yo, solos. Mi respiración se entrecorta y me bajan las pulsaciones.

Él se acerca a mí con grandes zancadas y me sostiene por los hombros, evitando que caiga al suelo. La preocupación está teñida en su rostro. Me sostiene con firmeza. Tomo una bocanada profunda de aire, y luego otra, y otra…, hasta que puedo volver a respirar con normalidad y se me pasa el mareo.

—¿Estás bien?

—Lo siento —le digo.

—¿Por qué lo sientes?

Me escudriña con la mirada y, por primera vez desde el altercado, me detengo a detallarlo.

Jack no parece Jack.