Cuando nos encuentren 2 REBECCA BEAUMONT
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2 REBECCA BEAUMONT

Un hombre sale de la nada, la toma en brazos y se lanza con ella hacia el otro lado de la acera, protegiéndola con su cuerpo en la caída. Segundos después, el carro logra frenar sobre el lugar donde se encontraba parada unos instantes atrás.

Sigo corriendo. Salto las escaleras de la entrada de la casa. Choco a alguien, pero no me importa. Cruzo la calle sin mirar y llego hasta ellos.

Frannie llora aterrada.

El desconocido que la salvó se pone de pie con ella para cerciorarse de que está bien.

La levanto en brazos. Mi corazón vuelve a latir. Sí, había dejado de hacerlo.

La adrenalina inunda mi torrente sanguíneo.

—¿Estás bien? ¿Te duele algo?

Intentar actuar calmada en situaciones como esta es sin dudas una de las cosas más difíciles de la maternidad.

Quizás lo pondría en la lista justo después de «mantenerla viva».

Lo que realmente quiero hacer es largarme a llorar junto a ella.

Ni siquiera le doy lugar al pensamiento de lo que pudo haber pasado si ese hombre no la quitaba del camino.

Ella no responde, solo solloza aterrada. Sus pequeños hombros se mueven para arriba y para abajo al compás de su pecho.

La coloco en el suelo y la reviso por todos lados. Efectivamente está bien.

—¿Te golpeaste algo, Frannie? ¿Te duele algo? —pregunto de nuevo, con la voz lo más calmada posible.

Ella niega con la cabeza, pero sigue llorando. Me arrodillo y la abrazo.

Está bien. Está a salvo.

—Ya pasó, estás bien. No ha sido nada. Todo estará bien.

Me pongo de pie nuevamente y busco con la mirada al hombre, con la intención de agradecerle. Sigue parado, observándonos. Poso mis ojos sobre los suyos, oscuros y llenos de rabia.

—Quizás deberías estar menos pendiente de llamar a la policía a cada rato para que me desalojen de la zona y más pendiente de cuidar a tu hija.

Cada palabra que sale de su boca lo hace con ira. Las escupe hacia mí, y me golpean en el centro del estómago como un puñetazo.

¡Mierda! ¡No puede ser! ¡Es el puto mendigo que siempre anda por la plaza frente a mi casa!

No sé qué decirle. El olor me pega de frente, y hago todo lo posible para no hacer un gesto y hundirme más en el barro.

Balbuceo. Se da vuelta y comienza a alejarse.

—Oye, ¿están bien? —Alguien me toca el hombro, pero necesito arreglar esto. Eso soy yo: una solucionadora.

Frannie sigue llorando en mis brazos. Aferrada a mí, con sus manitas agarrándome fuerte.

—Sí —respondo a la persona que me preguntó, y me apresuro hacia el mendigo.

Camina cojeando y se le rompió todo el suéter —bastante andrajoso— que lleva puesto.

La sangre se mezcla en su espalda con la tierra y el polvo de la calle.

Evidentemente él absorbió todo el impacto, porque Frannie no tiene ni un rasguño.

—¡Espera!

No me mira. Sigue caminando y no voltea.

—¡Espera, por favor! —repito, y frena en seco.

Ese hombre es quien le salvó la vida a mi hija y, además, se lastimó en el interín. Está herido por mi falta de cuidado. Por mi culpa.

Quizás deberías estar menos pendiente de llamar a la policía a cada rato para que me desalojen de la zona y más pendiente de cuidar a tu hija.

Tiene razón. Soy una mierda.

—Disculpa, te hablo a ti —comento al tiempo que le coloco la mano en el hombro para que voltee a verme, cosa que hace.

Me da impresión tocarlo, y a la vez pienso que soy una persona horrible por tener ese pensamiento.

No puedo distinguir sus facciones porque están detrás de una maraña de pelo largo, sucio y despeinado.

Su barba se mezcla con su cabello, y no se distingue dónde termina uno y comienza el otro.

Viste un suéter gris, que no estoy segura si es el color original o si solo es suciedad, el cual ahora está incluso más roto que antes.

De todas las personas en la cuadra, ¿tenía que ser él quien salvara a Frannie?

¿De verdad? ¿No había ningún otro buen samaritano en el lugar?

Su olor me invade nuevamente, y se nota que hace días que no se baña. En su defensa, he olido cosas peores.

Menos mal que nadie puede escuchar mis pensamientos; seguramente me cancelarían en dos minutos y me iría a la quiebra.

Eso hace la gente ahora: cancelar. Pero en mi defensa, los mendigos suelen oler muy mal. Es simplemente un acto de asociación, no de discriminación.

Su mirada da miedo.

—Has salvado la vida de mi hija. —Es lo primero que atino a decir, como si no fuera una obviedad—. Muchas gracias. De verdad, muchas gracias. No me di cuenta, solo salió corriendo y yo…

Lo que tenía que hacer era disculparme por lo que me dijo, en lugar de ignorarlo.

—Lo siento. Por lo que has dicho antes. No fue mi intención.

—De nada. Aunque estoy bastante seguro de que sí fue tu intención llamar a la policía por mí. Después de todo, no lo hiciste solo una vez.

