¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 23
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Capítulo 23

Renatta

En cuanto que subí al palco de nuevo, mi padre no dudó en acercarse, como si él fuera el rey del mundo y yo un simple peón al que mover a su antojo.

—Renatta, si fueras lo suficientemente coherente, dejarías que todos esos jugadores a los que representas se vinieran conmigo.

—Bianchi, si el coherente fueras tú, dejarías que Romeo encontrara a un agente a su altura y te dedicarías a lo que sabes, que no es otra cosa que de modelos y publicidad.

—Romeo está encantado conmigo, sobre todo con los contratos que le esperan este verano, y que le reportarán un montón de beneficios. Si yo hubiera cogido el contrato del jugador nuevo, le hubiera pedido al club mucho más dinero que tú.

—Si le hubieras pedido mucho más dinero, no estaría jugando nada más que en el club del instituto, como ha hecho hasta ahora.

—No entiendes nada, Renatta, te queda mucho por aprender.

—Por supuesto que me queda mucho, pero lo que aprendí, lo hice del mejor, de uno al que tú no le llegas ni a la suela de los zapatos.

Terminó el partido y tuvimos que bajar al césped. Selena y Silvia no se movieron de mi lado, porque sabían que, tanto mi madre como esa mujer, no pararían de incordiarme.

Mi madre, o la momia, como le decían mis amigas, no dudó en mostrarse ante la prensa como la diva que pensaba que seguía siendo, cuando la realidad era que ya había pasado a mejor vida en el tema del modelaje.

—Señora Bianchi, la vemos muy cercana a Amanda Wells, ¿la considera como su sucesora?

—Chicos, nadie puede suceder a Rigoberta Bianchi, pero sí que la veo como a la hija que el destino se empeñó en quitarme y a Romeo, como el yerno que toda mujer desea.

—Ha dicho que el destino le quitó a una hija. ¿Acaso ha fallecido y la prensa no se ha enterado?

Pegué el oído, porque como dijera que yo estaba muerta, le iba a faltar campo para correr de la que iba a formar ahí, destapando todos sus secretos.

Nunca me había gustado el tema del salseo con la prensa, porque era de las que pensaban que la vida tan solo pertenecía a la persona en cuestión, pero como me sacara a relucir, no me pensaba callar.

—No, por Dios. Es tan solo que, por culpa de mi trabajo, me vi obligada a dejarla con un familiar. Lo hice con todo el dolor de mi corazón, pero no tenía otra opción.

—¿No ha vuelto a tener contacto con ella?

—Lo intenté, Dios sabe que es verdad. Durante los primeros años estuve presente todo lo que el trabajo me permitía, pasando semanas enteras que tenía libres a su lado…

—¿Qué fue lo que ocurrió, entonces?

—Pues lo que suele pasar en estos casos. La persona a la que se la dejé para que la cuidara la envenenó en mi contra y, en cuanto tuvo la mayoría de edad, me comunicó que no quería que la viera más.

—¿Se puede ser más embustera? —murmuré, pero Selena, que estaba a mi lado, lo oyó.

—Si yo fuera tú, me pondría ahora mismo delante de ese micrófono y le contaría a todo el mundo la realidad de todo.

—Ya, pero eso tan solo serviría para iniciar una guerra con ella, una que ella aprovecharía para ir de plató en plató, de revista en revista, ganando dinero a mi costa, y no lo pienso hacer.

—Muy bien hecho, amiga. Si quiere dinero, que trabaje, como hacemos todas —me animó Silvia.

—Uy, trabajar. Esa palabra no existe en el vocabulario de mi madre.

Las tres soltamos una carcajada, pero la mía se cortó en el momento en el que escuché a mi padre decirle a la prensa que Romeo mantenía una relación con esa mujer.

—No me creo nada de lo que están contando.

—Yo tampoco.

—Pues yo me lo creo absolutamente todo. No os podéis imaginar lo convincente que puede ser mi padre cuando quiere y, si todo esto le va a dejar dinero, mucho más.

