¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 29
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Capítulo 29

Romeo

Tenía la necesidad de hablar con mi madre, y por eso le pedí que me devolvieran mi teléfono.

Sabía que podría denunciarlos, que lo que estaban haciendo era ilegal, pero no quería rizar más el rizo. Prefería esperar a que Renatta me dijera que había hablado con su amiga.

Al final, conseguí que me lo dieran, y que me dejaran a solas para hablar con mi madre. Justo cuando lo estaba haciendo, me llegó una notificación de un mensaje.

—Mamá, tengo que dejarte. Te llamaré en cuanto pueda.

—Hijo, ten mucho cuidado, por favor.

—No te preocupes que lo tengo. Te quiero.

—Un beso, hijo, yo también te quiero.

Corté la llamada y me encontré con un mensaje de Renatta. Por suerte, no me habían borrado su número de la agenda, ni me lo habían bloqueado, que hubiera sido lo más lógico.

Renatta: En cuanto leas este mensaje, bórralo, y no te preocupes por mi padre, que no sabe casi ni poner el pin del móvil. Estamos en la casa que hay justo a la izquierda de la que estáis. Necesitamos que busques la forma para poder venir.

Ni siquiera le contesté, borré el mensaje inmediatamente después de leerlo, pero una sonrisa se pintó en mi cara.

No me había dado cuenta de que ya tenía compañía, pero por suerte no se percataron de que había borrado ni leído nada.

—Veo que te ha sentado bien hablar con tu madre.

—Siempre sienta bien hablar con una madre.

—Uy, habla por ti, que yo a la mía hace como diez años que ni hablo ni la veo, y estoy de lo más a gusto —dijo Amanda.

No quise entrar al trapo de decirle lo que pensaba de ella, por lo que cambié de tema radicalmente, entre otras cosas porque me interesaba.

—¿Dónde está Bianchi?

—Recuperándose del rapidito que hemos echado mientras su mujer estaba en la ducha.

—¿No te da asco ser de esa manera?

—¿De qué manera? ¿Liberal? ¿Sabiendo disfrutar del sexo?

—Sin respetar a nada ni a nadie. Una trepa que haría lo que fuera por llegar a lo más alto.

—Ya estoy en lo más alto, no te equivoques.

—Eso no es verdad. Si lo estuvieras, no tendrías la necesidad de hacer estas cosas.

—¡Qué sabrás tú lo que se tiene que hacer o no!

—Bueno, que me da igual lo que hagas o dejes de hacer. Eso sí, por tu propio bien, ve a mirártelo, porque tienes un serio problema con el sexo.

—Sí, exactamente el mismo que tú tienes con las drogas.

—Sabes que eso no es cierto. El único momento en el que he consumido drogas fue en esa fiesta.

—Es tu palabra contra la mía. Con ese vídeo puedo, incluso, argumentar que tú me obligaste a consumir, y que lo que hice esa noche fue a causa del efecto de las drogas.

—Jamás me imaginé que podías ser una persona tan mala, Amanda.

—Di lo que quieras, pero tú sigues aquí, conmigo, y no con la mosquita muerta esa.

—¿A eso se reduce todo? ¿A que no pueda estar con ella?

—A mí nadie me humilla públicamente como tú lo hiciste en la fiesta del club sin que tenga sus consecuencias.

No quise seguir allí, tenía que encontrar la manera de salir de aquella casa, y tenía la excusa perfecta para hacerlo, sin que Bianchi se diera cuenta de nada.

Además, esa escapada me serviría para poder besar a Renatta y demostrarle que nada de lo que había visto era cierto, que Amanda no significaba nada para mí, y que ella era la única mujer que me interesaba.

Busqué a Bianchi por toda la casa que, por otro lado, tampoco era tan grande como podéis imaginar.

Lo encontré en la cocina, bebiendo un vaso de agua fría, y con la cara como descompuesta.

—¿Te encuentras bien?

—Por supuesto que sí. ¿Qué te ocurre ahora?

