¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 27
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Capítulo 27

Romeo

Tener que llamar a Renatta era algo que me costó media vida hacer, pero que no tenía más remedio que hacerlo.

En primer lugar, porque me tenían atado de pies y manos, por mi puta inconsciencia.

Me mostraron un vídeo en una fiesta, en el que se me veía consumiendo drogas. Os prometo que fue la primera y la última vez que lo había hecho, y que se lo conté a mi padre en cuanto llegué a casa.

Pero, en estos momentos, no me servía para nada porque, si este vídeo veía la luz, mi carrera deportiva estaría acabada para los restos.

—Tienes dos opciones: o entras al trapo y haces todo lo que nosotros te digamos y que nos sirva para ganar dinero, o este vídeo ve la luz.

—¿Acaso no lo estoy haciendo ya?

—No, tan solo estás posando como te ha dicho el fotógrafo, pero eso no dice que seáis pareja.

—No pienso salir con ella fuera de estos contratos que tenemos firmados.

—Claro que lo vas a hacer, si no quieres que le dé al botoncito y que este vídeo llegue a todas las redacciones de los periódicos y televisiones.

Me vine abajo, no me podía estar pasando esto a mí, no en este momento en el que no tenía a mi padre a mi lado, no cuando, por fin, había encontrado el amor y la estabilidad con Renatta.

—De momento, vas a llamar a mi hija y le vas a decir que este fin de semana no vas a ir. Invéntate lo que quieras, pero tienes una sesión de fotos un poquito comprometida con Amanda esta misma mañana.

—¿Cómo puedes anteponer el dinero a la felicidad de tu hija?

—Porque es lo más importante. Mi hija no ha querido ayudarnos, ¿por qué tendría que ayudarla yo a ella?

—Porque es tu hija, joder.

—Claro que sí, una a la que no le tenemos ningún aprecio, una que no ha tenido la más mínima compasión por nosotros, cuando fuimos a decirle que teníamos un problema y que necesitábamos dinero.

—Pero yo sí que os lo di.

—Y más que nos vas a dar, aunque sea de manera indirecta.

—Ah, y ni se te ocurra decirle a mi hija lo que está pasando, porque entonces, no solo saldrá ese video, sino que te acusaremos de algo mucho peor y de lo que no levantarás cabeza en la vida —me dijo Rigoberta.

Supe, por la manera de mirarme, por el tono que había empleado, que me estaba hablando completamente en serio.

Entré en la casa en la que estábamos y cogí mi móvil. Marqué el número de Renatta, pero no me extendí en esa conversación.

En primer lugar, porque si lo hacía, ella se daría cuenta de que le estaba mintiendo, de que algo pasaba y no pararía hasta descubrirlo.

Y, en segundo lugar, pero no menos importante, porque los tenía a los tres a mi alrededor, vigilantes de todo lo que salía de mi boca.

Cuando terminé de hablar con ella y corté la llamada, una sensación de intranquilidad me entró por el cuerpo, porque me habló con un tono de decepción y derrota que me partió el alma.

Buscaría la manera de poder hablar con ella más tarde, cuando estuviera a solas, para que se lo comunicara a Natalie, porque tenía claro que no me iban a permitir volver a casa.

Pensé que habría un fotógrafo contratado por ellos, pero nada más lejos de la realidad. No querían perder el tiempo ni dejar flecos sueltos, por lo que las fotografías las iban a hacer ellos mismos.

—Meteros en la piscina, y quiero que os comáis la boca con devoción, como si fuerais una pareja de verdad que está dando rienda suelta a la pasión que os provocáis —dijo Bianchi.

—No nos costará mucho trabajo, sé perfectamente cómo encenderlo —contestó Amanda, con una sonrisa de maldad que me puso los vellos de punta.

El bikini que lucía Amanda era minúsculo, y en los ojos de Bianchi vi el deseo. Estaba claro que esta se estaba acostando con él, lo que no sabía era si tenía el consentimiento de Rigoberta o lo hacían a sus espaldas.

Maldije la hora en la que se cruzaron en mi camino, me acordé de todos mis antepasados por no hacerle caso a mi padre cuando me dijo que firmara con Renatta.

Si lo hubiera hecho, nada de esto estaría sucediendo ahora, y podría estar en mi casa, tranquilamente, como estaban todos mis compañeros que sí siguieron las indicaciones de mi padre.

