Capítulo 25
Romeo
En cuanto nos despertamos y nos desayunamos el uno al otro, de nuevo, lo primero que hice fue entrar en casa de mi madre, en mi casa, porque todavía la seguía considerando así.
En el momento en el que me vio detrás de la puerta, mi madre empezó a llorar, y yo con ella. Tenía tanto por lo que pedirle perdón, tanto que agradecerle, que no sabía por dónde empezar.
—Mi niño, menos mal que has vuelto a ser de nuevo tú.
—Mamá, perdóname, te lo suplico. He sido un niñato que no ha sabido valorar lo que tenía a su alrededor.
—No, mi vida, has sido un hombre que no supo cómo gestionar el dolor, y que lo pagó con todo el que estuvo a su alrededor.
—Quiero leer la carta que escribió papá. Aunque no tendré nada suyo, nada material, me refiero, sí que contaré con muchos y gratos recuerdos.
—Eso tampoco es cierto. Sí que tendrás algunas de sus cosas, están en casa de Renatta, en una caja. El resto se lo bajamos a Rodolfo, para que lo repartiera entre él y su familia.
—Bien hecho, mamá. Es inútil mantener la ropa ahí, colgada en el armario, cuando la puede aprovechar otra persona.
—Eso tan solo me causaría más dolor. Ahora, dime que también has hecho las paces con Renatta, por favor.
—Sí que lo hemos hecho, las paces, digo, aunque bueno… lo otro también…
—Ay, Romeo, que me estás liando. Habla claro de una vez.
—Que sí, mamá, que estamos juntos, como pareja, pero tengo que arreglar algunos asuntillos.
Le conté a mi madre todo lo que me había dicho Bianchi, lo que había firmado sin leer, y lo que tendría que hacer mientras que él tuviera mi representación.
—Hijo, no quiero ser cruel contigo, pero hay que ser muy gilipollas para firmar algo sin leerlo antes.
—Y tienes toda la razón. Bueno, ahora tengo que marcharme. Está a punto de llegar Buonareti con la carpeta y con mis cosas, no quiero salir ahora que está toda la prensa abajo, esperando a que yo diga algo sobre mi relación con Amanda.
—Ojalá encuentres la manera de deshacerte de ese hombre, Romeo, o terminarás amargado y arruinado.
—El dinero me da igual, si lucho es por no caer en lo que mi padre siempre me dijo que evitara.
—Haz todo lo necesario, te lo ruego, y ya no solo por ti, sino también por ella, por Renatta, que se merece todo el reconocimiento del mundo.
Sabía a lo que se estaba refiriendo mi madre, y pensaba hacerlo, aunque me tuviera que dejar la piel para conseguirlo.
Justo salía de mi casa, cuando el ascensor se abría, saliendo mi compañero de él, con mi maleta y una sonrisa.
—Veo que la noche te ha ido bien.
—Mejor que bien, amigo, pero espero que me pueda ir el futuro de la misma manera.
—Verás que sí, si alguien es capaz de conseguir eso y más, es Renatta. ¿Sabes que ha conseguido mi renovación con un incremento del quince por ciento?
—Joder, amigo, eso es mucho dinero.
—Sí que lo es, y, además, he firmado una campaña publicitaria con una firma deportiva de lo más prestigiosa, y que se rodará en el mismo estadio, no me tendré que mover ni de la ciudad.
—Suerte la tuya. El cabrón de Bianchi me ha firmado un montón de campañas durante todo el verano, cada una en una punta del país, y no podré descansar nada.
—Sabes que eso es un problema. Como llegues agotado a la pretemporada, como no des los resultados que se esperan de ti, primero, podrías lesionarte y, segundo, el míster te dejará en el banquillo.
—Lo sé, lo único que me consuela es que tendré las dos semanas en las que no podré jugar para recuperarme un poco.
—Ojalá y te sirva solo con eso.
—¿Entras y saludas a tu agente?
—No, mejor vengo otro día, que he quedado en ir a visitar a mi madre, y sabes que me queda un buen camino por delante.
—Está bien, ten cuidado con la carretera, y gracias por traerme mis cosas.
—Ya te lo he dicho, los amigos están para esto y para mucho más.
Nos fundimos en un abrazo, y entré de nuevo en la casa de Renatta, que ya me esperaba en el salón con dos vasos de refresco y algunas cosas para picar, pues ya era pasado el mediodía.