—Verás, no puedo pasar más días aquí encerrado sin practicar mi hora de carrera diaria. Tengo que salir a correr, me da igual si es a primera o a última hora del día.

—Lo veo lógico. Pero será mejor a última hora, para poder controlar el tiempo que estés fuera.

—No vaya a fugarme…

—Lo que no tienes que hacer es ninguna tontería, Acosta, ya sabes lo que está en juego.

Eran casi las once de la noche y agradecí que hubiera dicho que saliera a correr a última hora.

En realidad, mi carrera no era de más de veinte minutos o media hora, pero así aprovecharía para poder estar media hora con Renatta.

Entré a mi habitación, me puse un pantalón corto de algodón, una camiseta sin mangas, como las que usaba para correr, y mis zapatillas deportivas.

—Vuelvo en una hora.

—Eso espero.

Salí de aquella casa y tomé el rumbo contrario al que tenía que seguir, pues sabía que me estarían vigilando desde la puerta, como así fue.

En cuanto me perdieron de vista, cogí la primera esquina disponible, y di la vuelta por la calle de detrás, pues me había fijado en que en todas las casas había una puerta trasera.

No me llevé el móvil, lo dejé “olvidado” encima de la mesa de la cocina, con una doble intención.

La primera, porque así les demostraría que no tenía nada que ocultar, y que por eso lo dejaba a la vista de todos.

La segunda, para que no pudieran activar el localizador y ver que estaba justo en la casa de al lado.

Llegué a la parte trasera, y llamé con energía a la puerta, escuchando como alguien decía quién coño podría llamar a esa puerta de la que ni ellas mismas conocían su existencia.

—Joder, chico, vaya susto que nos has dado.

—Dejadme pasar, rápido, que no quiero que me vea nadie.

Nada más entrar, lo primero que hice fue fundirme en un beso con Renatta, uno que me supo a poco, la verdad.

—No te puedes imaginar lo que necesitaba esto.

—¿Cómo te encuentras?

—Más agobiado que un cangrejo en un cubo, pero intentando sobrevivir.

—No tenemos mucho tiempo, por lo que presupongo.

—Pues no, porque de la hora que tenía ya he consumido más de la mitad, pero, si todo sigue así, podré venir un ratito a última hora de cada día.

—Entonces, iré al grano. Tu situación es un tanto complicada, porque ellos pueden decir ante un juzgado que todo es mentira, que ese chantaje o esa extorsión, no existe.

—¿Qué podemos hacer?

—Tienes que conseguir que lo vuelva a decir, pero grabar la conversación sin que se dé cuenta —me dijo Renatta.

—Eso es harto complicado, pero lo conseguiré. Mañana mismo salimos para Nápoles, pues la próxima campaña será en Pompeya.

—Perfecto. Una vez que estéis allí, tendrás que buscar la oportunidad de hacerlo. Lo ideal sería que pudieras grabar a todos en la misma conversación, pero, de no ser así, con que grabes a Bianchi, nos valdrá.

—Romeo, tienes que conseguir que lo vuelva a hacer. Si quieres, dile que yo te he llamado y que te he dicho de vernos, para hablar, y que yo estoy dispuesta a ir hasta allí —me dijo Renatta.

—Joder, no te quiero cerca de ellos, no te puedes imaginar lo malos que son, la maldad que albergan.

—Lo he comprobado en mis propias carnes, ya sabes que son mis padres.

—Joder, ¿por qué no te habré hecho caso cuando me lo dijiste?

—Porque eres un puto niñato orgulloso que se cree con la verdad absoluta —me contestó Natalie.

—Gracias por describirme de esa manera.

—¿Me he equivocado?

—Pues, para mi desgracia más absoluta, ni un pequeño ápice.

—Entonces, más vale que le pongas remedio.

—No dudéis de que lo haré. Ahora, tengo que marcharme antes de que sospechen de que estoy aquí.

Fui a dejarle un beso a mi chica, porque seguía siéndolo, a pesar de todo lo que nos rodeaba.

