¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 33
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Capítulo 33

Romeo

Había pasado ya un año desde el momento en el que dimos el paso de estar juntos, y volvía a coincidir con el último partido de la liga, en el que nos jugábamos el primer puesto.

Puzinni había resultado ser un jugador de esos de los que se dejan la piel en el campo, y que hacía un tridente espectacular junto a Santini y a mí.

Renatta estaba en el palco, rodeada de sus amigas, que eran las parejas de dos de mis compañeros, además de mi madre, que este año también había venido.

Pero no lo hizo por mí, ni mucho menos. Lo hizo porque mi chica estaba embarazada, a punto de dar a luz, y decía que así la controlaba para que no se acelerara mucho.

—Venga, chicos, vamos a comernos el campo —nos animó el entrenador.

—El primer gol tiene que estar dedicado a mi niño, os lo aseguro u os tendréis que ver las caras conmigo —les dije a mis compañeros.

—Tú, más vale que en esta ocasión te comportes y no hagas como el año pasado, porque te prometo que te dejaré toda la temporada en el banquillo.

—No te preocupes, míster, que este año no te tengo celos.

—La madre que te parió, Acosta, con el trabajo que me costó que reaccionaras y lo haces de manera completamente contraria a lo que yo esperaba que hicieras.

—Vamos ya, que parecéis las anécdotas y los cuentos de la abuela Cebolleta, y el himno ya está sonando —dijo Santini.

Antes de saltar al campo, mi compañero le dejó un beso en los labios a su chico, como hacía siempre antes de jugar un partido.

Yo tenía claro lo que quería hacer y es que, en cuanto las mujeres bajaran a celebrar con nosotros el campeonato de liga, porque no dudaba en que lo conseguiríamos, le pediría que se casara conmigo.

El partido se puso un poquito cuesta arriba, pues nuestro rival, que no se jugaba nada, pero que había sido promocionado por el equipo que ganaría si perdíamos, se cerró atrás.

Se me ocurrió una idea, una que había hecho anteriormente con Santini, y que era lo que estaba esperando el rival, pero que no lo haría con él, sino con Puzinni.

—Chico, ven aquí un momento.

—Dime, Acosta. ¿Qué tengo que hacer?

—Chico listo, sí señor. ¿Has visto alguna vez la jugada que hacía con Santini?

—Me la sé de memoria, y la puedo hacer con los ojos cerrados.

—Está bien, pues la voy a hacer contigo. ¿Estás preparado?

—No, yo siempre hacía de ti, por lo que en esta ocasión lo haremos al revés.

—¿Estás seguro de no querer meter tú el gol de la victoria?

—Completamente. Además, así también se lo podrás dedicar a tu niño.

Volvimos al juego, y, tal y como habíamos acordado, en un despiste de los defensas del equipo contrario, Puzinni se coló, dejándome a mí sin vigilancia y dispuesto a recibir el balón, ese que entró por toda la escuadra, pitando el árbitro el final del partido.

En cuanto la prensa llegó hasta mí, y cuando mis compañeros se apartaron, lo primero que me preguntaron era a quién iba a dedicar el gol que nos daba La Liga.

—Dinos, Romeo, ¿a quién le dedicas ese gol?

—Pues se lo voy a dedicar a mis dos Thiago, el primero, mi padre, que está ahí arriba, alumbrando mi camino. Y el segundo, a mi pequeño, que vendrá al mundo en breve.

—Entonces, ¿confirmas que es un niño y que ese será su nombre?

—Hombre, no estaría bonito que se lo dedicara a ese niño si estuviera esperando una niña y no fuera ese su nombre. Chicos, hay que pensar un poquito las preguntas.

Todos empezaron a reír, mientras que el pobre periodista me miraba un tanto sonrojado por la manera en la que se lo dije, pero no me lo tuvo en cuenta, entre otras cosas porque me acerqué a él y le susurré que no se moviera de mi lado, que iba a tener una exclusiva en primer plano.

Vi cómo bajaban todas las parejas de mis compañeros y, al fondo, venía Renatta, acompañada de mi madre. La pobre no podía correr más, pues su vientre estaba de lo más abultado.

Me acerqué a ella, y le di un beso en los labios y otro en el vientre, como hacía siempre, ante la sonrisa de ella y su mirada amorosa.

