Cuando nos encuentren
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1 REBECCA BEAUMONT
Hoy no va a ser un buen día.
Si el no poder dormir no fue señal suficiente, debió alcanzar con las tostadas quemadas y la casi fractura de tobillo que me hice al pisar uno de los juguetes de Frannie que estaban regados por la casa.
Y si todo eso no bastara, debería alcanzar con el nombre que aparece en la pantalla de mi teléfono: «Mason».
Solo lo tomo porque no contestarle jamás ha traído nada bueno. Menos aún cuando estoy esperando algo de él.
¡Maldita sea!, voy a llegar tarde a la reunión.
—No es un buen momento —replico en seco al colocar el teléfono entre mi hombro y la oreja. Dejo las manos libres para poder terminar de preparar la vianda de mi hija.
—Está a punto de ser un momento peor. —Las palabras ásperas me golpean en el pecho. Termino de cerrar la lonchera y trato de calmar mi respiración antes de responder.
—¿A qué te refieres?
—No voy a firmar los papeles, Rebecca.
Me congelo en el lugar. No puede estar hablando en serio. Ya compré todo para el viaje y él lo sabe mejor que nadie, porque le pregunté mil veces si firmaría el permiso para que Frannie pueda salir del país. Me dijo que sí las mil veces.
—No entiendo. —Es lo único que alcanzo a decir.
—No hay mucho que entender; cambié de opinión. No quiero que mi hija viaje a un país tan peligroso —responde como si fuera la mayor obviedad del mundo.
—Mason, te lo pregunté. —Exhalo derrotada. Esto no tiene buena pinta—. Te lo pregunté muchas veces y te dije que iba a comprar los pasajes. Tenemos todo pago. El viaje es la semana que viene y ella está emocionadísima. Hace años que no ve a su abuela. No entiendo por qué le estás haciendo esto.
—No le estoy haciendo nada —replica a la defensiva—. Estoy velando por su seguridad.
Rebecca, cálmate. Si te está diciendo eso, es porque quiere algo a cambio. Negocia.
—¿Qué te haría cambiar de opinión? —Mi voz tiembla, pero de la rabia. ¿Cómo puede ser tan miserable?
Guarda unos segundos de silencio.
—Si te replantearas el tema de los papeles de divorcio, quizás yo me pueda replantear esto.
¿De verdad? ¿Cree que con una amenaza de este tipo va a lograr que vuelva con él? Es un hijo de puta. Es el ser humano más despreciable que conozco y no entiendo cómo no me di cuenta antes.
Cálmate. Negocia.
Miro el reloj de la pared; son las 8:15 a.m. Voy a llegar tarde.
—Espera un momento —le digo a Mason, y tapo con la mano el micrófono del teléfono antes de gritar—: ¡Frannie! ¡Es tarde! Baja ahora, nos tenemos que ir.
—Ya voy, mamá —responde desde la planta superior. Resuenan en la madera los pasos apresurados, como si hubiese desayunado con éxtasis.
Tomo sus cosas, el abrigo y la cartera, abro la puerta y me vuelvo para buscar la llave del auto, con todas las cosas en la mano y el teléfono apoyado en mi hombro. Podrían contratarme de un circo; me he vuelto genial haciendo todo tipo de malabares.
Estoy por contestarle a Mason cuando siento cómo Speedy González pasa a mi lado a toda prisa y, antes de poder darme cuenta, escucho el sonido de una bocina, el grito de una niña y el intento de frenado de un auto. ¿Una niña? No. El grito es de mi niña.
Vuelvo la vista, aterrorizada. Todo parece suceder en cámara lenta, y las cosas que tenía encima caen al suelo. Ella está en el medio de la calle. Un carro intenta frenar, pero… va demasiado rápido. Ella no se mueve.
Mis pasos son veloces. Estoy lejos. No voy a llegar a tiempo. El corazón me palpita demasiado rápido, o quizás ya dejó de funcionar. No escucho nada. Solo hay silencio. El tipo de silencio que anuncia que lo peor está por suceder.