Cuando nos encuentren 3 JACK
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3 JACK

Me cuesta identificar si esa mujer, Rebecca, siente agradecimiento o repulsión hacia mí. Honestamente, lo último que necesito en este momento es que alguien haga un escándalo y llame a la policía o a la ambulancia.

La última vez que eso sucedió, las cosas no terminaron demasiado bien para nadie. Además, esa maldita plaza es de los pocos lugares en los que me he sentido cómodo desde… Desde que tengo memoria, supongo, y no quiero joder mi paz. Así que me trago mi orgullo y camino tras ella.

¿Quién en su sano juicio invita a un mendigo a su casa?

No pienso seguir discutiendo. Se lo dejé fácil. No le pedí nada. Me alejé. Podría haberme agradecido y seguir con su vida, pero no lo hizo. Así que la sigo en silencio.

Tampoco me viene mal un plato de comida. Llegué tarde al refugio esta mañana y ya no quedaba nada. «Tarde» quiere decir a las 6:45 a.m., y conseguir algo más para comer no será sencillo. Ayer gasté mis últimos dólares, y el hambre ya empieza a hacer estragos.

Gira su cabeza varias veces para confirmar que sigo aquí.

Que no me he ido. Su cabello terso y rubio se mueve con el viento y dispara en mi dirección un aroma intenso a coco y algo dulce que no logro identificar.

Yo, por el contrario, no he podido bañarme hace días, y el olor que desprendo debe de ser horrible.

Ya no lo siento, pero no soy idiota; sé que huelo a basura. Me obligo a apartar la mirada.

La casa de Rebecca es como el resto de las de la cuadra. Todas son de ladrillos color terracota, tienen la misma entrada, unas escaleras que la separan de la acera y tres pisos.

Subo los escalones tras ella, y me detengo en el marco de la puerta.

Voltea a verme y, con su voz dulce pero firme, me dice que pase. Le hago caso y cierra la puerta a mis espaldas.

Hay varias cosas tiradas en el piso, cerca de la puerta, que esquiva con agilidad, pero, antes de seguir caminando, retrocede unos pasos, se agacha sobre el caos y toma un teléfono del suelo. El hall de entrada es amplio y pulcro.

—Sígueme —comenta, aún con la niña en brazos. Sigue llorando, aunque ya está más calmada.

Las paredes están pintadas de gris, y los adornos son acogedores. Al final del pasillo, y a la derecha, se encuentra la cocina.

Le da un beso tierno a su hija en la coronilla; la niña cierra los ojos y hunde su rostro en el pecho de su madre.

—¿Me esperas un segundo? —me pregunta, y con la quijada me señala un taburete de la cocina—. Espérame aquí, la voy a acostar y vuelvo en un minuto.

Asiento, y me acomodo donde me indica.

Escucho los pasos sobre las escaleras unos metros detrás de mí, pero no volteo. Me siento fuera de lugar. Aquí todo está demasiado limpio. Demasiado perfecto. Yo no encajo.

Largos minutos después, la escucho.

—No podré ir hoy, lo siento. Por favor, reprograma todas las reuniones de mi agenda. Ha sido una emergencia familiar. —Rebecca está hablando por teléfono con alguien mientras baja las escaleras y se acerca a la cocina—. También necesito que llames a la escuela y avises que Frannie no irá hoy.

Unos segundos de silencio.

—Nada grave, pero nos tomaremos el día. No tienes de qué preocuparte.

La observo desde el taburete y siento curiosidad.

No logro leerla. No le agrado y se nota, pero está haciendo un esfuerzo muy grande por mostrar lo contrario.

Es evidente en cada expresión de su rostro y en el sutil rechazo de su mirada, que procura pasar desapercibido pero que, para mí, no lo hace.