Capítulo 30
Romeo
—Los solteros que vayan a entrar en la subasta, que vayan subiendo, por favor —dijo un señor desde el micro que había en una especie de tarima en el centro de la sala.
—Ya podéis ir los dos y poned buena cara. Si os portáis bien y ganamos bastante dinero, lo repartiré con vosotros.
—Sabes que yo siempre me porto bien, pero te voy a pedir una cosa, no pujes como la última vez, que me apetece probar otras cosas y a mí me puedes tener gratis cualquier otro día —le contestó Amanda, guiñándole un ojo.
—Eso mismo le he dicho yo, que, si vamos a pujar, que sea por alguien a quien no hayamos probado ninguno de los dos —admitió Rigoberta.
—¿Todos los que se van a subastar lo hacen obligados?
—No todos, Amanda participa muy gustosamente.
—Ni que lo digas, Bianchi, que las mejores noches de sexo las he pasado en fiestas como estas.
—Esa es la actitud, preciosa. A mí me haces ganar dinero y, encima, te lo pasas de lujo.
Nos subieron como si fuéramos una prenda de lujo a la que varios le habían echado el ojo.
Me daba igual, pero no me pensaba acostar con nadie que no fuera Renatta. Ya me pudieran amenazar con lo que quisieran, que por ahí sí que no iba a pasar.
Empezaron las pujas y las cantidades que se barajaban eran realmente indecentes. Y llegó nuestro turno.
La puja de salida era de cien mil euros, pero, desde el fondo, se escuchó una voz que reconocería hasta debajo del agua.
—¡Un millón de euros!
—Vaya, esta pareja sí que está bien considerada. Porque, por ese dinero, supongo que los querrás a los dos, ¿no?
—Para nada, lo quiero solo a él, a ella, se la regalo a quien la quiera.
—Pues, te aseguro que no le van a faltar candidatos.
—Mejor para ellos.
Sí, era Renatta la que había pujado por mí, y todavía no entendía cómo había entrado en esa fiesta, pero no iba a tardar mucho en averiguarlo.
Vino hasta la tarima con la cabeza alta y pisando fuerte, entregando un cheque por esa cantidad al hombre que llevaba la subasta.
Me cogió de la mano y se empinó para besarme. No me lo pensé, la cogí por la cintura y la pegué a mí, profundizando muchísimo ese beso, para que todo el mundo, incluyendo ella, se enterara de lo que sentía por ella.
—Esto promete, señores. Venga, vamos con la siguiente pareja. Para esta chica, la primera persona que llegue será la que se la lleve.
Nos estaban tratando como mercancías, como si fuera la tómbola y alguien no quisiera el regalo que le había tocado.
—Vamos, tenemos que darnos prisa.
—¿Qué ocurre, Renatta? ¿Cómo has podido entrar?
—Ahora te lo cuento todo, pero tenemos que salir de aquí antes de que entre la policía. Si asocian tu nombre a esto, te verás envuelto en un gran escándalo.
—Dios, has perdido un millón de euros, que, aunque no los cobren, asociará tu nombre a todo esto.
—No saldrá nada. Ese es un cheque falso que me ha ofrecido la policía. Ese fue el requisito que puse para mostrarles todo y ayudarles a desmantelar toda esta organización.
Uno de los porteros de la mansión, que según me enteré después, era policía, nos abrió la puerta, facilitándonos nuestra huida.
Fuera, en un coche alquilado, nos estaban esperando Natalie y Buonareti, con el motor en marcha y dispuestos a salir pitando en cuanto pusiéramos nuestros traseros en el asiento.
—Chica, por poco no sales la última.
—No me podía venir sin que me aceptaran la puja y para ello, tenía que esperar a que Romeo y Amanda subieran a la tarima.
—Venga, cerrad ya o nos cogerá la entrada de la policía todavía aquí, y a ver cómo explicamos la presencia de estos dos.
Salimos de la mansión por otro camino diferente del que habíamos utilizado para entrar.
