¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 32
94%

Capítulo 32

Renatta

Le contamos a Bianca todo lo que había sucedido, desde el principio y sin ocultarle nada.

—No me lo puedo creer. ¿Por qué me habéis ocultado estas cosas?

—Mamá, no quería preocuparte más de la cuenta. Tenía claro que te lo iba a contar, pero cuando fuera el momento adecuado.

—Ya, pero yo soy tu madre, y te podía haber ayudado.

—No podías, mamá, por mucho que quisieras no era posible.

—Bueno, ¿cómo lo has solucionado?

—Con la inestimable ayuda de mi chica y de su amiga, aunque también mi entrenador y su chico, así como mi compañero Buonareti.

—Esos son del tipo de personas de las que te tienes que rodear.

—Sí, estamos esperando a que venga Natalie para ver los contratos que firmé con Bianchi, para ver de los que puedo prescindir.

—Ese hombre te iba a matar trabajando, Romeo. Tu padre siempre decía que el dinero no lo era todo.

—Y tenía toda la razón del mundo. De eso me he dado cuenta en estos días, en los que he entendido que la prioridad la tenía que tener la familia y los momentos que se viven con ella.

Estuvimos un buen rato más allí, charlando con ella, hasta que mi teléfono sonó. Era Natalie.

—Chica, llevamos aquí abajo más de diez minutos y Rodolfo no aparece por ninguna parte.

—Ni va a aparecer, porque le hemos dado la semana libre. Total, no hay nadie más en esta casa que nosotros…

—¿Y cómo pretendías que pudiera entrar? Hasta ahora, ni vuelo ni escalo paredes.

—Pues llamándome y bajando a abrirte la puerta. Por cierto, ¿hay mucha prensa todavía?

—Qué va, no queda nadie, están todos en el juzgado esperando a que entraran tus padres y Amanda.

—Entonces, ahora bajo y os abro.

—¿Qué tiene que ver eso con la prensa?

—Chica, porque estoy con una camisola y no quiero que me saquen en la foto de esta guisa.

—Anda, deja, que ya bajo yo —me dijo Romeo.

Me despedí de Bianca, pues teníamos mucho que comprobar y no queríamos aburrirla. Además, ella había quedado con una amiga para ir a natación, que era el deporte que le gustaba y que practicaba desde siempre.

Me esperé en la puerta hasta que subieron todos, y entramos a mi casa, sentándonos en el salón.

Romeo entró a su casa para recoger su portátil, que lo había dejado allí, y volvió hasta donde estábamos nosotros.

—Tengo una sentencia del juez, por lo que, creo que te gustará lo que te voy a decir.

—Pues dímelo ya, a ver si me terminas de alegrar el día.

—No tienes que mirar ningún contrato, porque el juez ha anulado todo lo que se ha firmado bajo su supervisión, alegando fraude por interés, por consiguiente, tu representación ya no es suya.

—Mi padre lo ha hecho desde ahí arriba, él me ha guiado para que todo saliera bien.

—Chico, querrás decir que nos ha guiado a nosotros, que somos los que te hemos sacado de todo este embrollo.

—También es verdad.

Todos empezamos a reírnos por la manera en la que Natalie lo había dicho, como si Romeo se hubiera equivocado de forma intencionada.

—Bueno, entonces, creo que tengo que empezar a redactar un contrato en el que tu nueva representante sea Renatta, ¿no crees?

—Claro que creo, entre otras cosas porque no pienso ponerme más en manos de nadie que no conozca y que no sepa que va a mirar por mí y por mi futuro.

—Pues venga, que lo redacte ya, que mañana tenemos una reunión con una firma de ropa que os quiere a los dos, pero me gustaría que estuvierais presentes.

—Eso, y vamos a celebrar que, en cuanto ha llegado al despacho la sentencia del juez con el caso Acosta, mi jefe me ha propuesto un ascenso —dijo Natalie.

—Eso sí que es una buena noticia, amiga.

—Ni que lo digas, soy la socia más joven de todo el despacho y, como se ha corrido la voz por los juzgados, me han encargado a mí que me haga responsable de todos los casos de deportistas que lleguen al bufete.

—Cariño, eso es perfecto, porque yo tengo algo que me gustaría contarte para que me lo lleves tú.

—¿Cariño? ¿Qué nos hemos perdido?

—Uy, al final, el desayuno nos lo tomamos en la cama y, nos hemos entendido tan bien, que hemos decidido que vamos a ver hasta dónde nos lleva esto. Ahora, larga por esa boquita.

