Capítulo 26
Renatta
Había llegado el momento de que nos tuviéramos que separar. No era la primera vez que nos ocurría, aunque sí que era la primera desde que estábamos juntos como pareja.
Yo tenía que ir a la presentación de Puzinni por parte del club, mientras que Romeo partía para Roma en una hora y media.
—Renatta, no creas nada de lo que veas. Por favor, te lo pido.
—Ya te he dicho que no lo tendré en cuenta, siempre y cuando no me mientas.
—No te mentiré, y te llamaré todas las noches. Supongo que antes del fin de semana estaré de vuelta. Podremos preparar algo para nosotros, aunque sea cerca de aquí.
—Está bien, yo también tengo la semana un poquito liada, pero intentaré buscar un hueco para planear algo.
—¿Te he dicho ya que te quiero?
—Hoy, no.
—Pues te quiero más que a mi vida.
—Desde luego, qué pelota eres cuando te conviene.
—Si por mí fuera, le daban por culo a la campaña y me quedaba contigo, que es donde quiero estar.
—Natalie ya ha presentado la demanda, es cuestión de tiempo.
—Un tiempo que se me va a hacer eterno.
—Anda, vamos, que al final, llegaremos tarde.
—A mí eso no me preocupa, pero no voy a permitir que lo hagas tú en tu primera presentación.
—Sería lo que me iba a faltar.
—Ve ahí y cómete a todos los periodistas, que tú puedes con ellos.
Nos despedimos en el garaje, junto a mi coche, donde nos dimos un beso que decía todo lo que nos íbamos a anhelar el uno al otro.
—Te lo repito, por favor, no creas nada de lo que veas y, si tienes alguna duda sobre algo, no dudes en llamarme, que, si hace falta, lo dejo todo y vengo a darte las explicaciones necesarias.
—Te quiero.
—Yo a ti, mucho más.
La presentación en el club fue espectacular. Estaban todos los medios en el césped, y fue presentado como una auténtica estrella.
La prensa tan solo hizo preguntas sobre él y sobre su manera de jugar, como lo habían descubierto y si ocuparía un puesto en la plantilla del primer equipo.
Tanto el entrenador como el señor Braganza contestaron a todas esas preguntas con una sonrisa.
Mi semana estaba planteada de manera caótica, la verdad, porque quería dejar todo cerrado en esos días y así poder ir con Romeo a alguno de sus viajes.
El lunes fue la presentación, el martes y el miércoles me tocaba la renovación de dos de mis representados, y el jueves la negociación con una de las firmas más importantes de moda deportiva.
En esa negociación estaban implicados dos de mis representados, uno de ellos sería Puzinni, que querían sacar una nueva línea de ropa deportiva dedicada íntegramente a los futbolistas.
Para el viernes no programé nada, ya que se suponía que Romeo volvía a media mañana y yo tenía ya programada una escapada de fin de semana a Livorno, donde había alquilado una casita frente al mar.
Ese destino no estaba tomado por los turistas y, si bien no tenía kilómetros de playa como otras zonas de Italia, sí que tenía unas calas vírgenes y preciosas en las que poder disfrutar en la intimidad y con la tranquilidad que íbamos buscando.
Pero mis planes se fueron al traste, puesto que esa misma mañana de viernes me llamó Romeo para decirme que no llegaría cuando tenía pensado.
—Se ha alargado el rodaje, Renatta. No sé cuándo terminaré ni en el momento en el que llegaré.
—¿Me estás diciendo que no llegas hoy?
—Ni hoy ni mañana, eso lo tengo claro. Por lo visto, han tenido problemas con una licencia y, lo que teníamos que haber rodado en ese lugar, lo tendremos que hacer entre hoy y mañana.
—¿De verdad? Joder, todos los planes a tomar por culo.
—Vete tú, avisa a tu amiga o a quien tú quieras y disfruta, ya que yo no puedo.
—Ese plan no era para ir con una amiga, Romeo. Además, he despejado toda mi agenda para no tener nada en este día.
—Lo siento, Renatta, pero no puedo hacer nada. Ahora te tengo que dejar, que me llaman para la sesión de fotos.
Y me colgó. Ni un mísero te quiero, ni un aprovecha y vente conmigo, nada de nada, y eso me enfadó muchísimo.
