Cuando nos encuentren 4 REBECCA BEAUMONT
4%

4 REBECCA BEAUMONT

Frannie se quedó dormida abrazada a mí a los pocos minutos de acostarla. Seguramente fue el shock . La dejaré descansar y luego tendré una conversación muy seria con ella.

Camino hacia las escaleras con un nudo en la garganta y en la boca del estómago. No voy a pensar en lo que pudo haber pasado.

No pasó.

Abajo se encuentra Jack, y ya lo dejé solo mucho tiempo.

¿Tomé una decisión apresurada al invitarlo a mi casa? Totalmente.

¿La falta de sueño y la poca cordura que me quedan tienen algo que ver? No lo voy a negar ni a confirmar.

¿Existe la posibilidad de encontrar mi casa desvalijada? Bueno, espero de veras que no sea el caso.

Sorpresivamente, está en la misma posición en la que lo dejé, y mi casa sigue intacta.

Me acerco a la cocina y trato de centrarme en el aquí y ahora. Todo saldrá bien.

—¿Te apetece algo de comer? —Jack me sigue con la mirada mientras me paseo inquieta y tomo algunos ingredientes.

Estoy incómoda. Ese hombre gigante, oloroso e imponente está en el medio de mi cocina observándome fijamente—.

Mientras lo preparo, puedes tomar una ducha, tengo algo de ropa que te puede servir y…

después vemos esas heridas, ¿qué te parece?

—Está bien, gracias —se limita a decir.

—Perfecto, espérame otra vez que busco las cosas.

Luego voy a tener que incinerar todo lo que toque.

Subo las escaleras de dos en dos y me dirijo a toda velocidad a mi habitación. Busco entre los cajones algunas prendas que habían quedado de Mason. Las tomo y aprovecho para agarrar la máquina de afeitar y una tijera; quién sabe, tal vez quiera afeitarse y cambiar un poco ese aspecto de naufragio.

Bajo de nuevo y lo guío hasta la habitación de invitados, que queda en la planta baja y que tiene su propio baño.

—Te traje ropa, una toalla y también una máquina de afeitar y una tijera. Solo por si quieres usarlas, no es que debas hacerlo... No quiero decir que te quede mal ese corte y la barba, pero quizás querías…

—Gracias, Rebecca. —Jack toma las cosas de mis manos—. Seguro me vendrá bien un corte.

Salvada. Si no me hubiese frenado, iba a seguir hundiéndome en palabras cada vez más imprudentes.

Estoy sola y el silencio me arropa.

Coloco las manos en el mesón de la cocina y tomo una larga bocanada de aire. Tiemblo. Me permito que el pánico recorra brevemente mi cuerpo antes de bloquearlo.

Nunca en mi vida tuve tanto miedo. Y eso es decir mucho. Ni siquiera cuando…

No, no voy a ir allí. Eso quedó en el pasado. Al igual que lo hará este día de mierda.

Un día a la vez.

Rompo varios huevos en un sartén y comienzo a batirlos con un poco de leche para que queden más cremosos.

Me quedo observándolos con gran detenimiento. Siento la piel fría y tengo náuseas.

Un día a la vez, Rebecca.

Jack va a demorar un poco, y no quiero que coma frío, por lo que lavo primero los platos que habían quedado sucios de la mañana y ordeno un poco la casa.

Me acerco a la puerta de la habitación y pego el oído. No escucho nada. Quizás ya terminó de bañarse.

Vuelvo a la cocina y prendo el fuego. Coloco el sartén, un poco de aceite y los huevos comienzan a burbujear. Tomo una espátula de madera y hago movimientos envolventes.

La puerta de casa se abre de pronto, dándole un golpe sordo a la pared al chocar con ella. Pego un salto hacia atrás por el susto y dejo caer la espátula al suelo. El corazón vuelve a latirme errático.

—¿¡Dónde mierda está mi hija!? —Su voz gruesa retumba con potencia y me hace temblar.

Mierda. Mason.