¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 31
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Capítulo 31

Renatta

La puerta del edificio en el que vivíamos era una feria. No podía haber más gente de la prensa, deseando de que le dijéramos algo.

—¿Preparada?

—Nací preparada, chaval.

—Pues vamos allá. En principio, serás tú la que contestes, a no ser que me pregunten a mí directamente.

—Me parece bien, yo sabré darle algunos términos más técnicos.

Bajamos del coche y cogimos nuestras maletas, esas que el chófer bajó del maletero y nos entregó a nuestro lado.

—Señor Acosta, ¿qué puede decir de lo que ha sucedido con su agente?

—No tengo muchos datos, pues acabamos de llegar de pasar el fin de semana en Roma, pero lo que quiero que quede claro es que, desde el momento en el que ha sido detenido, mi contrato con él ha expirado.

—¿Fichará con usted, señorita Bianchi?

—Eso espero, porque, aparte de ser su pareja, quiero ser también parte de su vida laboral, de su futuro como deportista.

—Si son pareja… ¿Qué tiene que decir de las fotos que se han filtrado a la prensa?

—Eso es un montaje de inteligencia artificial realizado por su anterior agente, con el fin de firmar más contratos aprovechando la polémica.

—¿Eso significa que nunca ha sido la pareja de la señorita Well, como afirmó su agente?

—Nunca he tenido nada con ella, y os lo pueden confirmar mis compañeros.

Las preguntas continuaron durante un buen rato, y contestamos a todas y cada una de ellas, hasta que decidimos que ya era suficiente.

—Chicos, me parece que ya os hemos contestado a todo. Ahora, si nos perdonáis, tenemos unas ganas horribles de llegar a casa y darnos una ducha. El fin de semana ha sido un tanto intenso.

—Gracias por todo, y espero que, con esto, nos dejéis en paz, por favor, que no hay nada más desagradable que bajar a comprar el pan y teneros en la puerta.

Nos despedimos de la prensa y entramos en el portal, ese que Rodolfo ya tenía abierto, esperando a que entráramos.

—Bienvenidos, señores.

—Buenas noches, Rodolfo. ¿Cómo está todavía aquí con la hora que es?

—Porque no pensaba dejaros a merced de esa jauría. No sabía si se iban a parar con ellos o no, por lo que decidí quedarme para abrir la puerta de manera inmediata.

—No se puede ser más bonito que usted, Rodolfo, y le prometo que le daré una buena gratificación. Ahora, márchese a descansar.

—No puedo, señorita, mi turno empieza en veinte minutos. Ya descansaré después, que tengo poco que hacer. Lo que había pendiente, lo he hecho mientras que no llegaban.

—Rodolfo, márchese a casa, yo respondo por usted. Además, en el edificio nada más que estamos nosotros y la señora Archi, que no va a salir de su casa.

—Con todos mis respetos, señor, la señora Archi se marchó ayer con su hija. Al parecer, ya no está en condiciones de vivir sola y la trasladan a una residencia.

—Entonces, más a mi favor. Te vas a casa y te tomas el resto de la semana libre.

—Estamos a martes, señor. ¿Cómo me voy a tomar el resto de la semana libre?

—Porque se lo decimos nosotros, como únicos propietarios que permanecen aquí en la finca.

—Vale, pero solo si me prometen que, en el caso de que me necesiten para algo, me llamarán inmediatamente.

—Está bien, se lo prometemos. Ahora, recoja todo y a descansar. Cierre la puerta de la entrada, si viene alguien, que nos llame por teléfono y ya bajaremos a abrirles.

Subimos y, en el ascensor, ya no pudimos aguantarnos más. Nos fundimos en un beso que nos fue encendiendo poco a poco. Aunque, también os digo que tampoco es que necesitáramos nosotros mucho para que eso sucediera.

—Sé que tendría que ir a ver a mi madre, explicarle todo, pero ahora mismo en lo único que pienso es en estar enterrado dentro de ti, hasta el fondo.

—No me puedes decir esas cosas cuando todavía estamos en el ascensor.

—No hay nadie, ni siquiera Rodolfo, que ya se ha marchado…

—¿Qué vas a hacer?

No me dio tiempo a terminar de hacer la pregunta, cuando ya había pulsado el botón de parada del ascensor.

Me cogió por las nalgas, pegándome a la pared del fondo, levantó mi vestido y, una vez que su miembro estuvo fuera de su pantalón, lo llevó hasta mi sexo.