—Dame el contrato que lo vaya mirando. Si quieres, puedes dejar esa ropa en el armario, así no tendrás que ir a tu casa cuando duermas aquí.
—Lo haré con mucho gusto, pero tampoco es que viva a una hora de aquí, que tengo el portón en el mismo rellano.
Renatta negó con la cabeza, mientras que le dejaba la carpeta con el contrato encima de la mesa e iba a colgar mi ropa donde me había dicho.
Pensé en pedirle la caja con las cosas de mi padre, pero luego decidí que lo haría con ella delante. Ahora era mucho más importante poder deshacernos de ese impresentable, y, para ello, tenía que estudiar bien el contrato.
Cuando terminé de colgar todo, y salí al salón, allí estaba ella, anotando cosas en una libreta que tenía al lado, mientras que le daba vueltas al contrato una y otra vez.
—Podemos denunciarlo por cláusulas abusivas, pero esto no será de manera inmediata.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Qué, aunque la demanda esté presentada, mientras que no tengamos la resolución de un juez, tendrás que cumplir con los contratos que has firmado.
—¿Cuánto puede tardar eso?
—Siendo sincera, no lo sé. Supongo que dependerá del juzgado en el que caiga y de la prisa que el juez quiera darse. Pero, mínimo, un mes va a durar.
—Joder, tendré que hacer todas las campañas publicitarias, y ninguna es en solitario, todas son con Amanda.
—Síguele el juego mientras que estéis en público, así no tendrá por dónde cogerte.
—Renatta, no sé si voy a ser capaz de hacer eso. Te aseguro que tienen tanta maldad, que son capaces de obligarme a ir a fiestas por contrato, y tener que mostrarme cariñoso con ella sabiendo que tú estarás aquí…
—No te preocupes ahora por eso, procuraré no poner la tele en esos días. Eso sí, como vea una sola foto en privado de los dos a solas en actitud cariñosa, date por muerto.
—Te prometo que eso no va a suceder nunca.
—Y, en cuanto estés de vuelta, me vas a contar absolutamente todo. No quiero que nada me coja sin estar sobre aviso o fuera de juego.
—Te contaré hasta las veces que voy al baño y, en las ocasiones que puedas, te diré que vengas conmigo. Sé que a Roma es imposible, pero en la siguiente, que será en Pompeya, te quiero a mi lado.
—¿Para qué quieres que vaya si no voy a poder estar contigo?
—No estarás mientras que se ruede la campaña, pero luego, en el hotel, no pienso dejarte escapar.
—Está bien, ya lo iremos viendo.
Renatta, con la ayuda de una de sus compañeras, a la que llamó por teléfono para que viniera, redactó la demanda que llevaría al día siguiente al juzgado.
Ella no podría representarme, ya que su rama era el derecho mercantil, pero sí que lo haría esa amiga suya, a la que le prometí que, si me sacaba de este lío, le haría un contrato como mi abogada personal.
Mi padre había estudiado derecho, y, en cuanto tenía alguna duda legal o algún problema, era él quien me asesoraba, por eso no tenía ningún abogado contratado.
Joder, lo echaba tanto de menos. No solo era ya como mi padre, que así lo echaba mucho, sino que también había sido mi compañero de trabajo, mi asesor personal y ahora me sentía perdido y vacío.
—Anda, vamos a comer a casa de tu madre, que seguro que se alegra mucho de vernos juntos.
—Ya se lo he dicho esta mañana. Por cierto, me gustaría pedirte algo. ¿Me puedes dar la caja de mi padre, por favor? Quiero leer esa carta y echarle un vistazo a todo.
—Por supuesto que sí. Además, en mi despacho, está su portátil, por si quieres mirar algo relacionado con el trabajo.
—No, eso te lo dejo a ti. Ahora mismo lo único que quiero es centrarme en su faceta como padre. Lo necesito.
—Ven conmigo, te diré dónde está, para que la cojas tú.
La acompañé hasta el despacho y, arriba, en el altillo del armario empotrado que había en esa habitación, estaba una caja rotulada con mi nombre.
En el momento en el que la abrí, dos lágrimas corrieron por mis mejillas, pues allí estaba el primer trofeo que gané jugando al fútbol, junto al primer premio que consiguió él como agente.