Dejamos al equipo que se hiciera la foto y se fuera para ducharse y cambiarse de ropa, pues luego tenían la cena de final de temporada, al igual que la fiesta posterior.

No tenía ninguna gana de ir a ninguna de esas dos cosas, pero no me quedaba más remedio que acudir.

Lo cierto es que tener que ver como Romeo flirteaba con esa mujer, como le daba muestras de cariño, me iba a doler, y me iba a molestar a partes iguales.

—Venga, amiga, vámonos, que los chicos esperan fuera. Nosotras iremos en mi coche.

—Yo he traído el mío. Nos vemos allí.

—No se te vaya a ocurrir irte para tu casa, que vienes demasiado bonita como para hacer eso.

—Te prometo que no, aunque no será por falta de ganas, te lo aseguro.

Llegué hasta mi coche y, menos mal que Selena y Silvia iban en la misma dirección que yo, porque de no haber sido así, me hubiera tenido que marchar en taxi o, mucho peor, quedarme ahí hasta que viniera la grúa.

—Me cago en la madre que parió a Panete —dije, en voz alta.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Silvia.

—Joder, le han rajado las cuatro ruedas —afirmó Selena.

—Y menos mal que pensaba jubilarlo ya. De hecho, estoy esperando a que me entreguen el nuevo, porque si en vez de este es el que me acabo de comprar, los gritos hubieran llegado al cielo.

—Venga, no te hagas mala sangre. Nos quedamos contigo hasta que llames a la grúa.

—Sí, saca de ahí lo que tengas que coger, y lo guardamos en el coche de Selena, así puedes darle de baja ya.

—¿Y qué hago yo estos días?

—Chica, pues moverte en transporte público. ¿Qué vas a hacer?

—Menos mal que tengo la moto y que ahora viene el buen tiempo, porque el coche tardará, por lo menos, un mes en entregármelo.

Llamé a la grúa, y le pedí que lo llevaran al desguace. Por suerte, no era de esas que tenían en el coche todo lo que no le cabía en su casa, y tan solo tuve que sacar unas bolsas con algunos vestidos y una mochila con la ropa que llevaba antes de cambiarme para la cena.

Lo guardé en el maletero del coche de Selena, ya me lo llevaría luego para mi casa, y esperamos a la grúa.

Vimos cómo los chicos se marchaban en el autobús, y ella iba ahí montada, con todos ellos, cuando no tenía por qué ir.

—En cuanto llegue al restaurante, la directiva del club me va a oír.

—No entiendo que tenga que ir ahí subida, como si ella fuera importante.

—No digáis nada, ¿no veis que eso es lo que ellos quieren?

—No sé a qué te refieres.

—Es muy sencillo. Si vosotras, cuando lleguéis, montáis el numerito, ellos tendrán la excusa idónea para decir que estas celebraciones deberían ser solo para la gente del club, acotando la entrada a todos.

—Serán cabrones… Hija, menos mal que tú no tienes nada que ver con ellos.

—Por favor, Dios me libre.

Todas soltamos una carcajada, y en eso estábamos, justo cuando llegó la grúa.

Sabía que habían sido ellos, tanto mis padres como esa mujer, a la que ahora veía como a su hija. Había que joderse, ella hablando de eso, cuando en su puta vida había sido madre.

Si lo que pretendían con eso era que no fuera a la cena y a la fiesta, ahora sí que habían provocado el efecto contrario, pues iba con más ganas y más fuerza que nunca.

Diez minutos después, ya estábamos montadas en el coche de Selena y, media hora más tarde, ya entrábamos por la puerta del restaurante.

No habían tenido la deferencia de esperarnos, y esa mujer se había sentado junto a Romeo, dejando un sitio libre justo enfrente de ellos, ya que los otros dos asientos estaban junto a los maridos de mis amigas.

—Renatta, si quieres nos movemos para que te sientes a nuestro lado.

