Capítulo 24
Renatta
Llegamos a la discoteca y, como no podía ser de otro modo, me moría por ir al baño, pues no había ido en toda la noche y me había tomado un par de cervezas.
—Chicos, ahora vuelvo, que tengo que ir al baño, o terminaré como los niños en la guardería, mojada y no de la manera en la que a mí me gustaría.
—Siempre te puedes llevar a alguien para que te moje como tú deseas —me dijo Santini, bromeando.
—Quita, quita, que me gusta a mí mucho mi pelo para perderlo de un jalón de una fiera.
Los dos soltaron una carcajada, mientras que yo pinté una sonrisa en mis labios. Les había contado el motivo por el que habíamos llegado tarde, y mis sospechas sobre quiénes habían sido, y se quedaron completamente perplejos.
Los baños eran individuales, y eso me gustaba, pues te daba la intimidad necesaria para poder hacer tus necesidades sin escuchar a nadie fuera, charlando o pendiente de lo que hacían los demás.
Hice pis a chorro olímpico, con tanta intensidad que llegué a pensar que me tendría que quedar ahí toda la noche, pero no fue así.
Cuando terminé, quité el pestillo y me volví para lavarme las manos, y en ello estaba, cuando noté que la puerta se abría.
Creí que sería alguna de las chicas, pero no, a quien me encontré allí, cara a cara, fue a Romeo.
—¿Qué estás haciendo aquí? Se está convirtiendo en una costumbre que me abordes en el baño de los lugares públicos.
—Renatta, déjame hablar contigo, por favor.
—¿Y tiene que ser aquí? ¿Por qué no lo haces afuera, delante de todos?
—Porque no quiero que nos interrumpa nadie, no por el motivo que estás pensando.
—Mira, Romeo, a mí, en estos momentos, lo que me tengas que decir no me interesa nada. Tuviste tiempo de preguntarme, de creerme, no de pensar de mí que, después de pasar la noche contigo, me iba a acostar con Franco.
—Me cegué, ¿vale? Los celos hicieron que viera todo de manera equivocada.
—Ese es tu problema, Romeo, no el mío. Yo nunca te he mentido, yo nunca he hecho las cosas por hacerte daño, mientras que tú, cada movimiento que has dado, lo has hecho con esas intenciones.
—Y no te lo puedo negar, porque así ha sido, pero pienso ponerle remedio, te lo prometo.
—A lo único que tienes que ponerle remedio es al daño que le has hecho a tu madre. Ella sí que no se lo merece, cuando, al igual que tu padre, ha dejado su vida para que tú estés donde estás.
—Con ella iré a hablar mañana, y volveré a mi casa, de donde nunca tendría que haber salido.
—Y eso me alegra. Ahora, si no te importa, déjame salir, que me voy a tomar una copa y me voy a marchar.
—Dime que no sigues sintiendo lo mismo por mí, y te prometo que me apartaré de ti para siempre.
—No te puedo decir eso, porque no es verdad. Pero eso no significa que…
No me dio tiempo a terminar la frase. Cuando me di cuenta, ya lo tenía pegado a mí, con su boca en mi boca, mientras nos devorábamos el uno al otro.
—Romeo, Romeo, para, esto no está bien. Afuera está tu pareja…
—¿Qué coño estás diciendo, Renatta?
—Lo que mi padre dijo a la prensa y que tú no negaste.
—No podía negar nada delante de la prensa, o se hubiera visto claramente la falta de comunicación entre mi agente y yo, pero entre esa mujer y yo no hay nada, te lo juro.
—¿Te has acostado con ella desde que lo hiciste conmigo?
—Acostarme como tal, no, pero sí que hubo algo de sexo, pero te juro que no tuvo la más mínima importancia.
—¿Tengo que creerte? También me dijiste que no te habías acostado con ella la noche de mi graduación y tengo claro que me mentiste.
—Joder, Renatta, te estoy diciendo la verdad. ¿Quieres que salga ahí afuera y le diga a todo el mundo que estoy enamorado de ti?