¿Puedo refutarlo de alguna manera?

No. Porque tiene toda la razón del mundo.

—Tienes razón. —Inhalo profundo y hago un esfuerzo por mantenerle la mirada y ser respetuosa—. Lo siento. No sé en qué estaba pensando. Nunca has hecho nada para molestarme, y… y no debí hacerlo, ¿está bien?

Pero… ¿Cómo mierda lo sabe?

—¿Cómo lo sabes? —Me apresuro a preguntar antes de que responda. La curiosidad es demasiado fuerte.

Me mira con el ceño fruncido como si me odiara, y es bastante probable que lo haga.

—Les pregunté a los policías cuando se presentaron, y mencionaron que había una madre que vivía sola con su hija y que no se sentía cómoda con mi presencia. Eres la única madre soltera de la cuadra.

—Lo siento. No era algo personal. No volverá a suceder.

Espero que diga algo, pero no lo hace.

—Entonces, ¿aceptas mis disculpas?

Me mira detenidamente. Observa cada una de mis reacciones y luego asiente.

—Acepto tus disculpas —responde, y se da la vuelta para seguir andando.

—¡Te has lastimado! —Continúo hablando, pero parece que le importa muy poco lo que tengo para decirle—. Déjame llamar a una ambulancia.

Frena en seco y voltea a mirarme con muchísima intensidad.

—Nada de ambulancias. Nada de médicos. Nada de nada. Yo me las arreglo.

Su voz es tanto o más profunda que su mirada, y básicamente todo él da un poco de miedo. Un poco bastante.

—Está bien, no llamaré a nadie, pero ¡por favor, deja de caminar!

El tono algo desesperado de mi voz evidentemente surte efecto, porque el hombre se frena y se gira para verme.

Es alto. Muy alto, lo que solo logra que me sienta aún más intimidada. Quizás incluso llega al metro noventa de estatura, o más. Yo, que apenas mido un metro sesenta y... ¿tres?, parezco un renacuajo a su lado.

Simplemente se queda… viéndome, sin decir nada. Espera a que yo hable.

—Si no quieres llamar a la ambulancia por un tema económico, no tienes de qué preocuparte. Yo me haré cargo de todos los gastos y…

—He dicho que nada de médicos. Nada de ambulancias. No es por el dinero.

No quiero seguir insistiendo. Quizás es de esas personas que no creen en los médicos o es de alguna religión que le impide recibir atención médica. Aunque, honestamente, no parece ser un hombre religioso.

Más prejuicios se arremolinan en mi mente, y no actúo suficientemente rápido como para frenarlos.

—Bueno, está bien. No llamaré a nadie, pero por favor ven conmigo.

¿Conmigo a dónde? Claramente el sueño me está afectando la función cognitiva, porque ¿a dónde se supone que debo llevar al mendigo desconocido? Y ¿para qué? Pero le debo la vida de mi hija.

—¿A dónde? —se limita a preguntar.

Muy buena pregunta.

Me quedo pensando un tiempo demasiado largo y él se da cuenta de que no tengo una respuesta, por lo que se da vuelta y comienza a caminar en la dirección contraria.

—¡A mi casa! —grito tan pronto comienza a alejarse. Se frena y vuelve a mirarme con el entrecejo fruncido, pero no dice nada.

Mi lado humano me dice que nada me cuesta darle un plato de comida, curarle las heridas y probablemente ofrecerle una ducha y algo de ropa limpia.

Es lo mínimo que puedo hacer por él. Es lo que cualquier persona en mi situación haría.

Por lo menos, cualquier persona con algo de humanidad.

Pero la parte de mí que no tiene filtros, esa parte que probablemente cancelaría la sociedad, tiene muchas ganas de quitar la oferta de la mesa.

Un asesino no suele ir por la vida rescatando niños, ¿no?

—Mamá, quiero ir a casa —comenta Frannie con su dulce voz, aún con lágrimas en los ojos.

—Ya vamos, cariño. —La abrazo con más fuerza y le acaricio la espalda para reconfortarla. Volteo para ver al hombre nuevamente—. Me llamo Rebecca, ¿y tú?

—Jack —responde a secas.

—¿Qué dices, Jack?, ¿vienes con nosotras? —insisto, e ignoro la voz de la Rebecca cancelable.

—No necesito la limosna de nadie.

Evidentemente, Jack no es la persona más simpática del planeta. Pero no voy a juzgarlo. Seguramente no ha tenido una vida fácil.

—No es limosna. Es agradecimiento. Además, estás herido por salvar a mi hija. Lo menos que puedo hacer por ti es ayudarte a curar las heridas y ofrecerte algo de beber. Haría lo mismo por cualquier persona. Aunque, pensándolo bien, cualquier persona aceptaría que llamara a una ambulancia, así que…

—Iré —dice tan pronto menciono la ambulancia.

Entrecierra los ojos, como analizando la situación.

—No muerdo, Jack —respondo, y señalo mi casa con la cabeza. La puerta sigue abierta—. Vamos, es aquí mismo.

Cuando comienzo a caminar, me sigue.

Espero con todo mi corazón que Jack tampoco muerda.