¿Cuándo nos convertimos en esto? Epílogo
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Epílogo

Veinte años después…

Renatta

—O nos damos prisa o no llegamos —me dijo mi marido, pues las niñas todavía no estaban listas.

—Chicas, o bajáis ya o nos vamos sin ustedes.

—Mamá, esperad un momento, que nos estamos cogiendo una trenza de boxeadora y mi hermana todavía no ha terminado de cogerme la mía.

—Pues si no puedes llevar dos trenzas, te coges dos coletas, pero no lo digo más.

Mis hijas bajaron como las balas, pues no querían perderse la final del campeonato de Europa en la que iba a jugar su hermano como titular.

En estos veinte años la vida había cambiado mucho para todos, pero seguíamos tan unidos como siempre.

Os iré contando, y empezaré por nosotros, por nuestra familia.

Romeo y yo nos casamos al año de nacer Thiago, y lo hicimos en un entorno que me era de lo más familiar, y que fue su regalo de bodas.

Sí, tal y como estáis pensando, nos casamos en el viñedo de mi abuelo, que mi marido recuperó, al igual que la casa en la que crecí, pero en la que se habían hecho reformas para actualizarla.

Era una propiedad de cine, en la que no faltaba absolutamente de nada. Por supuesto, Bianca vino a vivir con nosotros, pero no en nuestra casa. Ella se mandó a construir una pequeña cabaña en el mismo terreno, justo detrás.

Fue una ceremonia de lo más sencilla y romántica. Franco fue el encargado de llevarme al altar, ejerciendo de padrino, mientras que la madrina fue Bianca.

Todos lloramos en esa boda, hasta mi hijo, que quería venir hasta donde estábamos nosotros y al que su padre tuvo que coger en brazos.

Cuatro años después de la boda, nacieron nuestras gemelas, Bianca y Marina, que llevaban el nombre de su abuela y de la mía, esa que no conocí, pero de la que tanto me hablaba mi abuelo.

Con respecto a nuestros amigos, Buonareti y Natalie se casaron tres años después que nosotros, para que ella pudiera adoptar al hijo de su chico. Sí, resultó que la chica decía la verdad y ese niño era su hijo.

Llegaron a un acuerdo, ya que ella no podía ni quería ser madre, y nuestro amigo no quería renunciar a su hijo, por lo que ella le cedió la custodia y, pasado un tiempo, renunció a él.

Paulo, que así se llamaba el niño, siempre vio en Natalie a una madre, y ella a un hijo.

Dos años después, fueron padres de Marianne, pero mi amiga jamás hizo distinción entre uno y otro.

En el caso de Franco y Santini, seguían viviendo su amor en pecado, como decían ellos, pues no necesitaron casarse nunca, aunque sí que habían querido ser padres, y por eso adoptaron a dos hermanos de tres y dos años, que se llamaban Daniel y Olivia, que vinieron a llenar de alegría su casa.

Mi suegra, que para mí era mi madre, volvió a conocer el amor en la figura de Lucca, uno de los encargados de la bodega.

Lo que empezó siendo una bonita amistad, poco a poco se transformó en un amor maduro, de esos que todo se lo toman con calma, saboreando cada momento que pasaban juntos.

Mi madre salió de la cárcel siete años después, y se encontró con que no tenía nada, ni un simple techo que la resguardara.

Hablé con mi marido y, entre los dos, decidimos que la dejaríamos vivir en mi casa, en esa que me regaló mi abuelo, pero solo cedida. No podía vender ni cambiar nada sin nuestro consentimiento, pues ya la conocíamos.

No, no la dejé entrar en mi vida, pero era mi madre y mi conciencia no me dejaba dejarla en la calle. Eso sí, se tuvo que poner a trabajar como dependienta en un programa de reinserción de la cárcel.

No vayáis a pensar que no lo intentó, porque sí que lo hizo, incluso me habló de meter a Amanda en esa casa, porque tampoco tenía dónde ir.

— No, Berti, por ahí no vayas, porque lo que le ocurra a esta mujer a mí me trae sin cuidado.

— Hija, por favor, no seas así…

— No me digas hija, sabes que no soy eso para ti, al igual que no te considero mi madre.

— Me gustaría me dejaras ver a mis nietos, que pudiera resarcirme con ellos lo que no pude hacer contigo.

— Deja las hipocresías, haz el favor. Confórmate con que no te dejo en la calle, y déjanos en paz.

Y volviendo al presente, en el palco estábamos todos deseando que nuestro equipo metiera ese gol que todos esperábamos para alcanzar ese título que tanto se nos resistía.

—¡Vamos, Thiago, mete ese gol, que ya es tuyo! —animaba Franco a mi hijo.

Él ya no era el entrenador, pero con mi hijo seguía actuando como tal, pues no fueron pocas las veces que entrenaba con él en el jardín de nuestra casa.

De los jugadores que formaban el equipo cuando jugaba mi marido, tan solo quedaba Puzinni, que se había convertido en el capitán.