Antes de irme, me fijé en la cara de Bianchi y de su mujer, que era de completo asombro. No fue así con Amanda, que se puso a gritar encima de la tarima que ella no era ninguna prostituta para que se la sortearan entre los que estaban allí, reclamando su premio.
—Ahora que ya estamos medio a salvo. ¿Me podéis explicar cómo coño sabíais dónde estaba y lo que tenían planeado?
—Muy sencillo, cuando nos enviaste el audio, y al ver que habíais salido de la casa corriendo, supe que algo ocurría —empezó a explicarme Natalie.
—Sí, pero eso no explica cómo demonios me habéis encontrado, que, por otro lado, no lo digo a modo de reprimenda ni mucho menos, sino de un completo agradecimiento.
Natalie me explicó que, después de todo eso, contactó con un amigo informático que era de dudosa reputación, por decirlo de alguna manera.
El chico rastreó la señal, hasta que consiguió que todo lo que se hablaba en esos momentos sobre la fiesta, pudiera ser escuchado por ellos y por la policía, a la que habían avisado para comunicarle el tema de extorsión.
El dispositivo se armó en pocos minutos, poniendo a los cuerpos del estado de las dos ciudades de acuerdo para actuar conjuntamente.
—Ahora mismo, deben estar deteniendo a todos los que están en esa casa.
—Sí, además de todos los que no están, pero que también sacaban tajada de todo este asunto.
—No solo estáis metidos vosotros, hay muchas personas que están sintiendo lo mismo que tú, y de todas las clases sociales.
—¿Perdona? ¿Me quieres decir que tu padre y tu madre extorsionan a más gente?
—Y Amanda, que ella también está metida en el ajo, y es la que graba los videos, de todo tipo.
—Amigo, hay desde hijos de jueces hasta familiares de políticos importantes, pasando por modelos y deportistas —me contó Buonareti.
—Joder, no me lo esperaba, la verdad. Tan solo he preguntado si todo el mundo que estaba ahí, en la misma situación que yo, lo hacía obligado.
—Pues, todo el mundo, no sé, pero el noventa por ciento de las personas, te puedo asegurar que sí.
—Esperemos que todo salga bien para ellos.
—Nosotros también lo esperamos. Por cierto, ¿tienes la llave de tu habitación del hotel?
—Sí, ¿por qué?
—Para recoger tus cosas…
—Eso es lo que menos me preocupa ahora, todo lo importante lo llevo encima. Allí tan solo hay ropa y nada más.
—Ya, pero nos hará falta. Hazme caso a mí.
—Está bien, estoy en el hotel que hay en la galería comercial.
—Pues vamos, Natalie y yo os esperamos en el coche mientras que tú recoges tus cosas, pero no vayáis a tardar mucho.
—No tengo que recoger nada, tan solo coger la maleta. No me ha dado tiempo a deshacerla, puesto que nos llevaron directamente a la fiesta.
—Perfecto, cuanto antes salgamos de aquí, antes podremos volver a casa, que tenemos mucho que tratar.
—Ni que lo digas, pero, lo primero que pienso hacer, es demostrarte que todo lo que salía en esas imágenes que te llegaron era mentira.
—Eso espero, porque ya sabes que no me gustan las mentiras.
Le dejé un beso en los labios y me bajé del coche. Paré en la recepción, por si acaso las maletas todavía estaban ahí, y menos mal que lo hice, porque, en cuanto me dieron la mía, entró la policía pidiendo todo el equipaje de Bianchi y sus acompañantes.
—Justo a tiempo. ¿Ves por qué lo íbamos a necesitar?
—De verdad que no sé qué hubiera hecho sin vosotros, me hubiera muerto de asco, eso seguro.
—Vamos a dejarnos de sentimentalismos, que la avioneta del club nos está esperando en el aeropuerto, y ya sabes que a Braganza no le gusta perder el tiempo.
—Natalie, supongo que ahora no tendré ningún problema en romper mi contrato con Bianchi y, por consiguiente, con todo lo que él firmó en mi representación, ¿me equivoco?