Lo vi salir como las balas, y no me dio tiempo a sujetarlo. De un momento a otro, ya estaba encima del escenario, con el micro en la mano, mientras que yo me moría de vergüenza.
—Señores, señoras, quiero decir unas palabras —dijo, llamando la atención de todos.
—Acosta, que no te ha dado tiempo a tomarte ni una copa —dijo el entrenador desde el fondo de la sala.
—Cállate, por favor, que me va a dar un ataque de un momento a otro. Como decía, estoy aquí para deciros a todos que estoy enamorado hasta la médula. Que no podía fijarme en una mujer mejor que ella, y por eso, quiero pedirle formalmente que sea mi novia.
Amanda lo miraba asombrada, pensando que ese discurso iba por ella y, justo cuando estaba dispuesta a subir al escenario en el que estaba Romeo, este bajó y se vino hasta donde yo me encontraba, pero sin soltar el micrófono.
—¿Qué me dices? ¿Me aceptas como tu novio formal?
—Estás completamente loco, pero me encanta tu locura, así que, no puedo decir otra cosa que no sea que sí, aunque con condiciones.
—Perfecto, esas ya las hablamos luego, en el sofá de casa.
No sé a quién le dio el micrófono, pero cuando me di cuenta, ya tenía sus dos manos puestas en mi cintura, mientras que las mías estaban en su cuello y nuestros labios estaban besándose como si no hubiera un mañana.
—Te prometo que no habrá más mentiras ni tonterías entre nosotros.
—Eso espero, o terminarás sin pelotas.
Sus compañeros empezaron a aplaudir, y tuve que enterrar mi cara en su pecho, de la vergüenza que sentía, pero no me dio tiempo a sentir mucha, porque, en pocos minutos, teníamos al trío la, la, la, pidiendo explicaciones.
—¿Se puede saber qué coño estás haciendo, Romeo? —preguntó mi padre, visiblemente enfadado.
—Te dije que entre esta mujer y yo no había nada, y que no pensaba dejar escapar a la mujer que amo por culpa del dinero.
—Me da exactamente igual lo que pienses. Los contratos están firmados, como pareja, y así tendréis que seguir mostrándoos en público.
—No vas a encontrar a otra mujer mejor que Amanda, y te vas a arrepentir de liarte con ella, que tan solo quiere tu dinero y tu posición —dijo mi madre, mirándome con desprecio.
—Lo siento, mamá, pero no me parezco a ti, y de Romeo tan solo quiero su cariño, lo demás me da exactamente igual. Tengo dos manitas para trabajar, no me gusta que me mantenga nadie.
—Bianchi, pienso batallar hasta el final para romper nuestro contrato, además de todos los demás.
—Eso no será posible, porque si me despides sin motivo, como es el caso, me tendrás que entregar el noventa por ciento de tu fortuna.
—¿Perdona?
—Se ve que firmaste sin leer. No se pueden hacer las cosas desde la rabia y desde el rencor, Romeo, apúntatelo para la siguiente vez.
Mi padre se dio la vuelta, dejando a Romeo sin saber qué hacer o qué decir, porque lo que le había dicho no tenía ni pies ni cabeza, y esperaba que no tuviera razón en lo que había afirmado.
—Me las vas a pagar, Romeo, eso te lo juro. Como se te ocurra hacer algo que afecte a mi carrera, te pienso hundir de la peor manera posible.
—Tú sabías que no teníamos nada, no me seas cínica. Si has entrado en este juego es porque te convenía tanto como a esos dos.
—¿No teníamos nada? Pues yo tengo unas imágenes muy bonitas tuyas, practicando sexo conmigo y con otra mujer más, por las que la prensa daría lo que no tiene.
Joder, la cosa se ponía cada vez peor, pero eso no me preocupaba, porque la manera de practicar sexo era algo privado de cada uno y, mientras que no hubiera obligado a nadie, no había nada ilícito en ello.