Buonareti nos contó, en especial a ella, que había recibido un mensaje de una chica diciendo que estaba embarazada, que él era el padre y que, si no se hacía cargo del bebé, ella lo daba en adopción.

—¿Qué posibilidades hay de que ese niño sea tuyo?

—Pues no te puedo decir, chica. Si lo que preguntas es si me he acostado con ella, pues sí, hará como unos cinco meses, después de una fiesta.

Automáticamente, giré la cabeza y miré a Romeo. No estábamos juntos en esa época, pero tampoco me había contado nada de que se hubiera acostado con alguien, como solía hacerlo.

—A mí no me mires, que yo a esa fiesta no fui. Me vine a casa porque coincidía con el cumpleaños de mi madre y fue mi padre a recogerme después del partido.

—Es verdad, que fuimos a cenar y tomar una copa con ellos.

—Exacto. Además, si me hubiera acostado con alguien, todavía no estábamos juntos, no me seas celosa.

—Lo sé, y lo único que te podría reclamar es que no me lo hubieras contado.

—¿Le contabas cuando te acostabas con alguien? ¿Pero no estabais enamorados?

—Sí que lo estábamos, pero todavía no lo sabíamos.

—Sois la leche, de verdad que sí.

Al final, permanecimos durante todo el día juntos, y Buonareti nos invitó a que fuéramos a su casa y cenáramos allí, todos juntos, y aceptamos la invitación.

No aceptamos nosotros solos, puesto que, al avisar al entrenador y a Santini, ellos también se apuntaron de inmediato.

La casa de su compañero, al igual que la del míster, tenía un precioso jardín con piscina, por eso nos instó a que nos lleváramos el bañador y ropa para pasar allí la noche, y así saldríamos directamente para la reunión.

En cuanto llegamos, y como hacía un calor de muerte, lo primero que hicimos fue meternos en la piscina, todos, de cabeza, haciéndonos bromas y juegos.

En un momento de calma, escuché mi teléfono sonar, y salí para contestar a la llamada. Era un número que no conocía, y pensé que sería alguien de la prensa, pero, aun así, contesté.

Si era algún periodista, con decirle que no iba a dar declaraciones, tendría suficiente, pero también podría ser algo importante de alguno de mis representados.

—Buenas tardes, me gustaría hablar con la señorita Renatta Bianchi, por favor.

—Buenas tardes, soy yo, ¿en qué puedo ayudarle?

—Señorita Bianchi, le llamamos de la penitenciaría del estado, es en relación con su padre, el señor Mateo Bianchi.

—¿Qué se le ha ocurrido ahora para seguir haciéndome daño?

—Señorita, su padre ha fallecido de un paro cardíaco, y nos gustaría saber si se va a hacer cargo del cuerpo.

Os prometo que mis piernas empezaron a temblar. Estaba claro que no había sido bueno para mí, que nunca se comportó conmigo como un padre, pero no podía dejar su cuerpo ahí, sin recibir sepultura.

—Señorita. ¿Continúa usted ahí?

—Sí, sí, disculpe, es que la noticia me ha cogido completamente por sorpresa.

—¿Avisamos a alguien más o se hará usted cargo?

—Yo me hago cargo. Deme una hora y estaré allí.

—Perfecto, vamos llamando a la funeraria mientras tanto.

Corté la llamada y, al volverme, estaban todos mis amigos ahí, rodeándome e interrogando con la mirada, para saber qué había sucedido.

—Mi padre ha muerto de un paro cardíaco, poco después de entrar en la cárcel.

—Venga, nosotros te acompañamos en los trámites.

—Chicos, de verdad que no os quiero poner en esa tesitura. Creo que no voy a tener ni la sala abierta para el velatorio. Voy a pagar su funeral, y listo.

—Lo sabía, el día anterior, cuando salió de acostarse con Amanda, estaba blanco y sudando, pero me dijo que no le pasaba nada.

—Al parecer, ha sido provocado por una sobredosis de viagra, según me acaban de mandar en el certificado de defunción.

—No era normal el ritmo que quería llevar con su edad, queriéndose poner a la altura de un joven de los que había en sus reuniones, por llamarlo de una manera suave.

Entré en la ducha y me puse la ropa que había llevado para la reunión del día siguiente. Mi madre continuaba en la cárcel y mi padre no tenía más familia, por lo que la decisión era mía, y ya la tenía tomada.

Hablé con la chica del tanatorio y le dije que no queríamos sala, ni tampoco nada extra. Dejé pagado el funeral y el entierro y salí de allí tan rápido como había entrado.