Empezó a acariciarme el clítoris con él, haciendo que tuviera mi primer orgasmo.

No me dio tiempo a recuperarme de los últimos coletazos de placer, cuando me penetró de una manera certera.

Estuvo así durante un buen rato, haciendo que llegara a mi segundo punto álgido de placer. Una vez que hube llegado y que los últimos espasmos ya se habían disipado, me bajó al suelo, y me puso de cara al espejo, levantando mis caderas y penetrándome de nuevo.

—Quiero que nos veas a los dos, que seas consciente de lo que provocas en mí.

—No pares, Romeo, por favor.

—No pienso hacerlo.

Las embestidas fueron más profundas, más fuertes, hasta que, después de unos minutos, llegamos al clímax, en esta ocasión, los dos a la vez.

No me había dado cuenta de que el ascensor se había puesto de nuevo en marcha hasta que vi el número en la puerta.

—Joder, Romeo, tu madre podría haber salido y encontrarnos en esta tesitura.

—Pues mejor, así no le tenemos que explicar cómo se hacen los niños.

—Claro, porque tú estás aquí por obra del Espíritu Santo. Anda, vamos a entrar ya en mi casa.

Cogimos las maletas y entramos lo más rápido posible, por lo menos yo, que no me apetecía que me viera su madre en esta tesitura.

Lo primero que hice fue meterme en la ducha, pues el fruto de su placer resbalaba por mis piernas.

No me dio tiempo nada más que a quitarme la ropa, cuando ya lo tenía completamente desnudo y pegado a mí.

—¿Me dejas que te frote la espalda?

—Siempre que sea de manera delicada, por supuesto.

—No podría ser de otra manera, mi amor.

Entramos en la ducha y no solo me frotó la espalda. Echó el champú en sus manos, y empezó a masajearme la cabeza mientras que lavaba mi pelo.

Luego, hizo lo mismo con el gel de baño, y recorrió con sus manos todo mi cuerpo, pero prestando especial atención a mis pechos y a mi sexo.

Pellizco mi clítoris hasta que me corrí de nuevo y, a continuación, levantó una de mis piernas, poniéndola a la altura de su cadera, y me penetró.

—¿Te has dado cuenta de que no estamos usando protección?

—Lo sé, pero no me importa. Desde que he estado contigo no he vuelto a acostarme con nadie, y estoy sano, al igual que tú.

—Ya, pero sabes que eso no previene los embarazos no deseados, ¿verdad?

—Pero es que, si te quedas embarazada, sí que será deseado. Ahora, calla la boca y déjame seguir disfrutando de tu cuerpo.

Me besó de la manera en la que tan solo él sabía hacerlo, poniéndome la piel de gallina y haciéndome sentir de lo más deseada.

Después de nuestro encuentro sexual, terminamos de ducharnos, con una sonrisa cómplice en los labios, y muchos más besos.

Nos vestimos de manera cómoda y fuimos a ver a su madre. Mientras que yo me secaba el pelo, Romeo bajó a comprar unos pasteles para desayunar de la pastelería de la esquina, esa que tenía esos pasteles que nos gustaban tanto a Bianca y a mí.

—¿Ya has terminado de arreglarte?

—Hijo, que no me he arreglado, tan solo me estaba secando el pelo.

—No entiendo para qué, cuando el pelo se seca bien con el aire.

—Claro y aparezco como la que ha metido los dedos en un enchufe.

Me dio un tortazo en el trasero cuando pasé por su lado, poniéndome de nuevo más caliente que el palo de un churrero.

—A ver si eres capaz de hacer eso luego, en la intimidad.

—No me digas esas cosas, que le pongo los pasteles a mi madre en la puerta y me encierro contigo aquí hasta el mes que viene.

Solté una carcajada al ver su cara, cuando le dije eso, y salí corriendo, llamando al timbre de Bianca, seguida de sus carcajadas mientras que venía tras de mí.

—¿Se puede saber qué escándalo es este?

—Tu nuera, que está un poquito revoltosa hoy.

—Yo no veo ningún anillo en mi dedo para que le digas que soy su nuera.

—Todo se andará, preciosa.

Bianca nos miraba con un cariño y un amor que no se podía explicar. A veces pensaba cómo hubiera sido mi vida si hubiera tenido el cariño de una madre, pero, ahora, sabía que no iba a ser mejor que ahora.

Entramos y le dijimos que nos preparara café. Ella no lo hacía en una cafetera de esas de cápsulas, sino que lo hacía a la antigua usanza, que era el bueno.