Le hice un gesto al chico que había preguntado lo del niño, para que avisara a su compañero, el cámara.

Una vez que estuvo a mi lado, me puse de rodillas delante de Renatta, sacando una pequeña cajita que me había guardado entre la media y la espinillera.

—Mi vida, sé que hemos pasado mucho para llegar hasta aquí, pero nos espera un futuro de lo más bonito, uno que quiero compartir contigo, para toda la vida. ¿Me harías el honor de casarte conmigo?

—¡NO! —gritó Renatta, dejándome completamente sorprendido.

—¿No te quieres casar conmigo?

—Claro que quiero casarme contigo, tonto.

—Entonces, ¿por qué has dicho que no?

—He dicho que no porque acabo de romper aguas y me voy a perder la fiesta.

Yo empecé a reír, y avisé a la ambulancia del club, mientras que le ponía el anillo a mi chica, quería que entrara en ese paritorio como mi prometida.

—Acosta, me dijiste que me ibas a dar una exclusiva y me has dado dos.

—Y un susto cuando ha dicho que no.

—Eso también, que cuando editemos la cinta va a quedar de lo más gracioso.

—Pues será gracioso para ti, porque a mí me ha puesto los huevos de corbata, chico.

Salimos corriendo al hospital, donde ya nos estaba esperando el equipo de ginecología que había llevado todo su embarazo.

—Joder, cómo duele esto.

—Tranquila, mi amor, que ya llegamos.

—Por lo que tú más quieras, en cuanto lleguemos, que me pongan la epidural.

—Eso lo verán los doctores, cariño.

—Y una leche, eso lo digo yo o me vuelvo y no doy a luz al niño.

—El niño tiene que salir, quieras tú o no quieras y por mucho que digas que no vas a dar a luz.

En ese momento tuvo una contracción que tuvo que ser cojonuda, a juzgar por la manera en la que me apretó la mano que le tenía cogida.

—Vamos a tener que llamar también a traumatología, porque, como te venga otra contracción de esas, me partes los dedos.

—Ya será menos, exagerado. A ti te daba yo un dolor de esos que me dan a mí, que me atraviesan y parece que me voy a partir por la mitad.

En cuanto llegamos, se la llevaron al paritorio. Estaba ya demasiado dilatada y no pudieron ponerle la epidural.

Sí, tal y como estáis pensando, terminé con dos dedos vendados, por contusiones, de las veces que me los estrujó mientras que empujaba para sacar al bebé.

—Chica, has estado estupenda. Y gracias a eso, a lo bien que lo has hecho no te tendremos que coger ni un solo punto.

—Hombre, algo bueno tenía que pasarme.

—Lo mejor que nos ha pasado está aquí, y tú has sido una campeona trayendo a nuestro hijo al mundo.

La doctora me dijo de cortar el cordón umbilical, y esa fue la sensación más bonita que había tenido en mi vida, al igual que coger a mi hijo por primera vez, recién salido del vientre de su madre.

Su olor, mezcla de sangre y placenta, me supo a vida, y descubrí que ese era el mejor olor del mundo, así como que no había un amor más puro que el que se tenía hacia un hijo.

En cuanto se lo pusimos a Renatta en los brazos, no pudo reprimir las lágrimas, esas que se nos derramaron a los dos.

Ahora sí, ahora era el hombre más feliz del mundo, aunque me faltaba mi padre, pero sabía que había estado allí con nosotros desde el primer momento.

Se llevaron al pequeño Thiago para lavarlo, mientras que también aseaban a la madre, antes de subirnos a la habitación.

Cuando llegamos arriba, ya estaban todos los nuestros esperando, con globos, bombones y numerosos regalos para el niño, pero lo que más gracia me hizo fue que el entrenador le había llevado una pequeña equipación con su apellido y mi número.

—Acosta, ya tienes sucesor —me dijo Santini.

—De aquí a que mi hijo pueda jugar en mi posición, se habrá disuelto el club.

—Menos lobos, Caperucita, que en quince años está este niño jugando y su madre como su agente, haciéndole ganar más dinero que tú —puntualizó Franco.

—Franco, en quince años yo ya estaré jubilado, pues tendré casi cuarenta años.

—Hijo, con cuarenta años un hombre todavía es joven.

Lo dijo como si estuviera indignado por lo que había dicho, puesto que él tenía esa edad, y todos empezamos a reír.