—No te preocupes, que estoy bien aquí, gracias. Al fin y al cabo, estoy entre dos de mis hombres favoritos del equipo.

No me había fijado que estaría sentada entre Buonareti y Franco, por lo que sabía que estaba bien resguardada por los dos flancos en caso de que alguno de ellos decidiera atacarme.

Romeo no apartaba la mirada de mí, aunque ella intentó por todos los medios que no fuera así.

—¿Me puedes prestar un poquito de atención? —le preguntó, en un momento dado.

—No, no me apetece. Tengo mejores cosas que hacer.

—Claro, como comerte con la mirada a esta mindundi.

—Mira, bonita, los problemas que tú tengas con tu novio son entre vosotros. A mí, si eres tan amable, me dejas fuera.

—No puedo dejarte fuera cuando eres el cáncer de toda esta mesa, la que vas a arruinar el futuro de muchos de los jugadores que están aquí. ¿No has tenido suficiente con acostarte con el entrenador que necesitas tirarle los tejos a los demás?

—En primer lugar, no se ha acostado con el entrenador y, en segundo, pero no menos importante, si le tira los tejos a alguien, ten por seguro de que todos son solteros y sin compromiso, no como tú —le contestó Santini.

—Ni que tú hubieras estado en medio. Estás hablando sin saber…

—No, la que hablas sin saber eres tú. ¿Quieres que te lo demuestre?

—No sé cómo podrías demostrar que no se ha acostado con ella.

—Pues así, y además ya va siendo hora de que se enteren todos, estoy cansado ya de esconderme.

Cogió la cara de Franco y lo besó, allí, delante de todos y tal y como había hecho en el vestuario delante de Romeo y mía.

El murmullo fue inmediato, pero no en sentido negativo, sino con aplausos y silbidos de ánimo.

—¿Alguien tiene algún problema con nuestra condición sexual? —preguntó el entrenador.

—Ninguno, míster. Ya era hora de que salierais del armario los dos —le dijo uno de los jugadores.

—¿Perdona? ¿Lo sabíais?

—Jefe, no somos tontos. Esas miraditas, esas escapadas de Santini cuando pensaba que todos dormíamos…

—Cabrones, ¿y por qué no habéis dicho nada? La de disgustos que nos hubiéramos ahorrado.

—Porque no queríamos que os sintierais mal y obligados a reconocer públicamente algo para lo que no estabais preparados.

—Gracias, de verdad. Tenía que ser aquí y tenía que ser ahora, ni antes ni después —dijo Santini, al que los compañeros que tenía alrededor abrazaron.

—Pues a mí me parece algo antinatural, y…

—Y se calla usted, Bianchi. Antinatural es su manera de ver el trabajo, y nadie le dice nada —le dijo Braganza, el dueño del equipo.

De ahí pasamos a una sala de fiestas que había justo al lado del restaurante, y que habían cerrado para nosotros, para que estuviéramos cómodos.

Me paré en la puerta, hasta que Franco y Santini estuvieron a mi lado, pues tenía que advertirles algo.

—Chicos, sabéis que ni mis padres ni Amanda van a guardar vuestro secreto, ¿verdad?

—Nos da exactamente igual. Es más, estuvimos hablando y vamos a dar una rueda de prensa, para que no haya ninguna especulación —me dijo Santini.

—Mientras que vosotros estéis bien, lo que hagáis da igual.

—Gracias, Renatta. Todo esto es producto de los consejos que me diste, de la charla que me dijiste que teníamos que tener —me dijo Franco.

—Yo tan solo hablé como una amiga, Franco, nada más.

—Por eso ahora es nuestro turno de hacerlo. Ve y habla con Romeo, escúchalo y ponte en su piel.

—Es diferente, entre vosotros había malentendidos, mientras que entre nosotros hay un abismo, uno con nombre de mujer.

—Te aseguro que Romeo no está interesado en ella. Si la llevó hasta el funeral fue para darte con ella en las narices.