—No, no te equivocas, pero tan solo en parte. Verás, las campañas que tuvieras que hacer con Amanda, esas sí que las podrás romper, alegando que podría manchar tu imagen pública, pero las que tengas que hacer en solitario, esas tendrás que hacerles frente.
—Creo que de ese tipo no tengo ninguna, pero lo miraré. Me envió una copia de todo por correo electrónico, lo podemos revisar cuando lleguemos.
—No, chico, lo revisaremos mañana, porque no pretenderás que yo esté analizando contratos mientras que ustedes estáis dale que te pego. No se nombra la soga en casa del ahorcado, ¿no te lo han dicho nunca? —me dijo Natalie, y solté una carcajada.
Era la primera de verdad que me había salido desde que firmé con Bianchi, y esperaba que no fuera la última.
—Hija, estás hablando como si no tuvieras sexo desde tiempo inmemorial —contestó Renatta, que también se estaba riendo.
—¡Qué va, desde mucho antes de eso!
—Pues, aquí hay un hombre dispuesto a romper tu racha. ¿Qué me dices? —le dijo Buonareti, que no le había quitado la mirada de encima.
—Hijo mío, lo dices como si me hubieran echado un mal de ojo y tú tuvieras el remedio para cortarlo.
—Bueno, empecemos por una cena, una copa, y lo que surja.
—Ese plan me gusta más. ¿Qué te parece mañana?
—Sí por mí fuera, sería esta misma noche. Pero bueno, acepto que sea mañana.
—Mira la hora que es. Cuando lleguemos a Florencia, casi podríamos desayunar en vez de cenar.
—También me vale, siempre y cuando pasemos el día juntos.
—Bueno, cuando lleguemos a Florencia vemos lo que hacemos.
Paramos en un semáforo y mi compañero, sin perder más el tiempo, puso su mano en el cuello y la acercó hasta donde estaba él, besándola con una pasión que nos dejó perplejos a todos.
Íbamos a decir algo, cuando el teléfono de Renatta empezó a sonar, y lo sacó de su bolso, viendo que se trataba de Franco, mi entrenador.
—Dime que ha salido todo bien y que tienes a mi estrella sentado a tu lado.
—Lo estoy, míster, todo ha salido tal y como lo tenían planeado.
—Gracias al cielo, porque Santini y yo estábamos aquí que nos comían los nervios, te lo juro.
—Pues podéis quedaros tranquilos que, en unas horas, ya estaremos por ahí.
—Vale, ahora sí que me puedo ir a disfrutar de la noche con mi chico. Mañana hablamos.
Tal y como había llamado, cortó la llamada, dejándonos a todos con la palabra en la boca. Nos miramos los cuatro y estallamos en una carcajada.
Desde que esos dos habían salido del armario se pasaban el día juntos, bien en la casa de uno, bien en la de otro, aunque sí era cierto que estaban más en la de Franco, que tenía como más privacidad.
Llegamos al aeropuerto y allí estaba la avioneta del club. En realidad, era un avión, pero como era más pequeño, le decíamos la avioneta.
Ese lo utilizábamos cuando teníamos que hacer alguna promoción de un producto o evento del club y no iba el equipo entero.
Para los desplazamientos en los que teníamos que ir todos, como partidos y demás, lo hacíamos en el otro, que era mucho más grande y podíamos ir cómodamente.
No sé el tiempo que duró el trayecto, porque la tranquilidad de saberme a salvo, hizo que me quedara dormido sobre el regazo de Renatta, que me estaba haciendo caricias en el pelo.
Al bajarnos, nos esperaba un coche para llevarnos a casa, y vimos que la prensa ya estaba en la terminal.
—Tenemos que ponernos de acuerdo en la versión que vamos a dar a la prensa —dijo Buonareti.
—Yo no pienso decir nada —sentenció Natalie.
—Es irremediable que algo tengamos que decir, y es mejor que digamos todos lo mismo —le dije yo.
—Bien, pues venimos de pasar el fin de semana en Roma. Las fotos que se filtraron a la prensa son un montaje de la inteligencia artificial —dijo Renatta, y todos estuvimos de acuerdo.