Lo que sí me preocupaba era lo que había dicho mi padre, que Romeo había firmado, y por eso, no dudé en hablarlo claro con él.
—Dime, por lo que tú más quieras, que lo que ha dicho mi padre no es cierto.
—No lo sé, no leí el contrato. Pensé que iba a respetar lo que habíamos hablado antes.
—¿No se lo diste antes a tu abogado?
—No, firmé del tirón…
—Romeo, de verdad, a veces parece que eres tonto. ¿Cómo has hecho eso? Mucho peor, ¿cómo lo has hecho sabiendo cómo era mi padre?
—Pensé que lo que me contaste no era cierto, que lo habías exagerado para que no me acercara a él y para que firmara contigo.
—No sé si partirte la cara o mandarte al carajo, de verdad.
—Y tendrías toda la razón, tanto si haces una cosa como si haces la otra, pero mantente a mi lado, por favor.
—Mira, la única opción que te queda es hacer todo lo que tengas firmado, hasta que termines el contrato o hasta que podamos invalidarlo. Necesitaría ver las condiciones.
—Vámonos, todo eso lo podemos ver mañana. Ahora, lo único que quiero es estar contigo, hacer que se me olvide hasta mi nombre. Por favor, te necesito.
No pude aguantar más mis ganas de besarlo, y así lo hice, para, después, cogerlo de la mano y salir de allí.
Yo lo entendía, puesto que tenía la misma necesidad que él, y no dudé en parar el primer taxi que pasaba para que nos llevara a casa.
Entramos en el portal entre miradas cómplices, dejándonos llevar por todo aquello que estábamos sintiendo en ese momento.
En el momento en el que estuvimos al cobijo de mi hogar, sintiéndonos a salvo de miradas indiscretas que pudieran hacer que perdiera todo su patrimonio, todo aquello por lo que su padre y él habían luchado, nos dejamos llevar.
Éramos un amasijo de piernas, brazos y lenguas, que se iba despojando de la ropa por toda la casa, hasta llegar a mi dormitorio.
No sé en qué momento nos quedamos completamente desnudos, lo que sí sé es que no nos hicieron falta preliminares, pues ambos estábamos ya preparados para sentirnos.
Me pegó a la pared de mi dormitorio, me elevó por el trasero, haciendo que mis piernas quedaran enroscadas en su cintura, y me penetró, así, directamente y de una sola embestida.
No fue algo lento ni romántico, sino algo duro, rápido y pasional, que era lo que ambos necesitábamos en ese momento.
Ni siquiera nos dimos cuenta de que no habíamos tomado precauciones, pero os juro que me dio igual, tan solo quería sentirlo en mi interior como lo estaba sintiendo.
—Esto es como estar en el puto paraíso, Renatta.
—No pares, por favor.
—Ni loco pienso parar, no hasta que no grites mi nombre como fruto del placer que estás sintiendo.
Y vaya si lo grité, a pleno pulmón. Si no hubiera sido por la boca de Romeo que lo tapó, se hubieran enterado todos los vecinos.
No fue la única vez que lo hicimos esa noche, sino que repetimos muchas más, hasta caer rendidos uno en brazos del otro.
—¿Cuándo nos hemos convertido en esto, Romeo?
—No lo sé, Renatta. Lo único que sé es que he sido un idiota por no darme cuenta antes de todo lo que sentía por ti.
—Yo tampoco me di cuenta. Tan solo sabía que esos días de lluvia, sofá y película, eran los mejores de mi vida.
—Renatta, tu padre ha firmado una campaña la semana que viene, en Roma, y no podré estar con Puzinni en su presentación.
—No te preocupes por eso, ya lo hablaremos mañana y encontraremos la forma de que todo salga bien.
—Joder, mi padre debe de estar revolviéndose en su tumba de ver lo gilipollas que he sido firmando con ese hombre.
—Tu padre está muy orgulloso de ti, no lo dudes.
Le dejé un beso en los labios y me recosté en su pecho, dejándome vencer por el sueño.