Yo seguía siendo la agente de muchos de ellos, que seguían haciendo publicidad, y de la mayoría de los que habían entrado nuevos, de los que algunos eran sus hijos.

Pero no era la agente de mi hijo, eso se lo dejé a su padre, para que siguiera la tradición, al igual que su abuelo lo había hecho con mi marido.

Para ello, no dudé en ponerlo al día de todos los pasos que tenía que seguir, del mismo modo que Thiago lo hizo conmigo, y no fueron pocas las veces que me preguntaba cómo hacer algo o qué directrices seguir.

Y sí, mi hijo, bajo la asistencia de Puzinni, metió el gol de la victoria, en el último segundo, lo mismo que hizo su padre aquel año en el que ganó La Liga y el mismo día en el que nació nuestro hijo.

Su abuela saltaba de alegría, al igual que Lucca, que también había acudido con nosotros al palco del club, y que se había puesto encima todo el merchandising que encontró de mi hijo, desde la camiseta hasta la gorra, pasando por la bufanda, a pesar del calor que hacía.

Era el primer año que se celebraba la final de esa competición en este estadio, por eso, el que tuviéramos la suerte de que nuestro equipo se hubiera clasificado fue algo anecdótico.

Bajamos todos al campo y, cuando la prensa se acercó a nuestro hijo, y le hicieron la misma pregunta que le hicieron a su padre aquel día, me sorprendí con su respuesta.

—Acosta, ¿a quién le dedicas este gol?

—En primer lugar, a mi madre, sin la que, hoy en día no estaría aquí. En segundo lugar, pero no menos importante, a mi padre, que ha sido siempre mi ejemplo a seguir, al igual que mi abuelo, que le enseñó lo mismo que él me ha enseñado a mí.

—¿No te olvidas de alguien? —le preguntó el periodista.

—No, porque a ella no le quiero dedicar el gol, sino pedirle formalmente que sea mi novia. ¿Qué me dices, Arianna?

Nos quedamos de piedra, porque Arianna era la hija de Silvia y Mario, el que fue compañero de mi marido en sus mejores años y una de mis mejores amigas.

—Por supuesto que sí, Thiago.

Con toda la vergüenza del mundo, mi hijo se acercó a ella y le dejó un breve beso en los labios, para, a continuación, acercarse al padre de la chica.

—Señor, me gustaría pedirle formalmente la mano de su hija. Sé que todavía somos muy jóvenes, pero no quiero que me pase como a mis padres, y que perdamos un tiempo valiosísimo.

—No me podría sentir más orgulloso de tener un yerno como tú. Eso sí, a mi hija me la respetas, o te faltará calle para correr.

—Amigo, que estamos en el siglo veintiuno, eso de respetar suena como al siglo diecinueve —le dijo mi marido.

—No me refiero a ese tipo de respeto. En cuanto cumplió la mayoría de edad, yo fui el primero que le compré una caja de preservativos. Lo que quiero decir es que, como le ponga los cuernos o la haga sufrir de alguna manera, se las tendrá que ver conmigo.

—Y conmigo, amigo, no pienso consentir que mi hijo sea un pichabrava como su padre —le dije, y todos, incluidos los chicos de la prensa, empezaron a reír.

Del campo nos fuimos todos a cenar y, aunque a mis hijas intenté mandarlas con su abuela, no hubo manera, pues se pusieron a suplicar a su padre que las dejáramos ir.

Una vez que estuvimos en el restaurante, nos dimos cuenta del motivo por el que habían tardado tanto en arreglarse y tenían tantas ganas de acudir a la cena, y es que no era otro que estaban tonteando con los hijos del entrenador, que tenían su misma edad.

Después de eso, volvimos a casa, pero no nos fuimos directamente hasta nuestra habitación, como sí que hicieron nuestras hijas, porque Thiago se quedó a tomar esa copa con su novia.

Nos sentamos en la terraza del porche trasero, pues la noche invitaba a eso, yo en el regazo de mi marido, envuelta por sus brazos, que era mi sitio preferido de todo el mundo.

—No sabes lo mucho que te quiero, Renatta.

—No menos que yo a ti, mi amor. Y ahora sé que me enamoré de ti desde el primer momento en el que me ayudaste con las cajas, pero estaba tan rota por dentro, que no lo supe ver.

—Da igual lo que tardáramos, cariño. Lo importante es que nos dimos cuenta, porque las cosas pasan cuando tienen que pasar.

Nos quedamos en silencio, mirando el horizonte, admirando esas vistas tan bonitas que teníamos por delante y que tantas veces había contemplado con mi abuelo.

—¿Qué piensas, mi amor?

—Pues estoy pensando en qué momento llegamos hasta aquí.

—Yo también me pregunto, ¿cuándo nos convertimos en esto?

Nos fundimos en un beso de los nuestros, de esos que nos demostraban lo felices que éramos juntos y contra todo lo que habíamos luchado y que no había podido con nosotros.