Hablaría con él en cuanto llegara porque, si no tenía claro que podía venir, no debería decirme que hiciera planes para los dos.
Llamé y anulé todo, la casa, el tren, la reserva para cenar en el restaurante, absolutamente todo, pues no me apetecía salir sin él.
Por suerte para mí, el edificio contaba con una zona de solárium y una piscina en la azotea, así que, me puse mi bañador, cogí mis auriculares y me subí. Me apetecía dar unos largos en la piscina y tomar un poco el sol.
Bianca se animó a subir conmigo, y en menos de media hora, ahí estábamos las dos, disfrutando de ese plan.
Tan solo estábamos las dos, porque el resto del vecindario eran personas mayores que solían marcharse a la costa durante todo el verano y, las pocas que quedaban, no subían.
—¿Qué te ocurre, Renatta?
—No sé, tengo como una mala impresión. Algo está pasando con Romeo, pero no sé lo que es.
—No le des más vueltas. Tú, mejor que nadie, debes saber que muchas veces las cosas no salen como se planean, y que los tiempos se pueden alargar.
—Ya, pero el simple hecho de que no me haya dicho que me fuera con él ahí, me escama.
—Será porque no podrá atenderte.
—No lo sé, pero el tiempo mostrará la verdad.
Estuvimos allí hasta casi la hora de comer, momento en el que bajamos a su casa, pues ella seguía haciendo la comida para mí también, como había hecho desde que llegué a Florencia.
—Voy a encender la televisión.
—Sí, para que nos acompañe de fondo, porque al final no veremos nada, como si lo viera.
—Pues sí. Mientras que se calienta, me voy a dar una ducha.
—Yo también, me ducho y vuelvo enseguida.
—Llévate las llaves, por favor, así no tengo que ir con prisas.
—Perfecto.
Cogí las llaves que Bianca había dejado encima de la mesa, y salí a mi casa. Ni siquiera encendí la televisión, que era lo primero que hacía nada más llegar a casa, para no sentirme tan sola.
Me metí en la ducha y me vestí con un vestido fresquito, uno que tenía para estar en casa, y que era de lo más cómodo. Mis chanclas y mi pelo recogido en un moño informal, que era como estaba normalmente cuando no tenía que volver a salir a la calle.
Cogí mi móvil, que lo había dejado encima de la mesa del salón, y las llaves de la casa de Bianca, y me dispuse a volver a su casa.
Nada más entrar, me encontré de frente con la situación, una que no me gustó un pelo.
En la televisión había unas imágenes de Romeo con Amanda, en una especie de mansión. Estaban en el interior de una piscina, y se estaban besando como si no hubiera un mañana.
Me quedé petrificada, no sabía qué hacer ni qué decir, pero le prometí que, ante cualquier duda o imagen que viera y no me cuadrara, lo iba a llamar, y eso es lo que pensaba hacer.
—Renatta, esto debe tener alguna explicación.
—Y esa misma es la que quiero que tu hijo me dé.
Al coger el teléfono, vi que tenía mensajes de un número desconocido, y, al abrirlo, casi se me cae el móvil de las manos de la impresión.
En ese mensaje había imágenes de Romeo con esa mujer. Era la secuencia completa, desde que se estaban besando en la piscina hasta el momento en el que se veía a ella, completamente desnuda encima de él, en una hamaca del jardín.
—Llámalo, Renatta, no te quedes con la duda, que no sabes si es verdad o no.
—Más verdad que esto, ¿te refieres?
—Sé que puede parecer que se está acostando con ella, pero…
—Pero es lo que está haciendo. Aun así, no pienso quedar como una lunática y lo voy a llamar.
Marqué su número como veinte veces, pero no me contestó ninguna de ellas, ni a mí ni a su madre.
¿De qué me había servido todo lo que me dijo antes? ¿Acaso lo tenía planeado?
Aunque le hubieran dicho que tenían que fingir ser una pareja, no era necesario hacer esto, mucho menos cuando están en un recinto privado.
Casi a las doce de la noche, cuando yo ya estaba en mi casa, sentada en el sofá y con la televisión encendida, pero sin ver realmente nada, mi teléfono empezó a sonar.
Lo tenía en la mano, y era Romeo, pero estaba tan en shock, que no podía ni contestar, pedirle una explicación o mandarlo a la mierda.