No se conformaron con esas fotos, no, todavía quisieron más. Nos hicieron que nos fuéramos desnudando el uno al otro, hasta que terminamos en una de las hamacas del jardín, con ella encima de mí, como si me estuviera cabalgando.

No diré que no me puse duro, porque no era de piedra, pero lo hice con los ojos cerrados, y pensando que la que estaba encima de mí era Renatta, no ella.

—Ya tenemos suficiente —dijo Bianchi, comiéndose a Amanda con los ojos.

Pero ella no se quedó atrás, se levantó de encima de mí, y aproveché para taparme con una toalla que tenía en la hamaca de al lado, mientras que Amanda se dirigía hasta donde estaban los dos.

Primero, besó a Rigoberta, pero, mientras lo hacía, tocaba también el miembro de Bianchi. Después, lo hizo al contrario, cogió a cada uno de una mano y entró en la casa.

Desde la puerta, Bianchi volteó la cara, mirándome con una sonrisa, y esperando a que su mujer hablara.

—¿Te unes a nosotros?

—Ni aunque mi vida dependiera de ello.

—Pues tú te lo pierdes, chico, porque nos lo vamos a pasar de lujo —dijo él.

Por primera vez supe lo que era sentir asco por una persona. Ya me lo había advertido Renatta, pero no quise creerla, preferí ignorar todo lo que me había contado para no ver la realidad, hasta que me he dado de bruces con ella.

En su desesperación por llegar a la habitación, se habían olvidado de que me habían dejado solo, por eso me levanté de inmediato a buscar mi móvil.

—Me cago en la leche, los cabrones lo han escondido.

Me dije, en voz alta, aunque no había nadie más allí conmigo. Pero no me iba a conformar, tenía que encontrar el teléfono, aunque fuera lo último que hiciera.

Era mi única oportunidad para poder contarle lo que pasaba, porque tenía claro que no me volverían a dejar solo y que no contaría con otra ocasión como esta.

Eran casi las doce de la noche cuando di con el teléfono. Lo había escondido en el interior de un mueble.

Desde las cinco de la tarde que se metieron en la habitación no habían salido para nada, por lo que no tardarían en hacerlo.

Marqué el número de Renatta, después de ver que tenía muchísimas llamadas perdidas, tanto de ella como de mi madre, y algo me dijo que los muy cabrones ya habían hecho públicas las imágenes.

No me contestaba, pero no iba a parar hasta que lo consiguiera. En el caso de que Renatta no me cogiera el teléfono, lo intentaría con mi madre, y que fuera con el teléfono hasta su casa, si no es que estaba ya con ella.

Después de mucho tiempo, por fin me contestó, y por su tono supe que ya lo había visto todo.

—¿Recuerdas lo que te dije, de que no te creyeras nada de lo que vieras?

—¿Cómo no me lo voy a creer? No he visto que nadie te apuntara con una pistola para que dejaras que esa mujer te cabalgara en esa hamaca.

—Joder, qué cabrones, te han enviado las fotografías.

—A mí y a toda España, porque, justo en el momento en el que las vi, también estaban saliendo en un programa de la televisión.

—Renatta, te juro por las cenizas de mi padre que no es lo que parece. No me he acostado con esa mujer, tan solo han sido los besos, y obligado.

—No me cuentes milongas, Romeo, que soy joven, pero no idiota.

—No tengo mucho tiempo para hablar, porque estarán a punto de salir de un momento a otro. Tienes que contactar con Natalie y decirle que me están extorsionando.

—¿Perdona? Me parece una excusa un tanto rocambolesca para excusar que te has acostado con Amanda.

—¡Joder, que no me he acostado con ella! Es más, si me hubiera acostado con ella, si me importara lo más mínimo, ¿iba a consentir que estuviera encerrada en una habitación con tus padres desde las cinco de la tarde?

—¿Mi padre se ha acostado con ella?

—Y tu madre, pero eso te lo contaré en cuanto pueda salir de aquí. Ahora lo que me interesa es que sepas lo que ha pasado.

—Envíamelo en un mensaje de audio, para poder ponérselo a Natalie, y ve rezando porque sea verdad, ya que, como te coja en un renuncio, te va a faltar Italia para correr.