Volví a coger por el mismo camino y, cuando estaba cerca, noté como se abría la puerta de nuevo, pero esta vez no era Bianchi, era su mujer, que me esperaba con los brazos en la cintura.

—¿Se puede saber dónde coño te has metido?

—He salido a correr, Bianchi lo sabía.

—Pues está ahí dentro, metiéndonos prisa a todos, porque tenemos que marcharnos.

—¿No nos íbamos mañana?

—Eso pensaba yo también, pero va a ser que no, que nos vamos de manera inmediata.

Entré en la casa y allí estaba él, junto a Amanda, con la maleta en la puerta.

—Date una ducha rápida, arréglate de manera elegante, que nos marchamos. Tenemos una fiesta en Nápoles esta misma noche.

—¿Una fiesta? De eso no habíamos hablado nada.

—No te tengo que dar explicaciones. Hemos firmado tu presencia y tienes que estar allí. Me equivoqué de día, y pensé que la fiesta era mañana.

—Está bien, dame media hora.

—Tienes quince minutos. Encima de la cama te he dejado lo que debes ponerte, el resto de ropa está ya guardada en la maleta.

Entré a mi habitación a ducharme, y me vestí con lo que me había indicado, que no era otra cosa que un traje de las muchas firmas con las que trabajábamos.

Me eché mi perfume y metí todo en mi neceser, ese que llevaba junto con mi maleta.

Iríamos en una avioneta privada que nos habían puesto los promotores de la fiesta. Pensé que ese era el momento idóneo para intentar sacarle una confesión, por lo que, en cuanto despegamos, me puse en plan investigador.

—¿Qué pasaría si yo dijera que no voy a esa fiesta?

—¿Me lo estás preguntando en serio?

—Por supuesto que sí, porque no creo que eso me deje dinero.

—Claro que dejará dinero, pero no a ti, sino a mí. Cuando llegues, verás el tipo de fiesta a la que vas a acudir.

—No has contestado a mi pregunta.

—No hay que ser muy inteligente, Romeo. Si te niegas a algo de lo que cualquiera de los tres te digamos, ese vídeo en el que sales consumiendo drogas se verá en todas las televisiones —dijo Rigoberta.

—¿Tengo que recordarte que la sartén la tengo yo por el mango? —preguntó Bianchi.

—Esto es un chantaje, una extorsión, te pongas como te pongas.

—Llámalo como quieras. Si quieres, también puedes romper nuestro contrato, y yo me quedaré con todo por lo que tu padre y tú habéis luchado tanto.

Lo tenía, ya sí que no podía decir que no me había dicho nada de eso, pero quise rizar el rizo un poquito más.

—No sé quién ha grabado ese vídeo, pero está claro que lo hizo con todas las intenciones.

—Lo grabé yo, querido. No todas las rubias con buen cuerpo somos tontas —afirmó Amanda.

En cuanto bajamos de la avioneta nos montamos en un coche que nos llevaría hasta la fiesta, que era en una mansión de la ciudad.

—Voy al baño, enseguida vuelvo.

—Te quiero aquí en dos minutos, ni uno más.

Seguí las indicaciones que me dio un camarero para localizar el baño y, una vez que estuve dentro, les envié el audio a Renatta y a Natalie, por si a una no le llegaba, que lo hiciera a la otra, y borré los mensajes.

Al salir al salón, algo no me cuadraba, pues no era una fiesta como otras a las que había asistido. Ahí me estaban mirando como si yo fuera un trozo de carne y ellos leones hambrientos.

—Ahora van a hacer una subasta de los solteros, y participaréis los dos.

—¿Perdona? ¿A qué te refieres con eso?

—Es muy sencillo, ahora iréis subiendo por parejas, y los asistentes pujarán por vosotros, bien en pareja o bien por separado, y tendréis que pasar la noche con el que pague más dinero.

Os prometo que se me bajó hasta la tensión. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar este hombre por dinero?